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¿De qué estamos hechos?
PEDRO CHAVARRÍA
DISECTOR

06 Feb 2026

Esta es una pregunta muy antigua y ha ocupado a la humanidad por siglos. Y hasta la fecha, la respuesta no ha sido alcanzada. Los griegos se la plantearon desde la época anterior a Sócrates y maravilla que en épocas tan tempranas se haya profundizado tanto. La cuestión nos deja ver que es más importante preguntar, que contestar. Si las preguntas van bien encaminadas y buscan una profundidad significativa, ya se ha hecho un gran avance. Saber preguntar es todo un arte.


Según se planteé la pregunta, vendrá la respuesta. Preguntas mal planteadas dan lugar a respuestas insatisfactorias. Conviene hacer una precisión muy importante. Las preguntas vienen del intelecto humano, es decir, de la capacidad de pensar, en tanto que las respuestas requieren una indagación precisa en el mundo, para obtener información. Preguntar requiere un cerebro con altas capacidades, que los hay, pero responder depende de otros factores ajenos al intelecto.


Preguntar requiere poner a funcionar al cerebro y ya. Se dice fácil, pero en realidad, tiene gran complejidad, pues equivale a dos acciones básicas: observar y enseguida, plantear una interrogante relativa a lo observado. Entra información a través de los sentidos y dentro del cerebro debe surgir algún tipo de pregunta. Y tenemos varios cartabones básicos que podemos aplicar: qué, por qué, para qué, cuándo, cuánto, cómo, dónde. Podría haber otros formatos, pero estos son los más importantes.


Empecemos con “qué”. Se aborda el problema de la existencia. ¿Qué es…? Y a continuación se puede poner cualquier cosa, sea material o inmaterial. ¿Qué son las nubes?, o ¿qué es el amor? Desde niños hemos visto las nubes y, de repente, nos preguntamos qué son. Igual pasa con el amor: lo hemos experimentado, hasta que nos preguntamos qué es. El hacer la pregunta es un gran logro, a veces planteado desde la niñez, pero algunos temas permanecen un tanto relegados y merecen un gran esfuerzo para descubrir su esencia, es decir, no nos quedarnos en un abordaje superficial, sino disecamos y disecamos, hasta encontrar lo más profundo. El problema del ser. Pero una cosa es preguntar y otra, responder.


Preguntas de alcance profundo, se las hemos dejado a la filosofía, en tanto que las respuestas relativas a hechos, han sido asignadas a las ciencias. La mente formula y manda a los órganos de los sentidos a investigar: vista, oído, tacto, olfato y gusto. Estos órganos reciben información del medio -el mundo, o el universo si se quiere más amplio-. Pero nuestros órganos sensoriales están limitados: no vemos todo lo que hay -ondas radiales, por ejemplo-, ni oímos todos las vibraciones del medio, solo captamos una parte: espectro visible y audible, por ejemplo. Y así con todos los sentidos, de modo que las respuestas topan con problemas.


Preguntar requiere pensar correctamente, es decir, depende de la organización de las ideas a nivel cerebral, pero encontrar respuestas es algo que está ahí afuera, fuera de nuestro cerebro; se trata de constatar hechos, no ideas. Y esto último es arduo en muchas ocasiones, y con frecuencia, debemos extender el alcance de nuestros órganos de los sentidos. De ahí los telescopios, microscopios, estetoscopios y toda una serie de instrumentos tecnológicos, mismos que, también, tienen limitaciones, por lo que nos dan respuestas parciales. Entre mejores instrumentos, mejores respuestas. La filosofía pregunta lo profundo, las ciencias van respondiendo.


Además de interrogar acerca de objetos materiales e inmateriales, surge la necesidad de entender el por qué de las cosas. Nuestro cerebro piensa así: todas las cosas y eventos tienen una causa, es decir, todo viene de algo precedente. De la nada, se obtiene nada, por lo que algo debe existir antes, para que luego veamos otra manifestación. Las causas preceden a las consecuencias. Algo hay que fuerza a lo que estoy viendo, y quiero saber qué es. Como se ve claramente, el por qué deriva del qué. Qué hubo antes, que originó a lo observado después. El problema del origen se asienta en el problema de la existencia, solo que introduce un nuevo parámetro: hay una relación entre dos eventos. Ambos son. Uno lo veo, y el otro lo supongo.


Así piensan los cerebros humanos. Inclusive, tenemos evidencias de que lo mismo sucede en otras especies dotadas con cerebros, o lo que equivalga a órganos de procesamiento de la información que los órganos de los sentidos recogen del exterior. Los cerebros y sus equivalentes, procesan información: reciben inputs y generan outputs como respuesta, desde redes neuronales en las cucarachas, hasta varios cerebros en el pulpo, hasta el cerebro humano, que es el más desarrollado. Todo lo que pueda observar, asumo que debe tener una causa y voy en busca de ella. Así somos los humanos; no sé otras especies.


Variando un poco la pregunta, caemos en el “para qué”. Ahora el proceso de pensamiento es diferente. Ya no busco un evento previo, sino que deseo averiguar acerca de uno venidero o venido, es decir, que puede estar en el presente, o en el futuro, pero no en el pasado. Me refiero ahora a que todo evento, natural o artificial tiene un propósito, tiende o busca algo. Ahora el evento presenciado es una causa de algo venidero. Hago esto para lograr aquello. Sobre todo, si se trata de eventos en los que funciona una voluntad, es decir, un ser vivo de cierta complejidad. Pero igual trato de encontrar esa relación en fenómenos naturales, ajenos a voluntades manifiestas. No siempre se encuentra un propósito.


