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Fernando Padilla Farfán FERNANDO PADILLA FARFÁN |
20 Oct 2026
Hay preguntas que sirven para recordar el pasado. Otras ayudan a comprender el presente. Pero existen algunas, mucho más poderosas, que pueden cambiar la manera en que una generación mira su futuro.
¿Qué problema de la historia universal le corresponderá resolver a la generación que hoy ocupa las aulas universitarias?
No se trata de una pregunta retórica —puntualiza el ingeniero Padilla—. Es una invitación a comprender el momento histórico que vive la humanidad.
Cada generación recibe un mundo que no construyó por completo, hereda problemas que no eligió y descubre oportunidades que sus antecesores apenas pudieron imaginar. Sin embargo, también recibe algo extraordinario: la posibilidad de cambiar el curso de la historia.
El ingeniero Fernando Padilla Farfán propone mirar el desarrollo de la humanidad desde una perspectiva diferente. No solamente como una sucesión de acontecimientos, guerras, descubrimientos y personajes, sino como una carrera permanente entre los problemas que enfrenta el ser humano y su capacidad para encontrar soluciones.
Desde esa perspectiva, la historia no es únicamente lo que ocurrió. Es también la explicación de cómo llegamos hasta aquí y una herramienta para descubrir hacia dónde podemos dirigirnos. Porque el futuro no comienza mañana. El futuro comienza cuando una generación comprende los desafíos de su tiempo y decide hacerse responsable de ellos.
Cuando el vapor cambió el destino del mundo. Durante miles de años, la humanidad vivió sometida a los límites de su propia fuerza física, la de los animales y la de las fuentes de energía disponibles.
La agricultura dependía del clima. El transporte dependía de la fuerza muscular, de los vientos y de las corrientes. La producción estaba condicionada por el trabajo manual y por la capacidad de cada comunidad para aprovechar sus recursos. Entonces comenzó una transformación que cambiaría para siempre la organización de las sociedades.
La máquina de vapor —continuó el ingeniero— permitió convertir el calor en movimiento mecánico de una manera cada vez más eficiente. Su aplicación a la industria, junto con otros avances técnicos, contribuyó a desencadenar la Revolución Industrial.
Las fábricas modificaron la producción. El ferrocarril transformó las distancias. Los barcos de vapor alteraron el comercio. Las ciudades crecieron y millones de personas cambiaron su forma de trabajar y vivir. El mundo comenzó a moverse a una velocidad desconocida.
Pero aquella revolución no fue solamente tecnológica. También fue social, económica y política. Cambió las relaciones laborales, impulsó nuevas formas de organización empresarial y obligó a las sociedades a reconsiderar sus instituciones. La máquina de vapor resolvió problemas de su época, pero también creó otros.
La industrialización elevó la capacidad productiva, aunque sus beneficios no se distribuyeron de manera uniforme. El crecimiento urbano abrió oportunidades, pero también produjo hacinamiento y condiciones laborales difíciles. La historia dejó una primera lección: cada gran avance tecnológico amplía las posibilidades humanas, pero también plantea nuevas responsabilidades.
El ingeniero Fernando Padilla Farfán invita a observar este episodio con una idea central: las sociedades que aprendieron a aprovechar las nuevas fuentes de energía transformaron su economía y su posición en el mundo. Sin embargo, la máquina por sí sola no hizo la historia. La hicieron las personas que imaginaron sus aplicaciones, los empresarios que asumieron riesgos, los trabajadores que aprendieron nuevos oficios, los científicos que ampliaron el conocimiento y las sociedades que tuvieron que adaptarse. La tecnología abrió la puerta. La humanidad decidió cómo atravesarla.
La electricidad, el motor y el nacimiento de un mundo conectado. La siguiente gran transformación no sustituyó de inmediato a la anterior. Se construyó sobre ella. La electricidad permitió iluminar ciudades, impulsar nuevas máquinas y transformar las comunicaciones. El motor de combustión interna modificó el transporte. La producción en serie multiplicó la capacidad de fabricación de bienes. El automóvil redujo distancias. El teléfono hizo posible comunicarse a través de ellas. El avión convirtió el cielo en una nueva ruta comercial y humana.
El siglo XX heredó la fuerza de la industrialización y la combinó con nuevas formas de energía, organización y conocimiento. La humanidad comenzó a producir más, desplazarse más lejos y comunicarse con una rapidez que habría parecido extraordinaria para generaciones anteriores. Sin embargo, el progreso también mostró su lado más complejo.
La misma capacidad industrial que permitió mejorar las condiciones materiales de millones de personas hizo posible la producción masiva de armamento. La ciencia contribuyó a combatir enfermedades, pero también fue utilizada para desarrollar instrumentos de destrucción sin precedentes. La historia volvió a demostrar que la capacidad de hacer algo no responde, por sí misma, a la pregunta de si conviene hacerlo.
El ingeniero Fernando Padilla Farfán puede conducir a los universitarios hacia una reflexión esencial: el verdadero desarrollo de una civilización no se mide únicamente por lo que es capaz de inventar, sino también por la sabiduría con que utiliza sus invenciones. La pregunta dejó de ser solamente cómo producir más. También comenzó a ser cómo vivir mejor, cómo distribuir las oportunidades y cómo evitar que el poder tecnológico terminara destruyendo aquello que debía ayudar a proteger.
Durante siglos, la información viajó a la velocidad de las personas, los barcos, los trenes y los primeros sistemas de comunicación eléctrica. Después llegaron las computadoras. Al principio eran máquinas costosas, voluminosas y reservadas para tareas especializadas. Con el tiempo, su capacidad aumentó, sus dimensiones disminuyeron y su presencia se extendió a las empresas, las universidades, los hogares y los gobiernos.
La digitalización transformó la manera de almacenar, procesar y transmitir información. Internet conectó personas, instituciones y mercados a escala mundial. El teléfono inteligente reunió en un solo dispositivo funciones que antes requerían numerosos aparatos. La información comenzó a circular en cantidades y velocidades impensables para las generaciones precedentes. La distancia dejó de ser el principal obstáculo para comunicarse.
Pero surgieron nuevas dificultades: la desinformación, la pérdida de privacidad, la concentración del poder económico, la dependencia tecnológica y la desigualdad en el acceso al conocimiento. El mundo estaba conectado, pero no todos comprendían lo que ocurría dentro de esa conexión.
Esta es opinión personal del columnista