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Fernando Padilla Farfán FERNANDO PADILLA FARFÁN |
29 Jun 2026
Fernando Padilla Farfán no abrió con cifras ni con consignas. Abrió con una advertencia que pareció simple hasta que uno se quedó pensando en ella:
"No todo lo que se aplaude funciona." – Mencionó-.
Planteó el problema como lo que es: un error de diagnóstico sostenido durante años.
Las encuestas de aprobación, los eventos masivos, la viralidad de las políticas públicas, los aplausos en los informes de gobierno. Todo eso se ha convertido en el principal instrumento para medir si algo funciona. Y el problema no es que esas métricas sean falsas. Es que miden la cosa equivocada.
"Ese termómetro no mide impacto. Mide emoción."
Las emociones tienen una curva muy particular: suben rápido, generan calor inmediato y se disipan con la misma velocidad con la que llegaron. Lo que queda después no es evaluación. Es nostalgia del aplauso.
Cuando gustar se vuelve el objetivo
Cuando el aplauso se convierte en objetivo, el resultado pasa a segundo plano. La pregunta deja de ser si una política va a funcionar y se convierte en si va a gustar. Ambas parecen similares. Llevan a lugares completamente distintos fue justo por eso Fue cauteloso con el punto que vale la pena mencionar:
“los programas populares no son negativos por definición, ni los eventos masivos son un error en sí mismos. El riesgo aparece cuando dejan de evaluarse con criterios técnicos y se sostienen únicamente por su capacidad de generar simpatía”. En ese momento, el aplauso no acompaña a la evaluación. La reemplaza.
El gasto que no contempla salida
La parte más densa llegó cuando entró en juego el dinero público.
Las decisiones tomadas bajo la lógica del aplauso tienen una característica que rara vez se menciona con claridad: Crean compromisos casi imposibles de revertir. Programas sin salida definida. Esquemas de gasto que no contemplan ajuste. Promesas que generan aprobación hoy e hipotecan el margen fiscal de mañana.
No por mala intención, aclaró Fernando Padilla Farfán. Sino porque fueron diseñadas para gustar, no para sostenerse.
"El problema no es el gasto. Es su rigidez."
Aquí es cuando entendemos que la política pública se construye alrededor de la aprobación, desmontarla se vuelve políticamente inviable, aunque los resultados fallen. El aplauso inicial se transforma en una barrera para corregir errores. Y esa barrera no la levanta ningún adversario. La levanta la propia popularidad del programa.
La pregunta que no tiene respuesta cómoda
El ponente e ingeniero Fernando Padilla Farfán cerró con algo más exigente que una conclusión, una pregunta la cual nos dejó pensando, pensando en porqué permitimos tanto si tenemos la solución justo delante de nosotros.
¿Qué estamos premiando como sociedad? ¿La eficacia o la emoción?
Mientras el éxito se mida con encuestas en lugar de con impacto real, las decisiones seguirán optimizando el presente a costa del futuro. No porque alguien lo planee así, sino porque el sistema de incentivos está calibrado para producir aplauso, no resultados.
El diagnóstico final no fue estridente. Fue quirúrgico.
El aplauso no es falso. Es insuficiente. Sirve para legitimar, no para evaluar. Y cuando se gobierna exclusivamente para mantenerlo, lo que se construye es un sistema que se siente sólido desde adentro y resulta estructuralmente frágil cuando se mira desde fuera.
Un país no se administra con ovaciones.
Se administra con resultados. Aunque esos resultados, a veces, no los aplauda nadie.
Esta es opinión personal del columnista