¿Para qué quieres escalar esa montaña?, o ¿para qué necesitan dormir ciertos animales? Una cosa es por qué -pasado- y otra, para qué -futuro-. Lo que es, debe tener un pasado obligado y probablemente tenga un futuro ligado. En ciertos casos, no acertamos a ver un para qué, por ejemplo, en el caso de las órbitas planetarias. Y hasta en eso queremos descubrir una relación ligada en el futuro. Una vez más, el problema de la existencia, ahora más inclinados a eventos que a cosas. En este punto asoma la interrogante formidable: en qué consiste el mundo: ¿en cosas, o en eventos? ¿Las cosas son en realidad, eventos? Una piedra, por ejemplo, indiscutible cosa, en realidades un evento que resulta de complejos procesos químicos y físicos.


¿Cuándo?, pregunta por el problema del tiempo. Desde San Agustín sabemos que el tiempo es una medida de los eventos, cuánto duran, que, en el fondo, no es más que una medida de cambios, es decir, duración y sucesión de eventos. Todo evento depende de que haya un algo que aparece, se cambia por otro, o desaparece. Seguimos en el problema de la existencia. Aún en eventos, o sucesos, mentales, surgen entidades, o ideas, que se transforman y desparecen, por lo tanto, existen, a su manera. Claro que el problema del tiempo es mucho más complejo y parece ser, en realidad, una ilusión.


¿Dónde?, pregunta acerca del espacio. Este es el lugar que suponemos alberga todo evento o cosa. El contar con un escenario de fondo nos permite establecer relaciones entre dos o más objetos, así que podemos entender cercanías, o lejanías, o puntos intermedios. Al igual que el tiempo, parece ser una ilusión, o algo que no alcanzamos a entender, pero en todo caso, tener un escenario es sumamente útil. El asunto espacial es muy complicado también. Einstein lo complicó, y simplificó a la vez, fusionándolo con el tiempo: espacio-tiempo. Como concepto, aunque no comprendamos su esencia, es indispensable para entendernos. Quiero saber dónde suceden los eventos o están las cosas. Definir posiciones, o localizaciones es fundamental.


¿Cómo?, se refiere a los cambios en las cosas/eventos. Esto echa mano del tiempo y el espacio para decirnos que se sucede una serie de eventos ligados alrededor de un eje rector: en el pasado era de un modo y en el presente es de otro; o bien, en el presente es de un modo y esperamos que sea de otro en el futuro. Unos eventos suceden o preceden a otros. No hay otro modo de pensar. Hace más de 2500 años que Heráclito nos dijo que todo es cambio: lo único constante es el cambio. Tanto una piedra, como una montaña están transformándose continuamente. Montes y rocas se desbaratan con el tiempo. Los diamantes no siempre lo fueron, al igual que el petróleo. Alguna vez fueron solo carbono, o poco más. Entender el cómo de los cambios es fundamental.


¿De qué estamos hechos, por fin? Somos un evento muy complejo; hasta donde sabemos, solo existente en este planeta. Podría decirse que un cuerpo humano está hecho de la conjunción de aparatos y sistemas, estos de órganos, que a su vez constan de tejidos y estos de células; pero estas de organelos, moléculas y átomos. Cosas y más cosas. No. En ralidad eventos y más eventos. La célula, base de la vida, es una cosa que solo existe en la medida que se comporta como una serie de complejísimos eventos que llamamos vida. Si se detienen los eventos, no habrá más cosa a la que llamar célula.


Cuando el conjunto de eventos que llamamos célula se detiene, esta deja de existir como cosa y retorna al polvo, de onde salió –“polvo eres y en polvo te convertirás”-. Mientras haya cambio, y solo un tipo de cambio sumamente controlado -metabolismo-, seguiremos siendo clasificables como cosas-personas. Solo el cambio nos define y nos mantiene. Somos en tanto que funcionamos, aunque sea de manera subóptima -enfermedad-. Todo lo que deja de funcionar, deja de ser. Hasta las piedras funcionan, por más estáticas y eternas que nos parezcan. La mínima función de una cosa es mantenerse. Media piedra sigue siendo piedra, pero si la pulverizamos, o la derretimos, se acabó la piedra; polvo o amasijo se volverá.


Más allá de nuestras células, si nuestras moléculas dejan de funcionar, dejaremos de ser, parcial o totalmente. Para que nuestras moléculas funcionen -como la hemoglobina de nuestros glóbulos rojos-, debe mantener su integridad. Si cesan nuestras funciones, cesa nuestro ser. Quizá un cadáver, o polvo, pero ya no la persona que hemos sido. No somos cosas. Nada es una cosa. Todos, seres vivos e inanimados, somos eventos. La esencia de la existencia es el cambio, los eventos que nos mantienen unidos en un cuerpo funcional, por más incompleto o deficiente que pueda estar. 


Es importante favorecer los cambios controlados que nos definen: pensamientos, respiración, circulación y otros. La salud y la vida nos va en ello. No hay cosas, hay eventos, algunos muy simples, como una piedra, otros mucho más complicados, como nosotros y nuestros cerebros, capaces de pensar. “1 El mundo es todo lo que es el caso. 1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. … 1.13 Los hechos en el espacio lógico son el mundo” (Tractatus logico-philosophicus. Ludwig Wittgenstein -1889-1951-, Alianza Editorial, 2012).


Esta es opinión personal del columnista