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CARLOS JESÚS RODRÍGUEZ POR SI ACASO… |
06 Nov 2026
ALGUIEN DEBERIA decirle a Andrés Manuel López Beltrán, el hijo cómodo del avecindado en La Chingada (así se llama su rancho), que ni es carismático, ni impoluto y mucho menos una lumbrera política, como tampoco un estadista, sino un oportunista que se aprovecha de la fama de su popular progenitor para introducirse en el cavernoso mundo de la política. Lo peor es que ahora le dio por aclarar lo indefendible, esto es, su honorabilidad ennegrecida por negocios sucios de sus socios, y en ese tenor, López Beltrán rechaza estar vinculado a posibles actos de corrupción con el empresario Jorge Amílcar Olán Aparicio (investigado por la Fiscalía General de la República y al que ligan con negocios ilícitos, además de que niega tener relación con una red de huachicol fiscal, y como siempre, fiel al discurso de la Cuarta Transformación, culpa a la oposición de esos señalamientos que desde su perspectiva, son parte de una “guerra sucia” en su contra, la de su padre, el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, y del movimiento de transformación.
SIN LA menor gracia o credibilidad –ya que para tener la boca grande se debe poseer una cola chica-, a través de un video que difundió en sus redes sociales, acusó directamente de esos ataques a los “potentados”, a dueños de medios de información (como Ricardo Salinas Pliego), a periodistas e, inclusive, a agencias estadunidenses y presiones geopolíticas. “Todo esto está motivado por un interés político. Esos ataques vienen y son dirigidos porque quienes estaban antes en el poder, y no me refiero a partidos o políticos que simulaban estar al mando del país, sino a las que de verdad mandaban y ejercían el poder: los potentados, los hombres más ricos de México, la oligarquía, los grandes corruptos”. Sus declaraciones, por supuesto, no movieron al País sino que motivaron risas burlonas, ya que el sujeto carece no solo de autoridad moral sino de respecto de los grupos de poder e, incluso, de la sociedad, y solo busca, desesperadamente, emular a su padre, incluso en discurso cuando sostiene que la intención de ese sector y la “guerra sucia” en su contra, tiene como objetivo –por parte de los potentados-, recuperar los privilegios que les fueron arrebatados con la llegada al poder de la 4T, encabezada por su padre el ex presidente López Obrador. Y acto seguido se fue contra los medios: “Sobre sus mentiras, columnas e insultos, quiero aclarar que nosotros no somos corruptos como ellos, que a diferencia de ellos, no poseemos riquezas (¿?), opulentas propiedades ni dinero en el extranjero (¿?). Es falso que tengamos relaciones de complicidad, socios, prestanombres o que trafiquemos con influencias para beneficiarnos. Nunca jamás han podido presentar una sola prueba”. Y vaya que López Beltrán es cínico, y en ese tenor, pese a las fotos que han circulado donde se les ven juntos, rechaza tener una relación de negocios con el empresario Olán Aparicio. “no, no tenemos ninguna relación con los negocios o empresas de Jorge Amílcar Olán Aparicio” y “en ningún momento hemos recomendando o intercedido por ninguna persona o empresa con la intención de beneficiarse con contratos o presupuesto público las múltiples instituciones y niveles de gobierno”. Y uno se pregunta; quien le habrá recomendado haber salido a decir semejantes barrabasadas que lejos de beneficiarle, lo exhiben como lo que es: un junior vulgar y ambicioso que quiere ser diputado, pero que en sus recorridos ha encontrado rechazo de una sociedad que lo desconoce como parte de ellos, porque lea usted. Dice que conoció al empresario por redes de amistades en común, en particular porque la esposa de Olán Aparicio fue su compañera de primaria. Vaya ridiculez. Así las cosas…
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HAY CIERTA algarabía en la clase gobernante de la Cuarta Transformación por el triunfo demócrata en Estados Unidos y la consecuente derrota republicana, con los efectos que ello implica para el Presidente Donald Trump en la segunda mitad de su mandato, como si ello fuera, en automático, benéfico para México. Es más, hay quienes, ilusamente, asumen que los mexicanos radicados en el vecino País del norte fueron los autores o impulsores del fracaso trumpista, y que de aquí en adelante todo será miel sobre hojuelas para los mexicanos. Nada más alejado de la realidad. Y que, históricamente, a México no le ha ido mejor o peor con los gobiernos demócratas en comparación con los republicanos, sino que la dinámica cambia de enfoque: los primeros priorizan la diplomacia institucional, el contenido laboral/ambiental y un control migratorio de perfil técnico, pero mantienen una firme presión bilateral, ya que existe el mito de que los demócratas son "más suaves" con nuestro país, pero expertos internacionalistas coinciden en que ambos partidos defienden estrictamente los intereses estadounidenses, variando únicamente en las formas y las narrativas. Y si bien, a diferencia de las amenazas arancelarias unilaterales de las administraciones republicanas, los demócratas prefieren los canales técnicos e institucionales, lo que reduce la incertidumbre en los mercados, lo cierto es que Trump sigue siendo Presidente de Estados Unidos durante dos años más, y tiene todo el derecho de veto, además de que los aranceles podrían seguir imponiéndolos con mayor rigurosidad como parte de una revancha hacia México. Ahora bien, los demócratas (tanto en la Casa Blanca como en el Congreso) son mucho más estrictos con el cumplimiento de las cláusulas del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), pues suelen presionar fuertemente a México en materia de derechos sindicales, salarios e impacto ecológico para evitar lo que consideran una "competencia desleal" para sus propios trabajadores. En lo que, si ayudan las mayorías demócratas en el Legislativo, es que han servido históricamente como un escudo que bloquea cualquier propuesta de gravar, retener o restringir el envío de remesas hacia México.
AUNQUE EL discurso demócrata rechaza las medidas más estridentes (como la construcción del muro o las separaciones familiares), la ejecución de sus políticas fronterizas sigue siendo estrictas. Como recordatorio, la administración del demócrata Barack Obama rompió récords en su momento con el mayor número de deportaciones registradas en EU, aun cuando prefieren gestionar la migración mediante programas de desarrollo en Centroamérica y flujos controlados, exigiendo a México actuar como un contenedor de tránsito en su frontera sur, algo que en su momento exigió Donald Trump. Lo que si se da son menos amenazas de invasión, ya que mientras los republicanos recurren a discursos agresivos (como catalogar a los cárteles como terroristas o sugerir intervenciones militares), los demócratas operan mediante agencias como la DEA y condicionamientos financieros, aun cuando la presión sobre el gobierno mexicano para frenar el tráfico de fentanilo y precursores químicos es una constante institucional que trasciende partidos. No obstante, los demócratas suelen mostrarse un poco más abiertos a discutir el flujo ilegal de armas estadounidenses hacia México, aunque con pocos resultados prácticos debido al peso de sus leyes internas. Con todo y ello, más vale no cantar victoria, pues Estados Unidos seguirá siendo el socio más rijoso de México, nación a la que pretenden ver no como aliado sino como supeditado, y las consecuencias no se harán esperar pese a la derrota de Trump y sus republicanos. Al tiempo… OPINA carjesus30@hotmail.com
Esta es opinión personal del columnista