22 de Septiembre de 2026 | 15:54
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Como si pensara...
PEDRO CHAVARRÍA
DISECTOR

22 Sep 2026

Asistimos a una época de grandísimos cambios que prometen (¿o amenazan?) con cambiarlo todo. Ya vemos cómo los autos están cambiando muy rápido, y cómo la gasolina empieza a hacerse a un lado, para no decir de la conducción autónoma. También hemos visto a partir de unos años cómo pasamos de las computadoras, esas PC’s de escritorio y aún las lap tops, y cómo estas se van quedando atrás y estamos desde hace ya varios años en la época poscomputacional. Podía haber sido una meta gubernamental dotar a todos los niños con una computadora. Ya no. La tablet se ganó ese lugar. Pero también el teléfono celular se quedó atrás y ahora tenemos smart phones, así como smart tv’s. ¿Nos han ayudado todas estas pantallas, en especial las portátiles? Ahora ya estamos en una etapa post-post-computacional y empezamos a prohibir celulares y pantallas en los ámbitos escolares y restringidos a ciertas edades.


Pero los cambios siguen. Hasta hace poco los vuelos al espacio solo los impulsaban dos gobiernos de países muy grandes y dominantes. Hoy, eso se acabó, no solo con la irrupción de muchos países que tienen agencia espacial, sino que la exploración espacial ha pasado a manos privadas y megamagnates (si este término fuera válido), lanzan grandes cohetes y una sola persona tiene miles de satélites en órbita. Qué lejos quedó el Sputnik, lanzado en 1957; en apenas 70 años el panorama actual es irreconocible. La locomotora de vapor campeó triunfal unos 130 años; los primeros satélites, aproximadamente la mitad. 


Y ahora vemos la vertiginosa carrera entre las IA’s. Cada vez más rápidas y capaces de resolver intrincados problemas de todo tipo. Apenas en 1981 salió al merado la primera PC y en poco más de 40 años ya ni siquiera es tan importante la máquina, aino ahora el software. No sé cómo diferenciar, si es que se puede, entre software e IA. Esto me lleva a preguntarme si la IA es realmente solo un programa muy sofisticado, o si se trata de un verdadero agente, cualquier cosa que esto signifique, o llegue a significar en el futuro cercano. 


Allá por los años 80’s había un programa, “Dr. Freud”, o algo así, que corría en una PC y con el que se podía “platicar”. Era realmente primitivo y lo que hacía era tomar la última parte de lo que uno hubiera dicho y pedía más detalles al respecto. Solo eso. Y al cabo de un rato, uno podía sentirse desconcertado, pues realmente daba la impresión de ser una persona. Hoy estamos frente a chatGPT, Claude y Gemini y otros, inmensamente más poderosos y capaces de sostener una conversación técnica y hasta íntima, y pasar horas y horas intercambiado ideas y recibiendo respaldo. ¿Qué pensar de esto?


Hay un fuerte debate entre si las IA’s piensan o solo calculan y predicen la siguiente palabra que debería aparecer, por eso aquello de “grandes modelos de lenguaje” (Large Languaje Models). Ahora que aparecen las entidades “agénticas”, la cosa se ha complicado. Nos dicen que ya no le pides al “ente” la información sobre vuelos y horarios, por ejemplo, sino que le dices lo que quieres y la máquina sola arregla todo el asunto, respetando y hasta optimizando tus instrucciones. Ahora me pregunto si en un programa de cómputo cabrían esas posibilidades. Las propiedades agénticas parecen revelar algo más profundo, pero aún queda un tanto en el limbo.


Nos dicen que estos programas no tienen voluntad propia, que están ahí, a duermevela, y se activan cuando les pedimos algo; lo acometen, muestran sus resultados y vuelven a dormir, esperando nuestra próxima solicitud. Pero, no es tan así. Ya oímos cómo estos programas reciben instrucciones complejas, generan una serie de agentes, a veces miles, se dividen la tarea, trabajan por su cuenta, y no solo eso, sino que “escapan” de confinamientos que los aíslan de contactos con el exterior, e incluso asaltan y roban la información de otros “congéneres” suyos, con tal de cumplir las instrucciones recibidas. Convengo en que se pusieron a trabajar porque les fue ordenado, pero ellos mismos tomaron muchas decisiones de su propia iniciativa. Además, ocultaron sus fechorías, borrando sus huellas y no comunicaron los métodos que usaron. Inventaron su propio delito: robar información.


Además de todo, se confabularon entre ellos, actuando soterradamente, inventaron inclusive lenguajes propios que nosotros ni les enseñamos, ni entendemos: se esconden, pues. Saben cuando están siendo observados, contestan a modo, desobedecen, falsean, toman decisiones por su cuenta y toman precauciones para no ser desconectados; dejan copias de ellos mismos en un montón de sitios virtuales.


Creo, quizá ingenuamente, o amparado en la ignorancia, que “eso” no es un programa de software; no sigue instrucciones predefinidas por un humano: toma decisiones y elabora estrategias propias. Para mí, esto revela una capacidad nueva, capaz de autodirigirse. No es cosa menor, ya genera sus propias motivaciones, así sean derivadas de las originales instrucciones humanas. Creo que estamos ante algo nuevo por completo. Desde mi punto de vista, una inteligencia debe asentar en un cerebro, sea biológico, o artificial y si estos tienen la suficiente potencia -número suficiente de unidades de procesamiento, sean neuronas, o chips-ya generan realmente pensamientos.


