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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
04 Oct 2026
Mi esposa odió Digger. A mí me gustó muchísimo.
La diferencia podría servir como una primera recomendación sobre la nueva película de Alejandro González Iñárritu. Puede fascinar, irritar, hacer reír, parecer excesiva, pretenciosa o incluso insoportable. Difícilmente deja indiferente.
Cuando terminó la función a la que asistí, ocurrió algo que cada vez veo menos. Encendieron las luces y mucha gente permaneció sentada. Nadie parecía tener demasiada prisa por salir. Algunos miraban los créditos, otros simplemente la pantalla. En una época en la que sacamos el teléfono antes de abandonar la butaca, permanecer unos minutos en silencio después de una película significa algo.
Digger comienza pareciendo una sátira sobre un magnate petrolero y termina siendo otra cosa. O muchas cosas. Cambio climático, poder, culpa, capitalismo, política, generaciones, lenguaje, representación, familia, espectáculo. Iñárritu mete casi todo dentro de una película deliberadamente excesiva. Algunas actuaciones parecen exageradas. Algunas imágenes parecen saturadas. Algunos diálogos parecen llevar una idea hasta el absurdo. Después uno comprende que posiblemente ésa sea la intención.
Vivimos en una realidad exagerada. Un multimillonario puede explicar cómo salvar al planeta que contribuyó a destruir. Un político puede convertir un fracaso en victoria mediante un discurso. Una empresa puede apropiarse del lenguaje ambiental mientras continúa extrayendo combustibles fósiles. Podemos contemplar incendios, inundaciones y temperaturas récord durante unos segundos y deslizar inmediatamente el dedo hacia un video de un gato o de una o un lord.
La realidad aprendió la técnica de la caricatura. Por eso el humor de Digger produce una risa incomoda. Uno ríe y, medio segundo después, descubre que aquello tenía bastante poco de gracioso.
La comedia lleva siglos haciendo exactamente eso. Aristófanes utilizaba la risa para mostrar la estupidez de la guerra y del poder. Molière convirtió la hipocresía, la vanidad y la falsa virtud en personajes que provocaban carcajadas porque el público terminaba reconociéndose en ellos. Chaplin hizo bailar a Hitler con un globo terráqueo. Kubrick consiguió que una guerra nuclear pudiera resultar cómica en Dr. Strangelove. La buena sátira posee crueldad. Nos permite reírnos durante unos segundos antes de revelarnos que también está hablando de nosotros. Digger pertenece a esa tradición.
Su blanco más interesante tampoco es un empresario petrolero concreto. Es una generación y, probablemente, una forma de entender el mundo.
Iñárritu pertenece a los baby boomers y ha sido brutal al describirlos. Dijo que su generación hizo un desastre y que se lo está heredando a los jóvenes. La película extiende el espejo hacia una parte de la Generación X, a la que pertenezco, criada bajo muchas de las mismas certezas. Crecimiento ilimitado, petróleo ilimitado, consumo ilimitado, progreso entendido como acumulación, naturaleza convertida en recurso y la convicción íntima de que cualquier problema futuro acabaría resolviéndolo alguien.
Durante décadas funcionó. O pareció funcionar. Recibimos un planeta y construimos una explicación. Ahí aparece una de las mejores ideas de la película. Durante buena parte de su gestación, Digger tenía otro título. Iñárritu quería llamarla Bla, Bla, Bla. La referencia era al lenguaje, esa herramienta extraordinaria con la que los seres humanos podemos alterar incluso nuestra percepción de lo que tenemos enfrente.
Bla, bla, bla. Palabras absurdas que podrían resumir una época. Sabíamos que el petróleo contaminaba. Bla, bla, bla. Sabíamos que el planeta se calentaba. Bla, bla, bla. Sabíamos que los océanos acumulaban plástico. Bla, bla, bla. Sabíamos que el modelo de consumo resultaba imposible de extender indefinidamente a miles de millones de personas. Bla, bla, bla. Y seguimos...
El talento humano pareciera consistir menos en ignorar la realidad que en fabricar una historia suficientemente convincente para continuar haciendo exactamente lo mismo. Digger Rockwell posee ese talento. También nosotros.
Ésa es la razón por la que Tom Cruise funciona tan bien. Estamos acostumbrados a verlo correr para salvar al mundo. Aquí aparece deformado, estridente, grotesco y enorme. Cruise parece disfrutar destruyendo a Cruise. Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons y John Goodman participan en ese universo donde casi todos están ligeramente fuera de escala. Esa desmesura puede irritar. A mi esposa la desesperó. Entiendo perfectamente por qué.
Existe además mucho mame alrededor de Iñárritu, y Digger alimentará buena parte de él. Esa idea de que el director necesita encontrar significados donde otros apenas ven una escena, convertir cada imagen en símbolo, cada silencio en revelación, cada exceso en profundidad. La sospecha de que a veces la inteligencia se fuerza, la metáfora se estira demasiado y lo complejo termina pareciendo importante simplemente porque cuesta trabajo descifrarlo. Puede ser pretenciosa. Puede sentirse intelectualizada de más. Puede dar la impresión de que quiere demostrar todo el tiempo que está viendo algo que los demás todavía no alcanzamos a ver. Y aun concediendo eso, admiro la película.
Prefiero una obra que se arriesga a parecer pretenciosa intentando decir algo a una perfectamente diseñada para desaparecer de la memoria dos horas después.
Digger permanece porque detrás de sus excesos aparece una idea perturbadora. Hemos construido una civilización capaz de conocer con extraordinaria precisión las consecuencias de sus actos y continuar realizándolos. Ésa podría ser nuestra verdadera singularidad como especie. Los dinosaurios jamás supieron que venía el meteorito. Nosotros recibimos gráficas. Y luego hacemos una presentación de PowerPoint.
Quizás por eso la gente permanecía sentada cuando terminó la película. Afuera seguía exactamente el mismo mundo que acabábamos de contemplar caricaturizado en la pantalla.
Mi esposa se levantó convencida de que había visto una película horrible. Yo permanecí un poco más antes de salir disparado al mingitorio. Probablemente Digger quería exactamente eso. Que después de tanto bla, bla, bla, durante unos minutos guardáramos silencio. Silenciooo…
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA, el cambio climático y algún PowerPoint tranquilizador lo permiten.
Placeres culposos: Raiders vs Chiefs y Atlanta contra Dodgers. El álbum de Boney James, A simple man.
Una hora más de dulces sueños para Greis y una hora más de IPad para Alo.
Esta es opinión personal del columnista