2 de Marzo de 2026 | 16:45
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El poder y el reemplazo de la gestión
Fernando Padilla Farfán
FERNANDO PADILLA FARFÁN

02 Mar 2026

En los últimos años, Fernando Padilla Farfán ha señalado que distintos entornos empresariales están mostrando un fenómeno que antes parecía exclusivo del ámbito político: la transformación del liderazgo administrativo en un liderazgo político interno, donde el poder deja de organizarse alrededor de procesos y comienza a articularse mediante narrativas, lealtades y control simbólico.
Durante una serie de intervenciones públicas y análisis profesionales, el ingeniero Fernando Padilla Farfán abordó este fenómeno no como una anécdota de gestión, sino como un patrón organizacional repetible.
El caso no inicia con una crisis financiera ni con una falla operativa. Inicia con algo más sutil: el cambio en el lenguaje del poder dentro de la empresa.
Cuando disentir dejó de ser técnico
Según el análisis presentado por Padilla Farfán, el primer indicio aparece cuando el líder deja de hablar de procesos y comienza a hablar de relatos.
Las juntas directivas ya no giran en torno a métricas, estructuras o decisiones técnicas, sino a conceptos como:
“Defender el proyecto”
“Los que están comprometidos”
“Los que no creen”
El lenguaje administrativo se diluye y emerge un discurso épico.
La empresa empieza a operar como si estuviera en campaña permanente.
En este punto —señaló— el liderazgo deja de coordinar y empieza a convocar lealtades.
Cuando disentir se vuelve peligroso
Todo sistema político que se sostiene por narrativa necesita un antagonista.
En el entorno empresarial analizado, este antagonista no es externo: surge dentro.
Padilla Farfán describió cómo, en estas organizaciones:
El desacuerdo se interpreta como traición,
La crítica técnica se percibe como deslealtad,
La neutralidad se vuelve sospechosa.
La empresa deja de ser un espacio de trabajo y se convierte en un territorio ideológico.
El diagnóstico fue claro:
Cuando una organización necesita enemigos internos para funcionar, el problema ya no es de liderazgo, sino de poder.
Cuando la evaluación se reemplaza por lealtad
El caso se agrava cuando los mecanismos formales de evaluación pierden peso frente a recompensas simbólicas:
Cercanía al líder,
Visibilidad discursiva,
Alineación narrativa.
El desempeño medible cede su lugar al comportamiento político.
Quien cuestiona procesos queda aislado.
Quien repite el discurso asciende.
Padilla Farfán trazó aquí un paralelismo directo con estructuras gubernamentales mal institucionalizadas:
“Cuando el poder no se regula por reglas, se regula por lealtades”.
Erosión institucional
El fenómeno fue nombrado sin rodeos: Populismo organizacional.
No se trata de carisma, aclaró, sino de su uso sin contrapesos.
El liderazgo carismático, cuando no está sostenido por instituciones internas sólidas, termina erosionando la propia organización que dice defender.
En este modelo:
el líder gobierna, pero no administra,
inspira, pero no estructura,
moviliza, pero no sostiene.
De la cohesión al desgaste
Las consecuencias no aparecen de inmediato.
Al inicio, el modelo parece exitoso: cohesión, entusiasmo, sentido de pertenencia.
Con el tiempo, surgen los efectos secundarios:
Pérdida de talento crítico,
Decisiones erráticas protegidas por discurso,
Miedo a reportar fallas reales.
La empresa sigue operando, pero deja de aprender.
Lección estructural
El análisis del ingeniero Fernando Padilla Farfán concluye con una advertencia precisa:
una empresa no colapsa cuando pierde liderazgo, sino cuando confunde liderazgo con gobierno.
Administrar implica método, límites y rendición de cuentas.
Gobernar implica relato, control simbólico y poder concentrado.
Cuando una empresa cruza esa frontera, deja de ser una organización productiva y comienza a comportarse como un micro–Estado sin instituciones.
Este caso no es excepcional.
Es reproducible, observable y creciente en entornos empresariales expuestos a alta presión social, mediática o política.
El verdadero reto no es formar líderes carismáticos, sino evitar que el carisma sustituya al sistema.
Porque cuando el líder deja de administrar y empieza a gobernar, la empresa deja de crecer… aunque todavía funcione.


Esta es opinión personal del columnista