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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
08 Mar 2026
El 8 de marzo es un día para recordar, para incomodarnos un poco y para reflexionar en una historia demasiado larga de exclusiones, silencios, violencias y conquistas. Se conmemora en esa fecha porque el origen simbólico del día quedó ligado a las movilizaciones de mujeres durante la Revolución rusa de 1917. Décadas después, la ONU comenzó a observarlo en 1975 y, en 1977, la Asamblea General invitó a los Estados a proclamar una jornada dedicada a los derechos de las mujeres y a la paz internacional. Nació como memoria política y para interpelar a la conciencia.
Conviene decirlo con claridad. La historia de la mujer no es una nota al pie de la historia humana. Es la historia humana misma, narrada durante siglos de forma incompleta. Detrás de cada avance civilizatorio hubo mujeres sosteniendo familias, comunidades, economías, conocimientos, cosechas, cuidados y resistencias. Y, sin embargo, buena parte del orden jurídico, político y cultural del mundo fue construido durante demasiado tiempo como si ellas debieran pedir permiso para existir plenamente.
Por eso el 8 de marzo remite a una lucha. Una lucha que en el siglo XX tomó hitos decisivos. En 1975, la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer se celebró en la Ciudad de México. Luego vendrían Copenhague en 1980, Nairobi en 1985 y Beijing en 1995, quizá el gran parteaguas contemporáneo de la agenda global de igualdad. Entre esos jalones, en 1979, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, conocida como CEDAW, el instrumento jurídico internacional más importante en materia de derechos de las mujeres. Esa secuencia de fechas representa la huella jurídica y política de una exigencia elemental. Que la mitad de la humanidad deje de vivir en condición de desventaja estructural.
En México, la ruta también fue larga. En 1947 se reconoció a las mujeres el derecho a votar y ser votadas en elecciones municipales. El 17 de octubre de 1953 se reconoció plenamente su ciudadanía política a nivel nacional. En 1955 votaron por primera vez en una elección federal. En 1974, la reforma al artículo 4 constitucional estableció que la mujer y el hombre son iguales ante la ley. En 2019 llegó la reforma de paridad en todo, que llevó el principio de igualdad a la integración de los poderes públicos y niveles de gobierno. Y en 2024 México eligió por primera vez a una mujer como presidenta de la República. Visto en perspectiva, el cambio es enorme. Pero visto con honestidad, también es reciente, demasiado reciente.
A veces los países creen que han llegado demasiado pronto a la igualdad solo porque han alcanzado símbolos poderosos. Pero los símbolos, siendo esenciales, no cancelan las brechas. El mundo sigue teniendo una deuda inmensa con las mujeres. En el planeta, apenas una de cada dos mujeres en edad de trabajar participa en el mercado laboral, es decir, tiene un empleo o está buscándolo. Entre los hombres, en cambio, lo hacen cerca de ocho de cada diez.
México ofrece, al mismo tiempo, razones para la esperanza y motivos para la exigencia. Las mujeres representan 51.7 por ciento de la población del país, cerca de 67 millones de personas. En 2023 representaron 43.6 por ciento del personal ocupado en las unidades económicas. Entre 2015 y 2025 aumentó de 27.2 a 38.3 por ciento la proporción de mujeres de 15 años y más con estudios de nivel medio superior y superior. Son cifras que hablan de avance, preparación, presencia y capacidad. Hablan de talento disponible, de una reserva inmensa de inteligencia y trabajo que ninguna nación sensata debería desperdiciar por justicia y desarrollo.
Pero junto a esas cifras aparecen otras que nos obligan a bajar la voz y subir la seriedad. En México, el trabajo doméstico y de cuidados que se realiza en los hogares, cocinar, limpiar, cuidar a los hijos, acompañar a los enfermos o a los adultos mayores, no se paga, pero sí tiene un enorme valor económico. Si ese trabajo tuviera que pagarse como un servicio, su valor equivaldría a 28.3 por ciento del producto interno bruto del país. Y de ese esfuerzo invisible, más de 70 por ciento es realizado por mujeres. Dicho de otra forma, una parte esencial de la vida económica del país sigue descansando sobre el tiempo invisible de las mujeres.
La herida más dura, sin embargo, sigue siendo la violencia. En México, 70.1 por ciento de las mujeres de 15 años y más ha experimentado al menos una situación de violencia a lo largo de su vida. No hay discurso moderno que resista esa cifra. Ni democracia plenamente digna mientras millones de mujeres sigan caminando con miedo, corrigiendo rutas, bajando la voz, avisando que ya llegaron, aprendiendo desde niñas una pedagogía del cuidado que en realidad es una pedagogía del peligro.
Por eso hablar de la mujer no debería reducirse ni a la exaltación vacía ni al sentimentalismo automático. Hablar de la mujer exige una mezcla infrecuente de justicia y asombro. Justicia para reconocer lo que se les negó y asombro para reconocer todo lo que, aun así, han sido capaces de construir. Porque si algo muestra la historia es que las mujeres además de haber luchado por entrar a los espacios de poder, han ensanchado el significado mismo del poder. Lo han obligado a dialogar con la inteligencia emocional, con la perseverancia, con la ética del cuidado y con una forma distinta de comprender la firmeza.
Y sí, a mí me alegra ver que hoy las mujeres gobiernen. Me alegra como ciudadano, porque ninguna sociedad madura puede seguir administrándose con la mitad de su talento fuera de la mesa. Me alegra como mexicano, porque la historia democrática de un país también se mide por a quiénes dejó entrar tarde. Y me alegra, sobre todo, como padre.
Tengo una hija. Y cuando la miro pienso que pertenece a una generación que debe crecer sin pedir perdón por su ambición, sin rebajar su voz para parecer aceptable y sin aprender que sus sueños necesitan permiso ajeno. Quiero que crezca sabiendo que sí se puede. Que puede pensar, decidir, crear, dirigir, disentir, mandar, investigar, escribir, descubrir, emprender, cuidar y transformar sin que nadie le diga que hay un tamaño correcto para su libertad.
Pienso en el esfuerzo de mi madre, en la capacidad de mi esposa, en la esperanza de mi hija. En la lucha de tantas, que han logrado que hoy presidenta también se escriba con A.
Quizá ahí está el sentido más profundo del 8 de marzo. No en repetir consignas sin alma, sino en asumir una responsabilidad. Que ninguna niña vuelva a heredar como destino aquello que otras mujeres tuvieron que padecer como injusticia. Que la memoria de su lucha no se vuelva ceremonia, sino conciencia. Y que el futuro, por fin, se parezca a la dignidad que ellas llevan demasiado tiempo mereciendo.
En fin, reconozcamos y luchemos por las mismas causas, juntos…ya basta de traiciones y de satanizar el enojo y propuesta con causa.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la justicia lo permiten.
Placeres culposos: Empieza la Fórmula 1 y avanza el mundial de béisbol.
Mi lucha para Greis y Alo.
Esta es opinión personal del columnista