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Afuera 5ª parte
PEDRO CHAVARRÍA
DISECTOR

08 Jul 2026

La estructura y función de nuestro cerebro determina la forma en que pensamos y las ideas fundamentales que tenemos, como la percepción del tiempo y del espacio. Así tenemos otra idea que quiero abordar. Todo lo que existe tiene un principio. Antes no fue y después ya es. La ciencia se encarga de analizar los cómos: cómo cambian las cosas. Las causas quedan fuera de su alcance. El universo todo fue sometido al mismo análisis y planteamientos; de ahí el modelo del big bang, la época de hiperinflaión y posteriormente, la época de expansión, que estamos viviendo hasta este momento y se prevé que seguirá.
El caso es que medio podemos explicar cómo el universo ha llegado hasta donde está, pero queda l misterio de qué fue lo que hizo “bang”. Eso no lo sabemos, se habla de singularidad, circunstancia en la cual las leyes de la física no aplican, por lo que estamos ciegos al respecto. A pesar de esto, ya se habla de una época previa al big bang, igual que se habla de múltiples universos, con los cuales no tenemos, y al parecer, ni podremos tener contacto. Otra teoría pugna por un modelo diferente: el universo no tiene principio ni final, siempre ha existido y aún se propone que el universo e todo lo que ha habido, hay y habrá, así como que el universo es lo que hay ahí y nada más.
Nuestra actividad cerebral creo que se rebela ante la idea de eternidad: no puede haber un universo eterno, así no pensamos los humanos. Podría aducirse que se trata de una situación única y extrema y que solo el universo puede detentar esa eternidad, pero esta postura no resuelve nada. Me niego a aceptar que el universo haya existido por siempre, es decir, que sea eterno. El universo debe tener un inicio, aunque o podamos establecer la causa, sí me queda muy claro que no hay cosas eternas y de todo ente debería plantearme que tiene un origen, que antes no era y llegó a ser.
Sea que el universo tenga un origen. Por definición, por nuestra propia forma de pensar, la causa debe ser externa al ente en cuestión, de otro modo, sería auto-ocasionado y eso tampoco encaja muy bien con nuestra manera de pensar. Entonces, tendría que haber una capa externa al afuera que hasta ahora hemos manejado, y por fuerza, se ubicaría fuera de este universo y de todos cuantos pudieran existir. El afuera ha crecido de manera inconmensurable, pues no podemos abordarlo ni conocerlo. Para nosotros, todo lo que hay es el universo con sus dos compartimientos: los adentros y el afuera, y de este solo conocemos la parte observable, no el todo.
Toda nuestra realidad está circunscrita a lo que podemos ver y medir. Hay componentes que no podemos ver, como la materia oscura, pero sí la podemos medir: se calcula que representa el 25% aproximadamente de todo lo que hay. No la vemos, pero medimos su impacto gravitacional y con ello la ubicamos. Otras entidades, como la energía oscura son aún más escurridizas, sin embargo, se calcula que representa aproximadamente un 70% de todo lo que hay en el universo. Estas cifras de la materia y energía oscuras nos deja un rinconcito muy pequeño en este universo gigantesco: solo el 5% es materia atómica como la conocemos. Y dentro de ese 5% todavía estamos confinados a un rincón aún más pequeño como materia viva, pues hay que acomodar todas las estrellas planetas, satélites, polvo y gas cósmico, sin olvidar montañas, ríos, mares y desiertos.
Representamos una minúscula porción del universo conocido, pero tenemos la mejor herramienta, hasta donde sabemos, para conocer el entorno y el interior de todo lo que tenemos al alcance, sea de la mano directamente, o a través de un telescopio o de un microscopio. Los órganos de los sentidos captan información, la mandan al cerebro y este la integra e interpreta. Esa estrategia necesariamente establece que todo lo que existe debe tener un inicio. Y la causa inicial no puede ser parte del sistema. Debe haber un afuera externo al afuera que siempre hemos considerado. En ese afuera, al que no tenemos acceso, tendría que encontrarse un creador, al que tampoco tenemos acceso directo, ni conocemos sus intenciones.
Debe ser un ente supranatural, muy poderoso, capaz de haber creado nuestro universo con solo unas cuantas clases de partículas y un puñado de leyes, tales que tras millones de años han venido a generarnos como eres inteligentes y autoconscientes, sin tener que intervenir para corregir ni ajustar el rumbo. Todas las culturas humanas reconocen uno o varios seres supranaturales muy poderosos a los que designan como dios o dioses. Las religiones monoteístas reconocen un solo dios, rector absoluto, pues de otro modo habría inconsistencias, que no vemos. Entre estas religiones, el cristianismo ha dotado al hombre con caracteres semejantes a dios, con lo que, en realidad, adjudican a Dios características humanas, de lo cual no tenemos evidencias.
El cristianismo postula que dios ha querido que el hombre lo conozca y por ello le ha revelado esa verdad, basados en textos notablemente antiguos, escritos décadas después de la muerte de Cristo, creados en idiomas hoy exóticos y sometidos a múltiples traducciones, y ya sabemos lo que se dice de los traductores: traditore. Por eso me atengo más a una teología natural, basada en el poder de inteligencia que el propio dios me habría generado. ¿Qué mejor manera de asegurarse de que lo conociéramos, que darnos ese poder de pensamiento? De este modo no tenemos que apelar a textos tan antiguos y sujetos a exclusiones y traducciones desde idiomas que ya no entendemos bien. La teología natural, basada en el raciocinio humano, basta para entender que debe haber un creador supranatural. Las instituciones religiosas tienen otros cometidos adicionales, como el control social y representan las primeras formas de leyes humanas, destinadas a favorecer la armonía y la cooperación, así como la dignidad de las personas, como noa deja ver León XIV en su primera encíclica. Todos esto no deja de ser muy valioso, pero no son necesarias para entender la necesidad de un creador situado en el afuera del afuera, es decir, afuera del universo que habitamos, de modo que pueda ser su causa incausada.
No podemos ir más allá de entender la necesidad de un creador muy poderoso y todo intento de adscribirle cualidades se basa necesariamente en las nuestras, lo cual, desde mi personal punto de vista, limita a la deidad. Y me refiero solo a la manera de descubrirlo y entenderlo como principio/causa de todo lo que vemos, y más. Las religiones, credos, sectas y organizaciones religiosas abarcan otros fines y otras estructuras, orientadas con miras elevadas, para lo cual establecen ritos y reglas. Aquí nos referimos a obtención de conclusiones extremas sustentadas en nuestra capacidad de pensamiento, que nos deja ver que estamos en la superficie de una especie de globo que se infla, del cual no podemos escapar, pero sí intuir que hay otra capa separada de donde proviene nuestra causa/origen/creador.
El poder de intuir o entender que debe haber un creador externo, supranatural, nos deja en la posición de saber algo por el propio esfuerzo, sin que esto nos haga soberbios. Los esfuerzos de las diferentes comunidades religiosas tienen un lugar muy importante en las diferentes civilizaciones que han existido y existen, y plantean diversas formas de contactar con la deidad, a través de rezos, ofrendas, sacrificios y estilos de vida, acerca de los cuales podemos concluir varios aspectos cruciales, derivados también de nuestro limitado poder de pensamiento, que podrían servir, o no, de consuelo, como sí sirven los ritos establecidos. Veremos.


Esta es opinión personal del columnista