
![]() |
DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
03 Jun 2026
A principios de los años 2000, al igual que millones de personas, yo creía que internet consistía en páginas web. Buena parte de la conversación tecnológica giraba alrededor de navegadores, portales y motores de búsqueda. Resultaba difícil imaginar que aquella red terminaría transformando el comercio, los medios de comunicación, el entretenimiento, la publicidad, las finanzas y una parte considerable de la vida cotidiana. La tecnología ya estaba ahí; lo complejo era dimensionar el alcance de sus consecuencias.
Esa sensación regresó al leer AI Eats the World, el reciente reporte de Benedict Evans. Considerado una de las voces más influyentes en el análisis tecnológico contemporáneo, Evans ha dedicado décadas a estudiar la manera en que las nuevas tecnologías alteran industrias completas, crean nuevos mercados y modifican las reglas económicas de una época. Su planteamiento sobre la IA resulta particularmente interesante debido a que desplaza la atención desde las empresas que dominan los titulares hacia una transformación mucho más profunda.
Durante décadas internet redujo el costo de acceder a información y distribuirla alrededor del mundo. La IA parece inaugurar una etapa distinta, una etapa en la que comienza a disminuir el costo de trabajar con esa información, interpretarla, organizarla, transformarla y convertirla en conocimiento útil. La diferencia parece sutil cuando se expresa en una frase, aunque adquiere otra dimensión cuando se observan sus implicaciones. Leer cientos de documentos, resumir información compleja, traducir idiomas, identificar patrones en grandes bases de datos, redactar informes técnicos, desarrollar código o analizar enormes volúmenes de información requería tiempo, capacitación y recursos especializados. Los avances recientes están reduciendo parte de esos costos y ampliando el acceso a capacidades que durante mucho tiempo permanecieron reservadas para especialistas.
La historia económica puede leerse como una sucesión de tecnologías que ampliaron capacidades humanas. La máquina de vapor multiplicó la fuerza física disponible. La electricidad transformó el acceso a energía. Internet expandió el acceso a información. La IA parece incorporarse a esa secuencia al ampliar el acceso a determinadas capacidades intelectuales y permitir que individuos, organizaciones y gobiernos dispongan de herramientas que hasta hace poco requerían equipos completos de expertos. Vista desde esa perspectiva, el verdadero cambio ya no gira alrededor de un chatbot, una aplicación o una empresa específica, sino alrededor de la posibilidad de democratizar capacidades que durante décadas permanecieron concentradas en grupos relativamente pequeños.
Las implicaciones alcanzan mucho más que a la industria tecnológica. La conversación pública suele concentrarse en asistentes virtuales, generación de imágenes o chatbots cada vez más sofisticados, aunque el horizonte que describe Evans resulta considerablemente más amplio. Investigación científica, educación, medicina, desarrollo de software, diseño industrial, administración pública y una larga lista de actividades intensivas en conocimiento podrían experimentar transformaciones profundas conforme estas herramientas continúen evolucionando e integrándose en procesos cotidianos.
Por esa razón Evans insiste en mirar más allá de los protagonistas actuales. Buena parte del debate gira alrededor de OpenAI, Nvidia, Google, Meta o Anthropic. Se analizan inversiones multimillonarias, nuevos modelos y valoraciones récord. Sin embargo, internet terminó siendo mucho más importante que Netscape y los teléfonos inteligentes mucho más importantes que BlackBerry. La historia tecnológica suele concentrarse en los nombres que dominan una etapa inicial, aunque las transformaciones de fondo terminan desplegándose mucho más allá de ellos.
El reporte incorpora además una reflexión importante para países como México. Durante años asociamos la economía digital con software, conectividad y talento especializado. La IA está devolviendo protagonismo a factores que parecían pertenecer a otra conversación. Energía, centros de datos, infraestructura digital avanzada, capacidad de procesamiento y cadenas de suministro vinculadas con semiconductores vuelven a ocupar un lugar central dentro de la competencia global. La próxima gran carrera tecnológica tendrá también una dimensión industrial, energética y geopolítica.
La experiencia acumulada durante las últimas décadas muestra que las grandes plataformas tecnológicas terminan expandiéndose, reduciendo costos y llegando a sectores cada vez más amplios de la economía. A medida que ese proceso avanza, el valor deja de concentrarse exclusivamente en quienes construyen la infraestructura y comienza a desplazarse hacia quienes descubren nuevas aplicaciones, desarrollan servicios inéditos o encuentran formas originales de resolver problemas. En ese terreno suele aparecer la siguiente etapa de crecimiento económico y también las oportunidades que terminan redefiniendo mercados completos.
Después de leer a Evans terminé con una sensación muy parecida a la que experimenté frente a internet hace más de dos décadas. La tecnología ya está aquí, las inversiones alcanzan niveles extraordinarios, los gobiernos comienzan a evaluar sus implicaciones estratégicas y las empresas intentan descubrir dónde se encuentra el valor real. Lo difícil sigue siendo imaginar las industrias, profesiones, servicios y oportunidades que surgirán a partir de esta nueva capacidad.
Dentro de algunos años, la discusión actual sobre modelos, chatbots y empresas dominantes podría parecer tan limitada como aquellas conversaciones de principios de los años 2000 sobre navegadores y portales. Internet terminó transformando mucho más que la forma en que consultábamos información. La IA parece encaminada hacia algo similar, ampliando el acceso al conocimiento especializado y extendiendo capacidades intelectuales a una escala inédita. Esa es, en el fondo, la tesis de Evans y probablemente la razón por la cual la conversación sobre IA apenas está comenzando.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA lo permite.
Placeres culposos: Empieza la final de la NBA. Ojalá ganaran los Knick, pero creo que Wemby llegó para quedarse y ser el nuevo protagonista de la liga.
Raspas Jardin con lechera para Greis y Alo.
Esta es opinión personal del columnista