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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
11 Jun 2026
Durante gran parte de la historia humana la riqueza tuvo una característica elemental. Siempre estuvo asociada a algo escaso y tangible. Primero fue la tierra, cuya posesión determinaba quién podía alimentarse y quién debía obedecer. Después fueron las fábricas, que transformaron el acero, el carbón y la electricidad en poder económico. Más tarde aparecieron el petróleo, las telecomunicaciones y las redes digitales. Cada época encontró un activo dominante alrededor del cual organizó sus instituciones, distribuyó privilegios y construyó sus conflictos. Lo que está ocurriendo con la IA anuncia una ruptura de una magnitud comparable porque por primera vez el recurso estratégico sobre el cual comienza a edificarse una nueva economía ya no es un territorio, una máquina o una materia prima, sino la capacidad de producir inteligencia, una facultad que durante milenios fue considerada inseparable de la experiencia humana.
Por esa razón resulta tan interesante observar dos debates que surgieron casi simultáneamente durante las últimas semanas y que, aunque parecen responder a preocupaciones distintas, terminan girando alrededor de la misma interrogante histórica. Desde Argentina, su presidente Javier Milei impulsa una reforma destinada a permitir la creación de sociedades automatizadas y organizaciones autónomas descentralizadas capaces de operar mediante agentes de IA, mientras que desde Estados Unidos Bernie Sanders propone que una parte relevante de la propiedad de las grandes compañías de IA sea transferida a un fondo soberano que represente a la sociedad. Entre ambas posiciones existe una distancia ideológica considerable, aunque en realidad ambas reconocen que la IA está dejando de ser una herramienta para convertirse en una fuente autónoma de riqueza.
La iniciativa argentina comenzó a tomar forma a finales de mayo y adquirió notoriedad internacional durante los primeros días de junio cuando especialistas en derecho corporativo analizaron las implicaciones de una figura jurídica inédita dentro de la legislación moderna. La propuesta contempla la creación de una Sociedad Automatizada, una entidad con personalidad jurídica propia capaz de desarrollar actividades económicas mediante sistemas algorítmicos y agentes de IA sin requerir una estructura tradicional de trabajadores o directivos para su operación ordinaria. El proyecto incorpora también las llamadas Organizaciones Autónomas Descentralizadas, conocidas como DAO, cuya gobernanza puede descansar en contratos inteligentes y reglas inscritas en código. Milei parece asumir que la próxima gran competencia entre naciones ya no se librará por recursos naturales, sino por la capacidad para atraer IA, centros de datos, infraestructura computacional y capital tecnológico. Del mismo modo que Delaware se convirtió en el domicilio corporativo de una parte sustancial de las empresas estadounidenses o que Singapur construyó una plataforma global para las finanzas y la innovación, Argentina intenta posicionarse como una jurisdicción diseñada para una economía en la que los algoritmos participan activamente en la generación de valor bajo esquemas regulatorios mínimos.
La propuesta de Sanders nace de una posición completamente distinta. Durante la primera semana de junio presentó el American AI Sovereign Wealth Fund Act bajo una premisa simple pero incómoda. Los modelos de IA que están generando algunas de las valuaciones corporativas más extraordinarias de la historia fueron entrenados utilizando conocimiento producido por millones de personas que jamás recibirán una compensación económica directa. Bibliotecas enteras, investigaciones científicas acumuladas durante décadas, obras literarias, fotografías, programas informáticos, artículos periodísticos, foros de discusión y enormes volúmenes de información generados por la actividad humana constituyen la materia prima a partir de la cual estas tecnologías desarrollaron sus capacidades. Sanders propone que las grandes empresas de IA transfieran el 50% de su capital accionario a un fondo soberano público para que la sociedad participe de las ganancias futuras generadas por esta revolución tecnológica. Sostiene que si el conocimiento colectivo de la humanidad contribuyó a construir estas plataformas, entonces una parte de la riqueza derivada de ellas también debe regresar a la sociedad mediante mecanismos permanentes de propiedad y participación económica.
Ambas posiciones parten de diagnósticos correctos. Milei comprende que las grandes transformaciones tecnológicas suelen surgir en entornos donde la experimentación avanza con suficiente libertad para equivocarse, corregir y volver a intentarlo. Sanders comprende que las revoluciones tecnológicas también tienen una larga historia de concentración patrimonial y que las sociedades terminan enfrentando tensiones severas cuando la riqueza se acumula a velocidades muy superiores a la capacidad de distribución del sistema económico. Ambos están mirando el mismo terremoto desde lados distintos de la falla.
Durante siglos el crecimiento económico dependió de la combinación entre capital y trabajo humano. Una persona estudiaba, adquiría habilidades, acumulaba experiencia y convertía ese conocimiento en ingresos. Ese principio organizó mercados laborales, sistemas educativos, modelos fiscales y esquemas completos de movilidad social. La IA introduce una alteración inédita porque permite desacoplar una parte creciente de la producción intelectual respecto de la intervención humana directa. Lo que comienza a emerger es una economía donde la inteligencia misma puede convertirse en infraestructura.
Esa transformación obliga a reflexionar sobre una cuestión decisiva. Si la IA llega a desempeñar una parte significativa del trabajo cognitivo que sostiene a las economías modernas, ¿quién capturará el valor generado por esa nueva capacidad productiva? La respuesta de Milei consiste en acelerar la construcción de ese futuro con la expectativa de que la expansión económica produzca beneficios amplios. La respuesta de Sanders consiste en establecer desde el principio mecanismos que permitan distribuir una parte de esa riqueza. La tensión entre ambas visiones probablemente acompañará nuestros tiempos, aunque la postura de Milei se alinea con la visión predominante de las Big Techs que concentran riqueza y poderes en nuestros días.
La discusión planteada por Milei y Sanders trasciende a Argentina, Estados Unidos e incluso a la propia IA. Lo que está en juego es la definición del contrato social de la era digital. Una visión sostiene que quienes asumen el riesgo, desarrollan la tecnología y construyen las plataformas deben conservar la propiedad de los beneficios que generen. La otra sostiene que ninguna empresa habría llegado hasta aqu, sin utilizar el conocimiento acumulado por generaciones enteras y que, por lo tanto, una parte de esa riqueza posee un origen colectivo que justifica una distribución colectiva. Cada civilización termina definiéndose por la forma en que distribuye el poder que produce. La nuestra está comenzando a decidir si la riqueza generada por la IA será patrimonio de unos cuantos o una palanca de prosperidad compartida para el conjunto de la sociedad.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto, antes de que la IA termine decidiendo por mi.
Placeres culposos: Empieza el mundial. Que México gane hoy por goliza. Al menos un gol de Jiménez y otro de Quiñones.
Que los Knicks sean campeones de la NBA.
En el cine, el día de la revelación.
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Esta es opinión personal del columnista