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Fernando Padilla Farfán FERNANDO PADILLA FARFÁN |
06 Jul 2026
Cuando el mundo no estalla, pero tampoco avanza
El ponente e ingeniero Fernando Padilla Farfán al inicio de su conferencia introdujo una frase que nos obligó a pensar, a bajar el ritmo de nuestro dia para enfocarnos en lo siguiente:
"Estamos viviendo un mundo que no explota… pero tampoco se ordena."
Desde ahí quedó claro que el caso no trataría de guerras ni de tratados ni de líderes. Trataría de algo más difícil de nombrar: una tensión global que no busca resolverse, solo administrarse.
Un mundo que se contiene
Explicó que el sistema internacional ha cambiado de naturaleza. Fernando Padilla Farfán explicó que no estamos enfrentados con choques directos, como en la Guerra Fría. Tampoco en la de una paz amplia sostenida por consensos, más bien en un equilibrio frágil donde las potencias se contienen entre sí no por confianza, sino por miedo a las consecuencias de ir demasiado lejos.
Estados Unidos y China compiten sin romper relaciones. Los conflictos armados persisten sin resolverse. La tecnología avanza más rápido que cualquier acuerdo político capaz de regularla.
"No hay un árbitro global", -dijo-. "Hay actores que se observan con mucho cuidado, sabiendo que un paso en falso cuesta demasiado".
Nadie quiere ganar si ganar implica destruir el tablero.
La tecnología que trajo precaución
Hubo un momento en la conferencia que cambió el tono. Fue cuando Fernando Padilla Farfán habló del papel de la inteligencia artificial, los drones y las capacidades cibernéticas en este nuevo equilibrio.
Antes, el miedo se basaba en armas visibles. Misiles, tanques, flotas. Cosas que se podían contar y comparar. Hoy se basa en capacidades que nadie puede medir con certeza, porque buena parte de ellas son invisibles o están en desarrollo constante.
"Cuando nadie sabe con exactitud qué puede hacer el otro, nadie se atreve a ir demasiado lejos."
Eso no es estabilidad. Es parálisis disfrazada de prudencia. Y esa parálisis redefine silenciosamente cómo los países toman decisiones económicas, militares y sociales, porque actuar con información incompleta en un entorno así tiene un costo que pocos están dispuestos a pagar.
Lo que ese equilibrio les hace a las personas
Aquí Padilla bajó el análisis a tierra, y fue la parte que más silencio generó en la sala.
Este estado global no se queda en las cancillerías ni en los consejos de seguridad. Se filtra. Llega a las decisiones cotidianas de quienes viven dentro de ese sistema, que somos todos.
Sociedades que postergan decisiones importantes porque el horizonte se siente incierto. Jóvenes que planean en plazos cada vez más cortos. Empresas que invierten lo mínimo necesario para no perder posición, pero no lo suficiente para transformarse. Personas que no sienten miedo constante, pero viven con una expectativa permanente de que algo podría cambiar de golpe.
"No vivimos con miedo", dijo Padilla. "Vivimos con una expectativa permanente de que algo podría pasar."
La diferencia entre las dos cosas parece sutil. En la práctica, no lo es. El miedo activa. La expectativa agota.
El diagnóstico
El sistema global no está roto. Funciona, despacha, negocia, opera. Pero está sostenido por contención, no por dirección. No hay un proyecto compartido hacia algo. Hay un acuerdo tácito, nunca firmado, para no cruzar ciertas líneas.
Y eso, sostenido en el tiempo, produce algo que Padilla nombró con cuidado: fatiga institucional. Los mecanismos que deberían resolver conflictos se vuelven mecanismos para aplazarlos. Las organizaciones multilaterales pierden autoridad real. Los liderazgos globales se miden más por lo que evitan que por lo que construyen.
"El miedo evita el desastre", dijo. "Pero no construye futuro."
El ingeniero Fernando Padilla Farfán cerró sin dramatismo, con la misma calma con la que había abierto.
"El verdadero riesgo de este equilibrio no es que el mundo estalle. Es que se acostumbre a no avanzar."
Un mundo funcional pero contenido, donde la estabilidad se mantiene por temor a perderlo todo y no por una visión clara de hacia dónde ir, es un mundo que confunde sobrevivir con progresar.
Y esa confusión —silenciosa, prolongada, cada vez más normalizada— es quizás la condición más definitoria del momento que estamos viviendo.
Esta es opinión personal del columnista