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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
20 Jun 2026
La presidenta Claudia Sheinbaum colocó este viernes sobre la mesa un tema que México había tardado en asumir con la seriedad que merece. Al hablar de regular el uso de pantallas, redes sociales e IA entre niñas, niños y adolescentes, abrió un debate que además de tecnológico entra en el territorio de la salud pública, la educación, la convivencia, la imaginación, la alimentación, el sueño, la democracia y la forma en que una sociedad decide proteger a sus generaciones en formación.
La discusión resulta urgente porque las pantallas dejaron de ocupar un lugar accesorio en la vida cotidiana y pasaron a organizar rutinas, afectos, conversaciones, horarios, impulsos de consumo, referencias culturales y formas de reconocimiento social, mientras la IA agrega una dimensión inédita al permitir que una máquina converse, acompañe, recomiende, seduzca, responda con aparente empatía y genere una sensación de vínculo que puede resultar especialmente poderosa durante edades marcadas por fragilidad emocional, búsqueda de identidad y necesidad de pertenencia.
Quienes crecimos antes de esta presencia permanente recordamos otra relación con el tiempo, con el cuerpo y con la imaginación. De niño y de joven disfrutaba salir a la calle a jugar, leer, inventar historias con juguetes, construir mundos enteros desde objetos sencillos y dejar que las tardes avanzaran entre amigos, bicicletas, juegos improvisados y esa forma de aburrimiento que obligaba a buscar dentro de uno mismo una salida creativa, porque la infancia tenía menos estímulos inmediatos, aunque ofrecía un espacio interior amplio donde la imaginación y la convivencia podían desarrollarse sin interrupciones permanentes.
Aquella experiencia formaba algo que hoy cuesta medir con indicadores escolares o diagnósticos clínicos. La calle enseñaba riesgo, negociación, amistad, frustración, límites y confianza. La lectura permitía habitar otros mundos antes de entenderlos. Los juguetes, muñecos y figuras que acompañaban tantas horas de infancia funcionaban como herramientas narrativas, porque cada personaje inventado exigía una trama, un conflicto, una aventura y una continuidad, dentro de un proceso aparentemente simple que entrenaba lenguaje, memoria, creatividad y capacidad simbólica. Era posible imaginar un universo donde He Man, Yoda y Tigro convivían por igual mientras se enfrentaban a Darth Vadder, Destructor y el Joker.
La preocupación actual nace de observar que una parte creciente de niñas, niños y adolescentes está sustituyendo esa vida corporal, imaginativa y comunitaria por entornos diseñados para retener atención durante periodos prolongados. El juego libre pierde terreno ante el desplazamiento interminable de contenidos. La lectura compite con videos brevísimos y estimulantes. La conversación familiar se fragmenta frente a notificaciones constantes. La vida al aire libre se vuelve menos atractiva frente a plataformas que conocen hábitos, anticipan preferencias y organizan estímulos con una precisión que ninguna televisión de nuestra infancia podía siquiera imaginar.
Diversos estudios han comenzado a registrar esa transformación con datos que merecen atención. El Cirujano General de Estados Unidos, que es la máxima autoridad médica de salud pública del gobierno federal y el funcionario responsable de emitir advertencias nacionales sobre riesgos sanitarios de gran escala, publicó una alerta formal sobre redes sociales y salud mental juvenil, dentro de una tradición institucional que en otros momentos abordó asuntos como tabaquismo, VIH, obesidad, adicciones y otras amenazas consideradas prioritarias para la población. Esa oficina advirtió que adolescentes con tres horas diarias o superiores en redes sociales enfrentan el doble de riesgo de síntomas de ansiedad y depresión, mientras casi todos los jóvenes de 13 a 17 años reportan utilizar alguna plataforma y una proporción significativa declara hacerlo de manera casi constante.
La advertencia es importante porque proviene de una autoridad sanitaria acostumbrada a intervenir cuando un fenómeno deja de pertenecer al ámbito privado y se convierte en un asunto de interés público. En ese mismo informe se menciona que 46 % de adolescentes entre 13 y 17 años considera que las redes sociales empeoran la manera en que perciben su imagen corporal, dato especialmente delicado cuando se cruza con problemas de alimentación, autoestima, comparación permanente, exposición a cuerpos editados y presión social durante una etapa donde la identidad física y emocional todavía está en construcción.
