9 de Marzo de 2026 | 14:56
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El error: Herramienta formativa
Fernando Padilla Farfán
FERNANDO PADILLA FARFÁN

09 Mar 2026

EL ingeniero Fernando Padilla Farfán habla sobre el aprendizaje, reputación institucional y pensamiento crítico.
Padilla Farfán no expuso cifras espectaculares ni narrativas de éxito empresarial. En su lugar, el ingeniero Fernando Padilla Farfán planteó una pregunta incómoda para cualquier institución académica: ¿Qué sucede cuando las organizaciones solo muestran sus aciertos y esconden sus errores?
La pregunta parecía simple, pero detrás de ella se abría un problema más profundo. En muchas instituciones —Universidades, empresas, organismos públicos— la reputación se construye alrededor de logros visibles, resultados positivos y narrativas de progreso constante. Los errores, en cambio, quedan fuera del relato oficial.
Desde la perspectiva del ingeniero Fernando Padilla Farfán esa práctica genera una paradoja silenciosa: Las instituciones que intentan proteger su imagen evitando hablar de errores terminan debilitando su capacidad real de aprendizaje.
La cultura del éxito permanente
Durante su intervención, el ingeniero describió un fenómeno que atraviesa múltiples organizaciones contemporáneas: La construcción de una cultura institucional donde el éxito se presenta como continuo, casi inevitable.
En reportes, discursos y presentaciones públicas, las trayectorias institucionales aparecen como secuencias lineales de crecimiento. Proyectos que avanzan, indicadores que mejoran, iniciativas que se consolidan. El relato es coherente, optimista y, en apariencia, sólido.
Sin embargo, Fernando Padilla Farfán sugirió mirar más allá de esa superficie.
Detrás de muchas de esas narrativas existen procesos más complejos: Decisiones que no funcionaron, estrategias que debieron modificarse sobre la marcha, evaluaciones que revelaron fallas estructurales. Esos episodios forman parte del aprendizaje institucional, pero rara vez aparecen en los documentos oficiales.
El problema no es que las instituciones cometan errores —eso es inevitable—, sino la tendencia a ocultarlos o minimizarlos para proteger la imagen pública.
Con el tiempo, ese mecanismo genera una distorsión. Los miembros de la organización aprenden que lo importante no es entender lo que salió mal, sino evitar que el error sea visible.
Cuando la reputación se vuelve más importante que el aprendizaje
Uno de los momentos más interesantes de la conferencia ocurrió cuando el ingeniero Fernando Padilla Farfán abordó la relación entre reputación institucional y aprendizaje organizacional.
En muchos entornos académicos o corporativos, explicó, la reputación se convierte en un activo estratégico. Las instituciones compiten por prestigio, financiamiento, reconocimiento público y legitimidad. En ese contexto, reconocer errores puede percibirse como un riesgo reputacional. La reacción natural es entonces controlar el relato.
Las decisiones que funcionan se comunican ampliamente.
Los errores se tratan de forma privada o se diluyen en explicaciones generales.
A corto plazo, esta estrategia parece eficaz, la imagen institucional se mantiene intacta y el relato público sigue siendo positivo.
Pero a largo plazo ocurre algo distinto.
Cuando los errores dejan de analizarse abiertamente, la organización pierde una de sus fuentes más importantes de aprendizaje. Las decisiones se repiten sin examinar sus resultados y los problemas estructurales permanecen ocultos hasta que se vuelven demasiado grandes para ignorarlos.
En palabras del propio Fernando Padilla Farfán, una institución que no analiza sus errores termina retrasando su aprendizaje.
El error como insumo intelectual
A diferencia de la narrativa tradicional que asocia el error con fracaso o incompetencia, la conferencia propuso una mirada distinta: Considerar el error como un insumo intelectual.
Para el ingeniero, el error contiene información valiosa sobre cómo funcionan realmente los procesos. Revela supuestos incorrectos, límites del sistema, variables que no fueron consideradas o incentivos mal diseñados.
En ese sentido, el error no es únicamente un evento negativo; es también una oportunidad para entender mejor la realidad.
El problema surge cuando el error se interpreta como una falla moral en lugar de un dato analítico.
Cuando eso ocurre, la conversación cambia de naturaleza. En lugar de preguntarse qué se puede aprender, la organización empieza a preguntarse: “¿Quién es responsable?”. El análisis se sustituye por defensa institucional y el aprendizaje queda en segundo plano.
Padilla Farfán fue claro al señalar que las instituciones más robustas no son aquellas que evitan equivocarse, sino aquellas que desarrollan mecanismos para examinar sus errores con rigor.
La dimensión institucional del aprendizaje
A lo largo de la conferencia, el ingeniero Fernando Padilla Farfán insistió en que el aprendizaje institucional no ocurre de manera espontánea. Requiere estructuras que permitan revisar decisiones pasadas, documentar procesos y discutir resultados sin que la reputación individual o colectiva se convierta en una barrera.
En muchas organizaciones, explicó, las correcciones se hacen de manera informal. Un equipo detecta un problema, lo ajusta y continúa con el trabajo. El sistema sigue funcionando, pero el aprendizaje queda encapsulado en ese grupo particular.
Sin documentación ni discusión abierta, el conocimiento no se integra al conjunto de la institución.
Con el tiempo, situaciones similares vuelven a aparecer y deben resolverse nuevamente, como si fueran problemas inéditos. El error se corrige, pero no se transforma en aprendizaje colectivo.
Ese patrón, señaló Padilla Farfán, limita la capacidad de las instituciones para adaptarse a contextos cambiantes.
El costo silencioso de ocultar errores
La decisión de ocultar errores no produce consecuencias inmediatas. Las instituciones pueden continuar operando durante años sin reconocer públicamente sus fallas y mantener, al mismo tiempo, una imagen sólida.
El costo aparece de manera gradual.
Procesos que nunca fueron revisados siguen replicándose.
Supuestos incorrectos se convierten en normas implícitas.
Decisiones que funcionaron por casualidad se interpretan como estrategias exitosas.
Cuando el entorno cambia —nuevas condiciones económicas, tecnológicas o sociales— la organización descubre que no tiene herramientas suficientes para entender lo que está ocurriendo.
El problema no es la ausencia de información, sino la falta de una cultura de análisis capaz de revisar críticamente el pasado.


