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MIGUEL ÁNGEL CRISTIANI BITÁCORA POLÍTICA |
09 Mar 2026
En política hay momentos que revelan más de lo que aparentan. Las sesiones del Consejo Político Nacional de Morena son uno de esos episodios donde la liturgia partidista —discursos, acuerdos, aplausos y resoluciones— suele esconder la verdadera pregunta de fondo: ¿el partido gobernante sigue siendo un movimiento plural o se está convirtiendo, poco a poco, en una maquinaria disciplinada de poder?
Los acuerdos emanados del más reciente Consejo Político Nacional no son menores. Morena gobierna la Presidencia de la República, controla la mayoría en el Congreso y dirige un número creciente de gobiernos estatales y municipales. Por ello, cualquier decisión interna del partido tiene inevitablemente efectos en la vida pública del país. Lo que allí se resuelve no se queda en la esfera partidista; termina reflejándose en la conducción del Estado.
Entre los puntos más destacados del Consejo aparece la reafirmación de la llamada “unidad del movimiento”. Una frase aparentemente inocua, pero profundamente política. En términos prácticos, esa unidad significa cerrar filas en torno al proyecto gubernamental encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum y consolidar una estructura partidista que funcione como respaldo político permanente de su administración.
Nada extraño en un partido que gobierna. Todos lo hacen. El problema comienza cuando la unidad deja de ser un acuerdo político y se convierte en una exigencia disciplinaria. La historia de los partidos dominantes en México —desde el antiguo Partido Revolucionario Institucional hasta las alianzas coyunturales de la transición— demuestra que la disciplina excesiva suele terminar asfixiando la deliberación interna.
Otro de los acuerdos relevantes es el fortalecimiento organizativo del partido rumbo a los próximos procesos electorales. Morena busca consolidar comités territoriales, ampliar su padrón de militantes y reforzar su presencia en entidades donde aún enfrenta competencia real. En lenguaje político simple: el partido se prepara para seguir ganando elecciones.
Esto, desde luego, forma parte del juego democrático. Pero también plantea un desafío ético y político: cuando un partido controla simultáneamente el gobierno federal, buena parte de los congresos locales y una vasta estructura territorial, la frontera entre Estado y partido se vuelve peligrosamente difusa.
El Consejo también abordó —aunque con prudente discreción— la necesidad de fortalecer los mecanismos internos de selección de candidaturas. No es un asunto menor. Morena ha enfrentado en los últimos años tensiones internas derivadas de procesos poco transparentes o de encuestas cuya metodología no siempre resulta clara para la militancia.
En teoría, el partido nació con la promesa de democratizar la política mexicana y romper con las prácticas cupulares de los viejos partidos. En la práctica, la tentación del poder suele llevar a reproducir las mismas dinámicas que antes se criticaban. Las decisiones tomadas en el Consejo Político apuntan a ordenar ese proceso, pero la pregunta sigue abierta: ¿habrá verdadera participación interna o simplemente se administrará el reparto político?
Otro acuerdo que merece atención es el llamado a fortalecer la formación política e ideológica de la militancia. Morena se define como un movimiento transformador, heredero de luchas sociales y promotor de un cambio de régimen. Pero gobernar exige más que consignas. Requiere cuadros preparados, instituciones sólidas y una ética pública coherente.
El riesgo de cualquier partido dominante es que la ideología termine sustituyéndose por la simple administración del poder. Cuando eso ocurre, los principios se convierten en retórica y las decisiones se toman con criterios pragmáticos, no necesariamente democráticos.
En este contexto, el Consejo Político Nacional se convierte en un espejo de la etapa que vive Morena. Ya no es el movimiento insurgente que desafiaba al sistema político. Hoy es el sistema político. Y esa transformación exige una madurez institucional que todavía está en proceso de consolidación.
México necesita partidos fuertes, pero también democráticos. Necesita mayorías, pero también contrapesos. Y necesita gobiernos respaldados por estructuras políticas, pero no subordinados a ellas.
El verdadero reto para Morena no es ganar elecciones —eso ya lo ha demostrado— sino demostrar que puede ejercer el poder sin repetir los vicios históricos del presidencialismo mexicano.
Porque en política, el problema nunca ha sido llegar al poder, sino lo que los partidos hacen cuando descubren que el poder ya es suyo.
Esta es opinión personal del columnista