La evidencia académica avanza en la misma dirección, aunque con la prudencia necesaria para distinguir asociación de causalidad. Un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics revisó 143 estudios con arriba de un millón de adolescentes y encontró una relación positiva entre uso de redes sociales y síntomas internalizantes, entre ellos ansiedad, depresión, retraimiento y malestar emocional. Esa asociación aparece tanto en muestras clínicas como comunitarias, lo cual indica que el fenómeno atraviesa distintos grupos y exige una mirada de salud pública, educación y regulación, lejos de explicaciones simplistas que carguen toda la responsabilidad en las familias.
Otra investigación de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos analizó el uso de pantallas fuera del ámbito escolar y encontró que cuatro horas diarias o superiores se asocian con menor actividad física, menor entrenamiento de fuerza, peor descanso, rutinas de sueño irregulares, preocupaciones de peso, síntomas de depresión, ansiedad y menor percepción de apoyo social. El punto central consiste en que la pantalla desplaza conductas esenciales para el desarrollo infantil y adolescente, porque cada hora absorbida por plataformas digitales puede restarse al movimiento, al sueño, a la convivencia cara a cara, al juego físico, a la lectura o al tiempo al aire libre.
La alimentación también aparece dentro del mapa de daños posibles. Estudios recientes han vinculado el uso excesivo de redes sociales y pantallas con saltarse el desayuno, consumir menos frutas y verduras, aumentar bebidas azucaradas, recurrir con mayor frecuencia a alimentos ultraprocesados y alterar horarios de sueño, una combinación que afecta metabolismo, estado de ánimo, concentración escolar y relación con el cuerpo. En niñas y adolescentes, la exposición constante a ideales físicos irreales, filtros, edición de imagen y culturas digitales centradas en apariencia puede agravar insatisfacción corporal y conductas alimentarias de riesgo.
La IA introduce una capa todavía profunda porque cambia la naturaleza del vínculo. Las redes sociales tradicionales ya eran capaces de mostrar contenido, medir reacciones y estimular permanencia, mientras los nuevos sistemas conversacionales pueden responder con lenguaje afectivo, simular comprensión, recordar preferencias, construir intimidad aparente y ocupar espacios emocionales que antes pertenecían a amigos, padres, maestros, terapeutas, libros, diarios personales o silencios interiores. Common Sense Media encontró en 2025 que casi tres de cada cuatro adolescentes estadounidenses habían usado compañeros de IA y que la mitad los utilizaba con regularidad, con una proporción relevante de jóvenes que compartió información personal o recurrió a ellos para apoyo emocional, amistad, práctica social o conversaciones sobre temas serios.
Ese salto obliga a pensar la regulación con mayor amplitud. Ya hablamos de plataformas que muestran videos o fotografías, aunque también de sistemas capaces de acompañar emocionalmente a menores sin garantías suficientes sobre privacidad, seguridad, sesgos, límites sexuales, manipulación comercial o dependencia. La vieja discusión sobre contenidos dañinos se amplió hacia una discusión sobre diseños persuasivos, personalización constante, verificación de edad, publicidad dirigida, protección de datos infantiles, chatbots afectivos, deepfakes, identidades falsas y modelos de IA capaces de producir textos, imágenes, voces y relaciones simuladas.
Por eso distintos países comenzaron a moverse con rapidez. Australia dio el paso mayor al aprobar una restricción que impide a menores de 16 años crear o mantener cuentas en redes sociales consideradas de riesgo, con responsabilidad directa para las plataformas y multas que pueden rondar los 50 millones de dólares australianos. La lógica australiana coloca el peso sobre las empresas, al exigir medidas razonables de verificación y bloqueo de cuentas, mientras evita castigar a menores o familias y envía un mensaje político de gran alcance al reconocer que la protección infantil requiere límites jurídicos frente a compañías con capacidad tecnológica y económica superior a la de cualquier hogar.
Reino Unido está semana anunció una ruta semejante bajo la idea de devolver infancia a niñas y niños, con una prohibición para que menores de 16 años accedan a grandes plataformas como TikTok, Instagram, Snapchat, Facebook, X y YouTube, junto con discusiones adicionales sobre restricciones a funciones adictivas, desplazamiento infinito, transmisión en vivo, contacto con desconocidos, horarios de uso y acceso de menores a chatbots románticos o sexuales. La medida todavía enfrenta debates sobre privacidad, verificación de edad, eficacia y riesgo de empujar a adolescentes hacia espacios menos regulados, aunque su relevancia política reside en que una democracia liberal con enorme tradición de libertades civiles decidió reconocer que la autorregulación empresarial resultó insuficiente.
