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GABRIEL GARCÍA-MÁRQUEZ SENTIDO COMÚN |
28 Jul 2026
Hay pueblos que parecen condenados a repetir su historia. Nicaragua es uno de ellos. Cambian los nombres, cambian las banderas, cambian los discursos y hasta las consignas revolucionarias, pero el resultado termina siendo el mismo: un pueblo sin libertad.
Primero fue la dinastía de los Somoza, una de las dictaduras más largas y represivas de América Latina. Después llegó la Revolución Sandinista prometiendo democracia, justicia social y el fin de la opresión. Millones de nicaragüenses creyeron que el sacrificio de miles de jóvenes había valido la pena y que, por fin, comenzaba una nueva era. Sin embargo, la historia volvió a dar un giro cruel. Quienes combatieron al dictador terminaron ocupando su lugar.
Daniel Ortega Saavedra, uno de los comandantes que celebró la caída de Anastasio Somoza en julio de 1979, gobierna Nicaragua desde 2007 y ha construido un sistema político donde la alternancia prácticamente ha desaparecido. Las recientes declaraciones del mandatario, al asegurar que en Nicaragua no volverán a celebrarse elecciones para que la oposición pueda llegar al poder, representan algo más que una frase desafortunada: constituyen la confesión abierta de que la democracia ha dejado de existir como mecanismo para decidir el rumbo del país.
LA REVOLUCIÓN QUE TERMINÓ PARECIÉNDOSE AL ENEMIGO
La mayor tragedia de Nicaragua no consiste únicamente en vivir bajo una dictadura. Su verdadera desgracia es haber cambiado una dictadura de derecha por otra de izquierda sin que la libertad haya llegado jamás.
Mientras tanto, las generaciones han crecido escuchando la misma promesa: ahora sí vendrá la verdadera liberación. Primero fue el discurso anticomunista; después, la revolución socialista; hoy, la narrativa de la defensa de la soberanía. En otras palabras, cambian los argumentos, pero el ciudadano sigue atrapado entre el miedo, la censura y la ausencia de instituciones independientes.
La historia latinoamericana demuestra que las dictaduras no tienen ideología permanente. Las hay de derecha y de izquierda. Lo único que comparten es su incapacidad para tolerar la crítica y su obsesión por perpetuarse en el poder.
Por cierto, cuando un gobernante declara públicamente que ya no habrá elecciones competitivas, deja de hablar como presidente y comienza a hablar como propietario del Estado.
EL PODER SIN LÍMITES
Las reformas constitucionales impulsadas por Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo no sólo ampliaron el periodo presidencial y consolidaron la figura de la copresidencia. También eliminaron, en los hechos, el equilibrio entre los distintos órganos del Estado, concentrando el poder político en una sola familia. Toda vez que desaparecen los contrapesos, también desaparecen las garantías ciudadanas.
No importa si el discurso se pronuncia en nombre del pueblo, de la revolución, de la patria o de la soberanía nacional. Cuando el poder deja de aceptar la competencia electoral, la democracia deja de existir.
Resulta paradójico que quienes hace más de cuatro décadas lucharon contra un régimen autoritario reproduzcan hoy prácticas que entonces denunciaban: persecución de opositores, restricciones a la prensa, exilio de críticos, concentración absoluta del poder y reformas constitucionales diseñadas para garantizar la permanencia del gobernante. La historia parece haberse escrito en círculo.
EL PUEBLO SIEMPRE PAGA LA FACTURA
Mientras los gobiernos se disputan el relato histórico, los ciudadanos enfrentan otra realidad: familias divididas por el exilio, jóvenes que abandonan su país buscando oportunidades, periodistas silenciados y una sociedad que vive entre el miedo y la resignación.
Pienso que el drama nicaragüense debería servir como una lección para toda América Latina. La libertad nunca puede depender de un caudillo, por muy carismático que sea. Tampoco de una revolución que prometa redimir al pueblo ni de un partido político que se proclame dueño de la verdad absoluta.
La democracia se sostiene únicamente cuando existen instituciones capaces de limitar el poder, elecciones auténticamente libres, prensa independiente y ciudadanos con el derecho de disentir sin temor a represalias. Porque las dictaduras no empiezan encarcelando a todos, empiezan convenciendo a la sociedad de que un solo hombre es indispensable.
LA LIBERTAD SIGUE ESPERANDO
Cada 17 de julio, Nicaragua recuerda la caída de Anastacio Somoza como el llamado "Día de la Alegría". Aquella fecha simbolizó el final de una larga noche autoritaria y el nacimiento de una enorme esperanza. Décadas después, esa ilusión parece haberse convertido en una amarga ironía. El país que celebró la derrota de un dictador vuelve a vivir bajo un régimen señalado por concentrar el poder y limitar las libertades.
Quizá esa sea la mayor tragedia de los nicaragüenses: haber luchado por conquistar la libertad y descubrir, una y otra vez, que sólo cambiaron de uniforme quienes sostenían las cadenas.
Mientras tanto, el pueblo continúa esperando que algún día la democracia deje de ser un discurso de campaña o una consigna revolucionaria y se convierta, por fin, en una realidad cotidiana. Porque la libertad no tiene color político. Cuando desaparece, la dictadura siempre termina teniendo el mismo rostro: el del poder que se niega a irse.
Puede insertar un recuadro histórico como el siguiente, inmediatamente después del subtítulo "La revolución que terminó pareciéndose al enemigo" o antes de "El poder sin límites".
LA REVOLUCIÓN TERMINÓ PARECIÉNDOSE AL ENEMIGO
Desde el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ha llevado a la Presidencia de Nicaragua únicamente a Daniel Ortega, aunque en distintos periodos históricos:
Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (1979-1985). Tras la caída de Anastasio Somoza, Nicaragua fue gobernada por una junta de cinco integrantes, en la que Daniel Ortega fue uno de sus miembros y posteriormente asumió un papel predominante en la conducción política del país.
Daniel Ortega Saavedra (1985-1990). Primer presidente electo bajo el gobierno sandinista, tras las elecciones de 1984.
Daniel Ortega Saavedra (2007-2012). Regresó al poder después de 16 años de gobiernos liberales y conservó la Presidencia desde entonces mediante sucesivas reelecciones.
Daniel Ortega Saavedra (2012-2017). Reelecto para un segundo periodo consecutivo.
Daniel Ortega Saavedra (2017-2022). Inició un tercer mandato consecutivo, acompañado como vicepresidenta por Rosario Murillo.
Daniel Ortega Saavedra (2022-actualidad). Continúa en el poder tras una nueva reelección. En 2025, una reforma constitucional creó la figura de la copresidencia, ocupada por Rosario Murillo, consolidando un esquema de poder compartido entre ambos.
En otras palabras, aunque el sandinismo ha gobernado Nicaragua durante varias etapas desde 1979, el único presidente emanado del Frente Sandinista ha sido Daniel Ortega, quien suma dos grandes periodos en el poder: de 1985 a 1990 y de 2007 hasta la actualidad, convirtiéndose en el mandatario con mayor permanencia en la historia contemporánea del país.
Esta es opinión personal del columnista