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OMAR ZÚÑIGA DE PRIMERA MANO |
25 May 2026
Lo que circuló como un rumor en los pasillos del blanquiazul adquiriró el rango de confirmación: Jorge Romero, el flamante "líder" nacional del Partido Acción Nacional se ha decantado por Ana Ledezma para dirigir el Comité Directivo Estatal en Veracruz en sustitución de Federico Salomón.
Una decisión que, vista con la perspectiva que otorgan los hechos, al final y muy lamentablemente terminó por no sorprender a nadie.
La trayectoria de Ledezma es, en sí misma, un manual de supervivencia política que bien podría titularse “Cómo navegar sin brújula pero con buenos vientos ajenos”.
Fue Julen Rementería quien le abrió las puertas, le procuró una curul legislativa y le facilitó presencia en el gobierno del traidor Miguel Ángel Yunes —ese mismo gobierno que hoy no mencionan en voz alta— que anda con la cola entre las patas y en la mira Washington.
Sin embargo, cuando las posibilidades de una nueva diputación se cerraron, Ledezma demostró una flexibilidad ideológica admirable: giró hacia Enrique Cambranis con la misma naturalidad con que otros cambian de canal.
La lealtad tiene fecha de caducidad en estos círculos.
Detrás de la designada, no obstante, asoma la figura de Marco Antonio Núñez, el famoso choriqueso.
No es un detalle menor pues será choriqueso el verdadero poder tras el trono, mientras Ledezma funge como la fachada institucional del proyecto.
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En este particular teatro de sombras, ella proyecta la imagen; él mueve los hilos. La dirección efectiva del partido, en suma, recaerá en quien no aparece en el cartel oficial.
El acceso de Ledezma a la representación del PAN ante el OPLE fue determinante para consolidar su posición.
La administración de recursos significativos en ese espacio le habría permitido articular una red de lealtades compradas —o "conquistadas", si se prefiere el eufemismo— con la que construyó el equipo que respalda su llegada a la presidencia del comité estatal. La apertura prometida por el partido resulta, a la luz de este proceso, un ejercicio de simulación digno de mejor causa.
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Para documentar el optimismo, el triste cuadro lo completa la designación de Joaquín Guzmán Avilés el Chapito como secretario general (él o alguien de su equipo).
Su inclusión resulta llamativa si se considera que su corriente obtuvo apenas el uno por ciento de representación en el Comité Político Estatal —literalmente, uno de los cien representantes—.
Con ese respaldo estadísticamente anecdótico, el Chapito logró, no obstante, una secretaría general. El mérito de tal hazaña negociadora queda a la imaginación del lector, aunque las matemáticas políticas rara vez coincidan con las aritméticas convencionales.
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El resultado de este proceso de "renovación" opaca el esfuerzo real que Enrique Cambranis ha invertido en intentar darle al blanquiazul una nueva cara.
Su trabajo queda ensombrecido por acuerdos que reproducen exactamente los vicios que la militancia dice querer superar.
El partido que presumió su relanzamiento hace menos de un año, termina una vez más, en manos de los mismos grupos que han alternado el poder interno durante años, con la única novedad de que han cambiado de alianzas entre sí.
Con el proceso electoral de 2027 a la vuelta de la esquina, el blanquiazul llega a la cita con una dirigencia que ya antes de su primer día carga el lastre de los pactos que la hicieron posible.
Con la llegada del Chapito, se abre al puerta al grupo de Pepe Mancha que tanto daño le ha hecho al blanquiazul y si la historia reciente del partido en Veracruz sirve de guía, la siguiente traición interna no tardará en anunciarse.
Lo que no está tan claro es si habrá suficiente partido que traicionar cuando llegue; el encabronamiento al interior entre los panistas químicamente puros, es mayúsculo.
¡Qué barbaridad!
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Esta es opinión personal del columnista