La Unión Europea tomó un camino estructural mediante la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Inteligencia Artificial. La primera obliga a grandes plataformas a proteger a menores, limitar publicidad dirigida basada en datos personales, ofrecer opciones de recomendación sin perfilamiento intenso y evaluar riesgos sistémicos vinculados con salud, derechos, integridad cívica y seguridad. La segunda clasifica los sistemas de IA según riesgo, impone obligaciones reforzadas a usos de alto impacto y regula áreas como educación, empleo, salud, justicia, servicios públicos e infraestructura crítica. Europa busca construir una arquitectura de derechos frente al poder digital, con énfasis en transparencia, responsabilidad, auditoría y protección de grupos vulnerables.
Francia avanzó desde 2023 hacia una edad de consentimiento digital de 15 años, con autorización parental para abrir cuentas en redes sociales, herramientas para limitar tiempo de uso y posibilidad de suspender cuentas de menores. Alemania e Italia ya han trabajado esquemas de consentimiento parental para adolescentes. España, Dinamarca, Grecia y Noruega discuten restricciones, verificaciones de edad o elevación de umbrales para acceso a plataformas. En el norte europeo, la preocupación se combina con políticas educativas, bienestar infantil y debates sobre teléfonos inteligentes en escuelas, porque allá se entiende que la protección de la niñez forma parte de una estrategia de cohesión social y salud pública, mientras el debate tecnológico se enlaza con calidad de vida, aprendizaje y autonomía.
Brasil aprobó el llamado Estatuto Digital de la Niñez y la Adolescencia, una regulación pionera en América Latina que protege a menores dentro de entornos digitales, restringe el acceso de niñas y niños a redes diseñadas para adultos, exige vinculación con tutores para adolescentes en ciertos rangos de edad, prohíbe diseños adictivos como reproducción automática o desplazamiento infinito en cuentas infantiles, contempla descansos obligatorios y refuerza obligaciones de plataformas sobre contenido, verificación y seguridad. La importancia de Brasil radica en que el sur global comienza a dejar de ser receptor pasivo de reglas creadas en Europa, Estados Unidos o China, para construir respuestas propias ante problemas que ya afectan a sus hogares, escuelas y sistemas de salud.
China representa otro modelo. Su enfoque combina protección de menores, control político, supervisión estatal y registro de sistemas digitales. Ha emitido reglas sobre servicios de IA generativa, contenidos sintéticos, recomendación personalizada y protección de menores en línea, con obligaciones para prevenir dependencia o adicción, etiquetar contenido generado por IA, revisar modelos antes de su despliegue público y garantizar que los servicios respeten los valores definidos por el Estado. Esa vía resulta ajena al modelo liberal occidental, aunque confirma un punto esencial. Incluso un país que apuesta con fuerza por liderazgo tecnológico entiende que las plataformas digitales y la IA deben quedar sujetas a límites, supervisión y responsabilidad.
Corea del Sur aprobó una ley marco de IA que combina promoción industrial con obligaciones de transparencia, etiquetado y controles para sistemas de alto impacto. Canadá intentó avanzar mediante una legislación federal de IA dentro del proyecto C 27, aunque su ruta quedó detenida y el país mantiene una discusión abierta sobre privacidad, daños automatizados y regulación de sistemas avanzados. Estados Unidos permanece fragmentado, con ausencia de una ley federal integral, aunque estados como California, Colorado, Texas y otros han comenzado a regular deepfakes electorales, discriminación automatizada, privacidad infantil, daños a consumidores y responsabilidades de plataformas, mientras el Congreso discute iniciativas de seguridad infantil en línea con deberes de cuidado y mayor acceso a datos para investigación independiente.
El mapa internacional permite identificar dos modelos amplios. El primero es democrático regulatorio y parte de la idea de que la infancia, la privacidad, la salud mental, la educación y la deliberación pública requieren reglas frente a plataformas con capacidad de capturar atención y procesar datos a escala masiva. Ese modelo aparece en Europa, Australia, Reino Unido, Brasil, Corea del Sur y una parte del debate estadounidense, con diferencias institucionales, pero con una coincidencia de fondo en torno a responsabilidad empresarial, protección de menores y límites al diseño persuasivo. El segundo es estatal centralizado y entiende la regulación digital como seguridad nacional, estabilidad social, control informativo y supervisión directa de sistemas tecnológicos, con China como referencia principal y con una capacidad regulatoria que opera desde permisos, registros, revisiones y sanciones.
