27 de Junio de 2026 | 11:47
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El corazón del mundo
DAVID VALLEJO
CÓDIGOS DEL PODER

27 Jun 2026

A mí me gusta el futbol, aunque lo que me atrapa durante una Copa del Mundo vive unos metros fuera de la cancha, entre el niño que abraza a su padre después de un gol, la pareja que cruza un océano para ver noventa minutos, el voluntario que sonríe durante doce horas seguidas, el vendedor ambulante que guarda una anécdota para contarle a sus nietos, porque el balón termina por convertirse en un extraordinario pretexto para recordar que la condición humana encuentra caminos inesperados para reconocerse.


México ha recibido al planeta con esa mezcla irrepetible de calidez, desorden, ingenio y hospitalidad que ninguna campaña turística alcanza a explicar, un país capaz de convertir una estación del Metro, una plaza, un mercado, una sobremesa o una avenida llena de aficionados en una celebración colectiva, porque existe una forma muy mexicana de recibir al visitante, abrirle un espacio en la mesa, levantarlo por los aires después de un gol y convertirlo, casi sin darse cuenta, en parte de la familia desde el primer instante.


Entre miles de escenas apareció una que permanecerá durante muchos años, Memo Ochoa abandonó la cancha levantado por sus compañeros, acompañado por el aplauso de un estadio entero, después de defender durante dos décadas la portería nacional en cinco Copas del Mundo, al mismo tiempo que Gilberto Mora, con apenas diecisiete años, comenzaba a escribir la primera página de una historia que apenas empieza, una imagen que parece escrita por un novelista, el tiempo entregándole la estafeta al tiempo, el guardián despidiéndose justo cuando el muchacho abre la puerta del futuro.


Ese instante resume una verdad hermosa, ninguna generación desaparece por completo, cada una deja una antorcha encendida para quienes vienen detrás.


El torneo también pertenece a quienes rompieron cualquier cálculo. Cabo Verde, una nación con menos habitantes que muchos municipios mexicanos, llegó a su primer Mundial, empató con España y Uruguay, avanzó de ronda y encontró en Vozinha, un portero de cuarenta años que atravesaba un periodo sin club, al héroe improbable que termina ocupando las portadas. Noruega volvió a una Copa del Mundo dirigida por Ståle Solbakken, un entrenador que años atrás estuvo clínicamente muerto durante varios minutos y regresó para descubrir que la vida todavía le reservaba una cita con el torneo deportivo observado por mayor cantidad de personas sobre la Tierra. Curazao soportó una goleada que parecía devastadora y pocos días después encontró dignidad en un empate construido desde el orgullo. Haití regresó después de medio siglo. Uzbekistán colocó por primera ocasión a Asia Central en un Mundial. Cada selección llevó consigo una historia que ningún marcador alcanza a explicar.


También apareció el Pato Merlín, convertido espontáneamente en una mascota adoptada por la afición mexicana, un personaje nacido desde el humor popular que terminó demostrando otra virtud profundamente nacional, la capacidad para fabricar símbolos entrañables sin necesidad de encargarlos. Ni ajolotes, ni jaguares. Un pato vestido con la camiseta de la selección terminó conquistando el corazón de millones, porque las expresiones auténticas nacen entre la gente, jamás desde un escritorio.


Y después apareció Messi, desafiando otra vez el calendario, alcanzando la cima histórica de los goleadores mundialistas con treinta y ocho años, ofreciendo una despedida que pertenece al patrimonio sentimental del deporte, acompañado por Cristiano Ronaldo, otra leyenda que también transita las últimas páginas de una carrera irrepetible, dos futbolistas que marcaron una generación completa y que permiten contemplar el privilegio de asistir al cierre de una época que difícilmente volverá a repetirse.


Francia llega a la fase de eliminación directa transmitiendo una autoridad que impresiona, una selección equilibrada, profunda, madura, instalada con argumentos entre las grandes favoritas para levantar la Copa, aunque precisamente esa incertidumbre vuelve maravilloso al Mundial, porque ninguna potencia entra al campo con certezas absolutas y cualquier tarde puede cambiar la historia.


Ahora comienza el torneo donde desaparecen las segundas oportunidades, cada partido contiene la posibilidad del regreso a casa o del viaje hacia la inmortalidad, cada error pesa distinto, cada acierto adquiere otra dimensión, cada abrazo vale una vida deportiva.


Y aparece otra historia que también merece ser contada. México enfrentará a Ecuador, una selección que dejó una impresión formidable al derrotar a Alemania y confirmó que, llegada esta instancia, cualquier rival exige la mejor versión de sí mismo. Del otro lado aparece un equipo mexicano que también encontró identidad, porque Julián Quiñones terminó por sorprender incluso a quienes conocían su capacidad, Erik Lira juega un torneo que parece abrirle definitivamente las puertas del futbol europeo, Johan Vásquez confirma que el liderazgo también puede ejercerse desde la serenidad, el Piojo Alvarado encontró la reivindicación que tantos esperaban, Raúl Jiménez terminó por saldar una deuda que el futbol tenía con él al reencontrarse con el gol en una Copa del Mundo y Javier Aguirre vuelve a demostrar que su mayor virtud jamás ha sido el discurso, sino la lectura del partido, la valentía para mover las piezas en el instante preciso y la inteligencia para convencer a un grupo de que siempre existe una respuesta distinta cuando el encuentro parece cerrarse.


Somos profundamente afortunados de vivir todo esto. Dentro de algunos años alguien volverá a mirar una fotografía del Pato Merlín, recordará el último vuelo de Memo Ochoa, la irrupción de Gilberto Mora, las atajadas imposibles de Vozinha, el renacimiento de Solbakken, los goles de Messi, la despedida de Cristiano, las calles mexicanas cubiertas de camisetas verdes, las plazas llenas de idiomas distintos y las familias abrazándose después de cada partido, entonces comprenderá que ciertas épocas adquieren un lugar privilegiado en la memoria colectiva porque consiguen unir a millones de personas alrededor de una misma emoción.


Ahora llega la etapa donde cada encuentro escribe una historia definitiva. Espero con la ilusión de un niño el martes por la noche, con el deseo profundo de ver a México superar a Ecuador y seguir avanzando, de volver a abrazar a desconocidos, de sentir que durante unos segundos el tiempo se detiene y de volver a gritar, con toda el alma, ¡Gooooooooooooooooool!


Cuando pasen los años, muy pocos recordarán el resultado de cada partido, aunque difícilmente olvidarán lo que sintieron durante estas semanas. México abrió sus puertas, abrió sus brazos y terminó abriendo también su corazón. Por eso, cuando el calendario siga avanzando y esta Copa del Mundo ocupe un lugar en la historia, bastará cerrar los ojos para recordar que, durante un instante extraordinario, el corazón del mundo latió desde México.


¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la fiebre mundialista lo permite. 


Placeres culposos: Por supuesto el mundial y el juego de México contra Ecuador. 


En el cine Toy History 5 y en música lo nuevo de Muse, extraordinario.


Ver el México contra Ecuador con Greis y Alo.


Esta es opinión personal del columnista