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La vulgaridad de un enano mental en Rectoría
OMAR ZÚÑIGA
DE PRIMERA MANO

01 Jun 2026

Hay instituciones que se construyen durante décadas con el trabajo silencioso y honesto de generaciones enteras, y hay individuos que, en un instante de soberbia o simple vulgaridad, las ofenden sin siquiera darse cuenta —o peor aún, dándose cuenta perfectamente.
El 11 de septiembre de 2019, la Universidad Veracruzana celebraba su 75 aniversario con uno de los actos más solemnes que una casa de estudios puede protagonizar: la entrega de un doctorado honoris causa.
El honrado era el doctor José Ramón Cossío Díaz, jurista, hombre de letras y de toga, cuya trayectoria habla por sí sola con una elocuencia que pocas biografías pueden igualar.
Un hombre que se ganó cada sílaba del honor.
No se trató de un reconocimiento entregado por cortesía ni por vínculos de compadrazgo académico. Cossío Díaz es, para decirlo sin cortapisas, uno de los intelectuales jurídicos más sólidos que ha producido este país.
Treinta y cinco años dedicados a la docencia, con una vocación que trasciende el aula y busca ensanchar las fronteras del entendimiento del derecho. Veintiocho libros de su autoría, doce coordinados, ocho compilados: una obra que lo consolida como referente indiscutible de la ciencia social y jurídica en México.
Y, por si fuera poco, a los 42 años asumió el cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, institución en la que sirvió durante quince años con rigor, independencia y altura intelectual poco comunes, que hoy -por cierto- no le caerían mal a la Corte.


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Sin embargo, el pasado 22 de mayo en e marco de la FILU sucedió un acto que de ninguna manera merece el nombre de anécdota.
Merece, en cambio, el nombre que le corresponde: una grosería mayúscula, una vulgaridad, un acto de desdén que revela con brutal claridad el talante de quien hoy ocupa —de manera ilegítima— el rectorado de la UV.
José Ramón Cossío Díaz caminaba junto a Marisol Luna rumbo a la presentación de un libro más de su autoría, cuando se cruzaron de frente con martincito —así, todo en minúsculas, como él- y no tuvo la decencia de dar ni un saludo, ni un gesto siquiera.
Un mamerto zurumbático cualquiera.
No hubo el más mínimo reconocimiento hacia un hombre al que su propia universidad había distinguido con el honor más alto que una institución académica puede conferir.
Y no fue solamente martincito quien ignoró a los doctores Luna y Cossío, sino que lo secundó la flamante directora de Comunicación Universitaria, Norma Trujillo, demostrando una vez que no merecen estar en la UV y que la UV no merece sujetos de esta calaña.
También hay que decirlo, la excepción fue el secretario Académico Arturo Aguilar Ye, mejor conocido como el profesor Jirafales, quien sí tuvo la elemental decencia de saludar. En un escenario de descortesía institucional, el fue el único que actuó como universitario.


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Pero el desplante de martincito no es un hecho aislado ni puede leerse fuera de contexto.
Porque como es todos sabido, martincito no llegó al rectorado de la Universidad Veracruzana por la vía que dictan los estatutos y la legalidad. No fue electo. Ocupa el cargo mediante una ilegalidad que la comunidad universitaria conoce, que ha señalado, y que las autoridades correspondientes prefirieron ignorar con una comodidad que también resulta inaceptable.
Cuando un rector no llega por mandato legítimo de su comunidad, sino por una maniobra que elude los cauces institucionales, el mensaje es claro: las formas no importan, las reglas son para otros, y el poder se ejerce desde la arbitrariedad e ilegalidad.
Ese sustrato explica, aunque no justifica, la soberbia del 22 de mayo. Quien no respetó el proceso para llegar, difícilmente respetará a quienes representan lo mejor de la institución que dice encabezar.
Aunque quizá todo se deba a que su ignorancia sea tal, que no sepa quién es José Ramón Cossío Díaz.


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Con sus más de 82 años de historia acumulada, en la UV hay investigadores que han llevado su nombre a foros internacionales, egresados que han transformado al estado y al país como la misma Marisol Luna y tiene, en su haber, el orgullo de haber reconocido a hombres como Cossío Díaz.
De ninguna manera merece un rector que ignore ese legado.
No merece a alguien que ignore con olímpica indiferencia a un honoris causa de la propia institución. No merece, en suma, la pequeñez y vulgaridad de martincito.
Las universidades públicas son de sus comunidades, de sus estudiantes, de su historia, no son patrimonio de quien llegó a administrarlas por una ilegalidad y se conduce con la arrogancia de quien cree que el cargo lo exime de las más básicas obligaciones de cortesía y reconocimiento institucional.
La próxima vez que martincito camine por los pasillos de la UV, haría bien en recordar que esos pasillos fueron pisados, con más dignidad que la suya, por hombres y mujeres que sí se ganaron el respeto que él, ostensiblemente, no conoce.
Cossío seguramente, ni lo recordará y Marisol Luna tampoco. Esa es también la diferencia entre un grande y un enano mental.


¡Qué barbaridad!
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Esta es opinión personal del columnista