México necesita observar ambos modelos con inteligencia propia. Copiar una prohibición extranjera podría generar efectos indeseados si se aplica sin infraestructura técnica, criterios de privacidad, capacidad de supervisión, diálogo con escuelas, acompañamiento familiar y políticas de salud mental. Mantener una ruta débil entregaría la formación de millones de menores a plataformas cuya lógica comercial depende de permanencia, datos, publicidad, engagement y expansión de servicios de IA. La salida sensata requiere construir una política nacional que combine edad mínima, verificación proporcional y respetuosa de datos personales, prohibición de publicidad dirigida a menores, límites a diseños adictivos, regulación específica para chatbots afectivos, etiquetado de contenidos generados por IA, sanciones frente a deepfakes, educación digital obligatoria, formación docente, investigación pública independiente y reglas claras para el uso escolar de herramientas generativas.
La escuela tiene que ocupar un lugar central en ese diseño. Regular celulares dentro de aulas puede resultar necesario, aunque insuficiente si queda reducido a una medida disciplinaria. El desafío consiste en enseñar concentración, lectura profunda, conversación, pensamiento crítico, escritura propia, verificación de fuentes, uso responsable de IA, creatividad analógica y convivencia fuera de pantallas. Una generación que delega tareas, resúmenes, imágenes, respuestas y vínculos emocionales en sistemas automatizados corre el riesgo de perder capacidades que nunca regresan por decreto. La tecnología debe entrar a la educación como herramienta subordinada a fines humanos, jamás como sustituto de esfuerzo intelectual, relación pedagógica o imaginación personal.
Las familias también requieren apoyo real. Pedir a madres y padres que controlen plataformas diseñadas por corporaciones globales, con equipos de ingeniería, psicología conductual, publicidad y análisis de datos, equivale a colocar una carga desproporcionada sobre hogares que ya enfrentan jornadas laborales extensas, inseguridad, estrés económico y brechas educativas. La regulación sirve precisamente para corregir esa asimetría, porque la libertad de crianza pierde sentido cuando las decisiones familiares compiten contra sistemas construidos para capturar la atención de menores durante cada minuto disponible.
En el fondo, esta discusión habla de quién educa a las próximas generaciones. Durante siglos esa tarea se disputó entre familia, escuela, comunidad, religión, Estado, libros y medios de comunicación. Ahora aparece un actor distinto, capaz de estar presente a toda hora, conocer preferencias íntimas, ofrecer compañía, inducir consumo, moldear deseo, generar respuestas personalizadas y convertir cada emoción en dato. En la Edad Media sería demonio, mientras hoy en día, padres sustitutos cuando debería ser herramienta. Esa es la dimensión del debate abierto por Sheinbaum. México puede tratarlo como una ocurrencia coyuntural o asumirlo como una de las decisiones culturales, sanitarias y educativas de mayor trascendencia para los próximos años.
La infancia mexicana merece recuperar tiempo, cuerpo, calle, lectura, juego, amistad, silencio, imaginación y vínculos humanos que permitan crecer con libertad interior. Regular redes sociales e IA significa defender ese espacio básico de formación, porque una sociedad que abandona a sus menores frente a sistemas diseñados para retenerlos termina pagando el costo en ansiedad, depresión, sedentarismo, sueño alterado, mala alimentación, dependencia emocional, pérdida de concentración y debilitamiento del mundo interior.
La tecnología puede ampliar capacidades humanas cuando permanece al servicio de la vida, la educación y la creatividad, pero también puede ocupar el centro de la infancia cuando la política pública llega tarde, la escuela queda rebasada y las familias enfrentan solas una infraestructura digital que nunca duerme. Por eso la conversación iniciada por la Presidenta merece profundidad, evidencia y decisión. El futuro digital de México empieza por una definición elemental sobre la niñez. Las pantallas deben acompañar el desarrollo humano, jamás reemplazar la experiencia insustituible de crecer.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y las redes sociales lo permiten.
Placeres culposos: hablando del tema lo nuevo de Toy Story y los álbumes de Beth Hart, Joe Bonamassa en vivo y Thorbjorn & The Black Tornado (joyas joyas).
Menos tiempo sin celular y juegos de mesa para Greis y Alo.
Esta es opinión personal del columnista