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El regreso
DAVID VALLEJO
CÓDIGOS DEL PODER

21 Jul 2026

La Odisea se convirtió de inmediato en una de esas películas que sé que volveré a ver muchas veces. Toda la filmografía de Nolan me entusiasma y dos de sus películas ya ocupaban desde hace años un lugar entre las que más admiro. Ésta encontró un sitio todavía más alto. Me pareció el gran acontecimiento cinematográfico del año porque recupera una ambición que el cine parecía haber olvidado. Es épica, profundamente entretenida y visualmente deslumbrante.


Christopher Nolan pertenece a ese grupo cada vez más reducido de directores cuyo nombre basta para llenar una sala. Filmó en Grecia, Italia, Marruecos, Escocia e Islandia, recurrió a escenarios reales, cámaras IMAX y efectos prácticos cuando buena parte de la industria depende cada vez más de mundos construidos por computadora. Matt Damon entrega un Odiseo inteligente, vulnerable y marcado por el peso de la guerra y Anne Hathaway construye una Penélope extraordinaria. Todo funciona porque Nolan entiende que la tecnología jamás sustituye una gran historia.


Por eso me sorprendió que buena parte de la conversación terminara girando alrededor de si la película era woke. La pregunta me parece diminuta frente a una obra de esta dimensión. Los mitos griegos cambiaron durante siglos porque cada poeta añadió matices, modificó episodios y respondió a las inquietudes de su tiempo. Un clásico permanece vivo precisamente porque admite nuevas lecturas. Lo que me parece aún más impresionante es que millones de personas están volviendo a hablar de Homero.


Resulta difícil encontrar un escritor más importante del que sepamos menos. Nadie puede afirmar dónde nació. Siete ciudades reclamaban haberlo visto nacer. Ignoramos si realmente era ciego, incluso si existió un solo hombre detrás de ese nombre o si Homero representa el momento en que siglos de tradición oral encontraron una forma definitiva. El autor sobre el que descansa buena parte de la literatura occidental permanece envuelto en el mismo misterio desde hace casi treinta siglos.


Tampoco escribió sobre su presente. Si la guerra de Troya ocurrió, debió desarrollarse hacia el siglo XII antes de Cristo. La Odisea comenzó a tomar forma alrededor de cuatrocientos años después. Para Homero, Troya ya pertenecía al pasado. Nosotros seguimos regresando a esa misma historia cientos de años después.


¿Qué descubrió Homero acerca del ser humano para seguir resultando contemporáneo después del nacimiento y la caída de imperios, del Renacimiento, de la Revolución Industrial, de dos guerras mundiales, del internet y de la IA? La respuesta comienza con Odiseo. Los filólogos continúan discutiendo el origen exacto de su nombre, aunque la interpretación más aceptada lo relaciona con un verbo griego que significa provocar odio, despertar la ira o convertirse en objeto de ella. Odiseo puede entenderse como “el odiado” o “el que hace enfurecer”. Homero convierte esa ambigüedad en destino.


La grandeza de la Odisea consiste en que cada aventura encierra una observación sobre la naturaleza humana. Polifemo representa el orgullo. Odiseo lo derrota gracias a uno de los engaños más brillantes de la literatura al llamarse “Nadie”. Ya a salvo, siente la necesidad de revelar su verdadero nombre. Polifemo invoca a Poseidón y el viaje se prolonga durante diez años más. Homero deja una enseñanza contundente. Muchas derrotas comienzan exactamente cuando creemos haber ganado.


Circe representa la pérdida de la identidad. Convierte a los hombres en cerdos porque olvidan quiénes son. Odiseo resiste el hechizo y comprende que conservar la propia esencia vale más que cualquier comodidad.


Las sirenas prometen conocimiento absoluto. Odiseo desea escucharlas, aunque también reconoce sus propios límites. Ordena atarlo al mástil para impedir que una decisión impulsiva destruya la expedición. La inteligencia también consiste en saber dónde somos vulnerables.


Calipso le ofrece la inmortalidad. Odiseo la rechaza porque entiende que una vida eterna pierde sentido lejos de quienes ama. El hogar termina valiendo más que la eternidad.


El descenso al Hades cambia la manera de entender el éxito. Aquiles, el mayor héroe de la guerra de Troya, confiesa que preferiría vivir humildemente entre los vivos antes que reinar sobre todos los muertos. Ninguna gloria compensa el valor de la vida.


Penélope suele recordarse como la esposa fiel que espera. Homero escribió un personaje mucho más complejo. Mientras Odiseo sobrevive gracias a la astucia, ella sostiene un reino entero exactamente con la misma virtud. Su telar nunca fue un gesto romántico. Fue una estrategia política para proteger el futuro de Ítaca.


La Odisea nunca fue una sucesión de monstruos y aventuras. Cada episodio habla del orgullo, la identidad, la tentación, el poder, el amor, la inteligencia y el paso del tiempo. Homero comprendió que los mayores desafíos del ser humano nunca aparecen bajo la forma de un monstruo, suelen presentarse disfrazados de decisiones.


Diez años de guerra y diez años de viaje bastan para cambiar a cualquiera. Penélope ya es otra mujer, Telémaco deja de ser un niño e Ítaca aprende a vivir sin su rey. Cuando Odiseo finalmente regresa descubre que recuperar una casa resulta mucho más sencillo que recuperar el lugar que alguna vez ocupó dentro de ella.


Ésa es la razón por la que el poema sigue pareciendo escrito para nuestro tiempo. Todos regresamos alguna vez a un sitio que dejó de existir tal como lo recordábamos. Una casa, una amistad, un amor o una ciudad. Incluso nosotros dejamos de ser quienes éramos cuando partimos.


Christopher Nolan modificó episodios, redujo el protagonismo de los dioses y llevó la historia hacia la culpa, la memoria y las heridas de la guerra. Me parece exactamente lo que debe hacer un gran director con un clásico. Dialogar con él, Virgilio lo hizo, Dante y James Joyce también lo hicieron. Ahora Nolan incorpora su propia lectura y consigue algo extraordinario. Devuelve a Homero al centro de la conversación cultural.


Salí del cine convencido de haber visto una de las mejores películas del año. Horas después comprendí que el protagonista seguía siendo aquel poeta del que casi nada sabemos.


Tres mil años bastaron para demostrar que los imperios desaparecen, las tecnologías envejecen y las civilizaciones cambian. Homero permanece porque entendió algo que sigue definiéndonos. La inteligencia vale más que la fuerza cuando va acompañada de prudencia. El orgullo puede destruir aquello que el talento acaba de conquistar. La paciencia también es una forma de poder. El hogar representa mucho más que un lugar. Y cada viaje importante termina haciéndonos la misma pregunta. ¿Quién eres ahora que has regresado? Está pregunta ronda permanentemente mi mente desde que regrese al sur de Tamaulipas. 


¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si Poseidón concede una tregua. 


Placeres culposos: El libro Sobre Dios, Byung-Chul Han y en la música el álbum de Jack White, Frozen Charlotte. 


El regreso a mi norte, el sur, para Greis y Alo.


Esta es opinión personal del columnista