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México ante Trump: ¿Diplomacia o silencio?
GABRIEL GARCÍA-MÁRQUEZ
SENTIDO COMÚN

28 Sep 2026

Hay momentos en la diplomacia en los que guardar silencio puede ser prudencia, pero también hay momentos en los que el silencio puede interpretarse como conformidad. Y lo ocurrido durante el discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de las Naciones Unidas obliga a preguntarnos cuál de las dos cosas vimos en el caso de México.


El pasado 22 de septiembre, durante la apertura del 81.º periodo de sesiones de la ONU, el presidente de Estados Unidos lanzó duras acusaciones contra México. Dijo que nuestro país era el “epicentro de la violencia de los cárteles” y sostuvo que México debía recuperar el control de su territorio. Al mismo tiempo, aseguró que mantenía una “muy buena relación” con el gobierno mexicano y reconoció avances en la cooperación bilateral.


Pero mientras Trump hablaba, ocurrió algo que llamó particularmente la atención: cuando el mandatario estadounidense comenzó a referirse a Cuba y afirmó que el régimen de la isla era un “Estado fallido” y que “caerá”, integrantes de la delegación cubana se levantaron y abandonaron el recinto.


México, en cambio, permaneció en sus lugares. Y aquí comienza el verdadero debate.


¿PRUDENCIA DIPLOMÁTICA O FALTA DE FIRMEZA?


Por cierto, nadie está diciendo que la delegación mexicana debiera protagonizar un espectáculo. La diplomacia tiene sus reglas y abandonar una sesión de la Asamblea General puede ser una decisión política con consecuencias.


Pero también es cierto que la diplomacia no significa aceptar en silencio cualquier señalamiento. Trump no se limitó a hablar de los problemas del narcotráfico. Presentó a México ante la comunidad internacional como un país cuyo territorio estaría parcialmente controlado por organizaciones criminales y pidió que recuperara el control de su propio suelo.


Eso es algo mucho más delicado. Porque una cosa es reconocer que México enfrenta un grave problema de violencia y delincuencia organizada, algo que nadie sensato puede negar, y otra muy distinta es aceptar que desde Washington se construya la imagen de que México es prácticamente un territorio gobernado por los cárteles.


Toda vez que Estados Unidos también enfrenta responsabilidades en el fenómeno del narcotráfico, particularmente por el enorme mercado de drogas existente en su territorio y por el tráfico ilegal de armas hacia México, el asunto merece una discusión mucho más equilibrada.


México tiene problemas de seguridad. Sí. México tiene regiones golpeadas por el crimen organizado. También. Pero México no puede aceptar que se le coloque en el banquillo de los acusados como si el narcotráfico fuera un problema exclusivamente mexicano.


LOS CUBANOS DIJERON "HASTA AQUÍ"


Aquí aparece el contraste que resulta inevitable. La delegación cubana decidió levantarse y salir cuando Trump endureció sus ataques contra el gobierno de La Habana. No sabemos si fue la mejor decisión diplomática, pero sí sabemos qué mensaje quiso transmitir: no estamos dispuestos a permanecer sentados mientras se nos descalifica públicamente.


México tomó otra decisión. Permaneció en el salón. Pienso que ahí está la parte que merece una explicación. No necesariamente porque nuestros representantes debieran abandonar la Asamblea General, sino porque hubiera sido deseable una respuesta política clara, firme y pública.


México pudo escuchar a Trump y posteriormente responder. Pudo defender la soberanía nacional. Pudo recordar que la lucha contra el narcotráfico es una responsabilidad compartida. Pudo señalar que México coopera con Estados Unidos, pero no acepta subordinación.


Pudo, incluso, utilizar el propio escenario de Naciones Unidas para dejar claro que la cooperación entre dos países no significa que uno tenga derecho a descalificar al otro frente al mundo.


Porque una cosa es mantener una relación diplomática con el gobierno estadounidense y otra muy diferente es permitir que esa relación termine convirtiéndose en una relación de subordinación.


TRUMP HABLA DURO, PERO TAMBIÉN NEGOCIA


Hay otro elemento que no debemos perder de vista. El discurso de Trump fue particularmente duro, pero no fue exclusivamente una andanada contra México. El presidente estadounidense habló también de Cuba, Irán, Venezuela, Groenlandia y otros asuntos internacionales, y defendió una política exterior basada en el poder y la presión estadounidense.


En el caso mexicano, además, reconoció que existe una “muy buena relación” con el gobierno de Claudia Sheinbaum y que ambos países han logrado avances en materia de seguridad.


Eso demuestra algo importante: detrás de la retórica también existe negociación. Y precisamente por eso México debe tener muy claro hasta dónde puede llegar la cooperación y dónde comienza la defensa de nuestra soberanía.


Mientras tanto, Trump seguirá utilizando su estilo directo, provocador y muchas veces confrontativo para colocar sus temas en la agenda internacional. México no puede controlar lo que diga el presidente de Estados Unidos. Lo que sí puede controlar es la manera en que responde.


NO SE TRATA DE SALIRSE, SINO DE HACERSE RESPETAR


Aquí está, finalmente, la discusión de fondo. No se trata de copiar automáticamente la reacción cubana. México tiene una relación económica, comercial, migratoria y de seguridad con Estados Unidos de una dimensión completamente distinta.


Se trata de algo más sencillo: hacerse respetar. Si Trump acusa a México de ser el epicentro de la violencia de los cárteles, la respuesta mexicana debe explicar al mundo que combatir al crimen organizado es una responsabilidad que corresponde a ambos lados de la frontera.


Si habla de territorio controlado por criminales, México debe responder con hechos, cifras y argumentos. Y si Washington exige resultados, México tiene todo el derecho de exigir resultados también en el combate al tráfico de armas y al consumo de drogas en Estados Unidos. Porque la soberanía no se defiende abandonando necesariamente un salón. Se defiende hablando. Se defiende respondiendo. Se defiende poniendo límites.


Por cierto, quedarse sentado tampoco significa necesariamente estar de acuerdo. Pero en política internacional, los gestos importan y las imágenes hablan. La fotografía de los cubanos levantándose y saliendo del recinto quedó como una señal de protesta.


La de los mexicanos permaneciendo sentados puede ser interpretada de muchas maneras. Y ahí está el problema. México no necesita romper con Estados Unidos, ni entrar en una guerra verbal con Donald Trump. Necesita algo mucho más difícil: cooperar sin agachar la cabeza. Porque una relación de vecinos puede ser cordial, estratégica y necesaria. Pero para que sea verdaderamente una relación entre iguales, la amistad también debe saber decir: hasta aquí.


Esta es opinión personal del columnista