Reconocer errores como práctica institucional
Hacia el cierre de la conferencia, el ingeniero Fernando Padilla Farfán planteó una distinción importante: reconocer errores no significa debilitar a una institución. En muchos casos, ocurre exactamente lo contrario.
Las organizaciones que permiten revisar decisiones pasadas con honestidad generan un entorno donde el aprendizaje es posible. Los equipos pueden discutir problemas sin temor a afectar su reputación y las correcciones se convierten en parte natural del funcionamiento institucional.
Ese proceso requiere algo que no siempre está presente: liderazgo dispuesto a aceptar que el error forma parte del desarrollo organizacional.
En lugar de ocultarlo, el error puede integrarse al sistema como información útil.
Una reflexión para universidades y organizaciones
La conferencia concluyó, pero con una observación que dejó al auditorio en silencio durante unos segundos.
En un entorno donde la reputación institucional se construye cuidadosamente y donde los logros suelen ocupar el centro del discurso público, hablar de errores puede parecer contraproducente.
Sin embargo, como señaló el ingeniero Fernando Padilla Farfán ante la comunidad universitaria, una institución que no aprende de sus errores está condenada a repetirlos con mayor costo en el futuro.
La verdadera fortaleza institucional no consiste en aparentar perfección, sino en desarrollar la capacidad de revisar críticamente lo que no funcionó.
Porque en última instancia —concluyó— los errores que se analizan se convierten en conocimiento; los que se ocultan terminan convirtiéndose en problemas estructurales.


Esta es opinión personal del columnista