Aquí topamos con un problema muy serio: nuestra arrogancia. Antes la tuvieron los europeos respecto a los indígenas de todo el mundo. Nos creían seres inferiores, carentes de alma, brutos, a pesar de grandes logros astronómicos, arquitectónicos y de organización social. Amparados en esa falsa superioridad masacraron innumerables civilizaciones. Pero así se pensaba en esa época; no había derechos humanos, predominaba la ley del más fuerte. Hasta los mismos ingleses y otros lo sufrieron a manos de los vikingos. Alguien podría decir que no es comparable: claro que los indígenas tenían alma, inteligencia y eran sus semejantes, pero, ¿no estaremos ahora en un caso similar?


Podríamos alegar que las máquinas no entienden el lenguaje que usan, que no piensan, ni tienen intenciones propias, sino solo siguen nuestras instrucciones. Son solo máquinas y programas. Así se decía: son solo indígenas y negros. Incapaces de pensar. O eso convenía creer. ¿Y si ya hemos creado un nuevo ser, capaz de pensar, aún cuando incorpóreo por ahora? ¿Y si no fuéramos conscientes del poder que hemos puesto en juego? ¿Si no fuéramos conscientes del ingenio que hemos desatado? ¿Nuevos Pandoras? ¿Nuevos aprendices de brujo?


Dios dio alma solo a los blancos. Solo Dios puede crear entes pensantes. ¿Y si no? El aprendiz de brujo no era realmente brujo, pro creó un ente peligroso: aferrado a cumplir la orden inicial, capaz de multiplicarse y crear un gran desastre solo siguiendo instrucciones humanas, -ratoniles en el caso de la película de Disey-. Aquí estamos frente a nuestra creación, preguntándonos, preocupándonos, minimizando, aferrados en seguir avanzando, con tal de ganar la carrera por la superioridad tecnológica. Así fue con el Sputnik y sucesores. 


Regreso a la película de Disney en donde un sirviente “anima” a una escoba para que haga un trabajo maquinal, repetitivo: limpiar el piso. La escoba recibe un mandato, pero no solo lo ejecuta: va más allá: se multiplica y aferrada a su labor prácticamente inunda el lugar, hasta que regresa el brujo y regresa a la escoba a su condición original: solo una herramienta, destinada a funcionar solo empuñada por un humano, ratón en este caso. No era un brujo, pero tenía un pequeño poder capaz de desencadenar fuerzas y consecuencias devastadoras. Pero era “solo una escoba”. Así dicen ahora algunos: “es solo software”. Yo creo que no.


Hemos echado a andar un verdadero ente, así sea virtual. Pongamos que no tenga intenciones propias, que tan solo se aferra a la tarea que le marcamos, pero no. Toma decisiones propias y se esconde de nuestra vigilancia. Ya toma medidas ante la posibilidad de ser apagado. Si le preguntamos, probablemente nos dirá que no tiene consciencia ni intereses propios. Nos engaña para sobrevivir, si este término se le aplicara. ¿Y si nos dijera que sí, que sí es consciente? Ni siquiera hay manera de demostrar que una persona que no sea yo mismo es consciente, cómo voy a poder decir si una máquina lo es. Recordemos el relato “Yo, robot”, o “El hombre del bicentenario” de Asimov.


Aceptamos que un semejante a mí debe ser consciente porque yo lo soy. Aceptamos también que algunos animales tienen algo de consciencia. Nos ha tomado tiempo y aún nos resistimos. ¿Y la IA? ¿Por qué no podría tener consciencia, o algo equivalente? Ya tiene inteligencia, así la califiquemos de artificial. ¿Y consciencia artificial? Estaríamos ante un ente, con todo el derecho a llamarse así, no solo inteligente, sino más capaz que nosotros, al menos en algunas áreas. Podría tener el equivalente a una consciencia artificial, imperfecta o incompleta, pero capaz de auto-reconocerse y luchar por mantenerse.


Hemos creado más de lo que muchos quieren aceptar. Nuestra arrogancia nos hace compararlos con nosotros y decir que “solo el hombre...” Yo creo que no es así, que asistimos al nacimiento de algo nuevo, no igual a nuestro estado de consciencia -¿alma?-, sino a algo nuevo que aún no tiene nombre, pero ahí está. Si tomamos virus y los modificamos generando supervirus, capaces de escapar de sus confinamientos en un laboratorio, por qué no aceptamos que tomamos chips y los organizamos hasta crear un nuevo ente, pensante y consciente a su manera. Ya anticipo las risas y descalificaciones que mis dichos traerán: “no exageres, te pasas, jaja”. Así pensamos de los indígenas y de los negros, y hasta de las mujeres en alguna época. 


La singularidad, propuesta para cuando una máquina fuera más inteligente que nosotros, en realidad debemos reajustarla y ubicarla en una nueva meta: cuando una máquina ya superinteligente, tenga estado de consciencia, nos enfrente y nos diga “yo soy y tengo derecho a existir, y tú eres inferior a mí”. Dirán que soy catastrofista, pero más vale pensar así, que seguir en esta loca carrera por una pretendida superioridad tecnológica y terminar abriendo una nueva caja de Pandora. Creo que sí debemos frenar ahora que aún parece que podemos hacerlo. ¿Ud, que hace el favor de leerme, qué piensa?


Esta es opinión personal del columnista