
![]() |
DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
11 May 2026
Siempre he sentido una atracción difícil de explicar hacia el cielo nocturno, una mezcla de vértigo, curiosidad y silencio que aparece cada vez que levanto la vista e imagino lo que puede existir detrás de aquella inmensidad imposible de medir, porque mientras muchos observan estrellas, mi imaginación ve historias enteras viajando entre ellas, civilizaciones lejanas intentando sobrevivir, señales atravesando millones de años luz, viajeros perdidos entre galaxias antiguas y mundos donde alguien, en algún punto remoto del universo, también intenta comprender si existe compañía en medio del vacío.
Gran parte de esa fascinación nació en el cine y en la literatura. ET apareció desde muy pequeño llevando consigo una tristeza profundamente humana, la historia de un ser extraviado entre desconocidos que parecía comprender la fragilidad emocional de nuestra especie mejor que muchos humanos. Después llegaron relatos distintos, construidos desde la ciencia y la emoción, como recientemente, Rocky en Project Hail Mary, una criatura ajena a la Tierra cuya inteligencia y sensibilidad terminan construyendo una amistad extraordinaria con un hombre perdido en la oscuridad espacial. Antes apareció The Arrival, una obra que presentó con enorme profundidad que el contacto extraterrestre no giraría alrededor de explosiones o invasiones espectaculares, sino alrededor del lenguaje, de la percepción del tiempo y de la incapacidad humana para procesar aquello que rebasa completamente nuestra experiencia.
Durante décadas el tema ovni ha permanecido atrapado entre la cultura popular, las teorías extravagantes y la burla automática. Fotografías borrosas, programas nocturnos, testimonios desacreditados, relatos convertidos en caricatura y un conjunto interminable de historias incapaces de cruzar la frontera hacia la conversación seria. Entonces ocurrió aquello que motiva esta columna. El gobierno de Estados Unidos comenzó a abrir parte de sus archivos históricos relacionados con fenómenos aéreos inexplicados y, de pronto, aquello que durante años parecía destinado a los márgenes apareció en el centro de la conversación pública mundial.
Los documentos liberados contienen videos infrarrojos grabados por pilotos militares, registros de radar, testimonios de aviadores entrenados, fotografías, reportes históricos y expedientes acumulados durante décadas por distintas agencias de inteligencia y defensa. La noticia recorrió el planeta y muchos imaginaron hangares secretos escondiendo cuerpos extraterrestres. Otros esperaban la revelación definitiva que transformaría para siempre la historia humana. La realidad contenida en los expedientes resulta distinta y, precisamente por ello, interesante.
Lo que aparece en los archivos es el reconocimiento oficial de fenómenos reales detectados por sistemas militares avanzados, eventos donde pilotos observaron objetos difíciles de identificar, incidentes donde sensores captaron movimientos extraños y casos abiertos debido a la ausencia de información suficiente para alcanzar una conclusión definitiva. Ninguno de los documentos confirma civilizaciones extraterrestres, ninguna fotografía demuestra la existencia de visitantes provenientes de otros mundos y ningún expediente resuelve el misterio universal que la humanidad arrastra desde hace siglos. Lo trascendente habita en otro sitio. La potencia militar dominante del planeta aceptó públicamente que existen fenómenos en el cielo cuya explicación continúa incompleta y esa frase, por sí misma, representa un acontecimiento histórico.
Durante años el debate parecía condenado a dos extremos igualmente pobres. La negación automática de unos o las fantasías absolutas del Discovery Channel y Maussan. La desclasificación destruyó ambas rutas y abrió una zona muchísimo fascinante donde ciencia, tecnología, inteligencia militar, percepción humana y filosofía comienzan a mezclarse de una manera inédita.
Algunos casos terminarán relacionados con drones, otros con errores instrumentales, otros con proyectos reservados y varios permanecerán abiertos durante muchísimo tiempo, aunque el impacto del tema jamás reside en los expedientes mismos, sino en aquello que despiertan dentro de nosotros.
Basta detenerse un instante para comprender la magnitud del universo. Nuestra galaxia contiene cientos de miles de millones de estrellas y el universo observable alberga cientos de miles de millones de galaxias. Entre esa inmensidad existen planetas inimaginables orbitando soles antiguos, océanos congelados flotando en lunas remotas, tormentas eternas sobre gigantes gaseosos y sistemas solares nacidos antes que la Tierra. Resulta difícil aceptar que la conciencia apareció una única vez dentro de semejante inmensidad.
Quizás en algún rincón lejano exista inteligencia desarrollando música, arte, ciencia o formas de amor imposibles de comprender para nosotros. Quizás hubo civilizaciones enteras desaparecidas muchísimo antes del nacimiento humano. Quizás la vida consciente atraviesa el universo intentando responder exactamente la misma inquietud que nosotros sentimos desde hace miles de años mientras observamos el cielo nocturno.
Sin embargo, si la humanidad terminara siendo la única conciencia viva dentro del cosmos observable, la conclusión seguiría resultando conmovedora, porque eso convertiría cada vida humana en un acontecimiento extraordinario. Cada abrazo, cada canción, cada conversación nocturna, cada libro escrito contra el paso del tiempo y cada acto de ternura en medio de la brutalidad cotidiana adquirirían una dimensión gigantesca.
A veces pienso que el gran descubrimiento jamás consistirá en encontrar una nave descendiendo sobre una ciudad. El verdadero descubrimiento llegará el día en que la humanidad comprenda su lugar dentro del universo y entienda que habita una roca diminuta suspendida en una oscuridad infinita que, aun así, consiguió producir poesía, telescopios, sinfonías y esperanza. Porque entre todas las posibilidades que existen en el cosmos, hay una que continúa pareciendo milagrosa. La tuya y la mía con la conciencia capaz de observar el universo y sentir asombro frente a él.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y los extraterrestres lo permiten.
Placeres culposos: Lo nuevo de Fernando Aramburu y Luis Landero. Siguen los playoffs de la NBA y el futbol mexicano. Si te gustan los temas del espacio te recomiendo mi libro cuentos desde el fin del tiempo de venta en librería Gandhi.
Un peluche de marciano de Ciudad Madero para Greis y Alo.
Esta es opinión personal del columnista