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DAVID VALLEJO CÓDIGOS DEL PODER |
04 Feb 2026
La idea de una superinteligencia personal marca un punto de inflexión que obliga a repensar la relación entre tecnología, individuo y poder, porque deja de tratarse de una herramienta externa y comienza a perfilarse como una presencia continua que acompaña decisiones, deseos y prioridades. La propuesta impulsada por Meta y defendida públicamente por Mark Zuckerberg se apoya en una premisa sencilla y perturbadora, una inteligencia artificial capaz de comprender contexto vital, memoria personal y objetivos propios con una profundidad inédita.
Durante décadas la tecnología digital avanzó como un conjunto de instrumentos que respondían a órdenes explícitas, buscadores, plataformas y asistentes que esperaban una instrucción clara. El salto conceptual aparece cuando la inteligencia artificial deja de limitarse a responder y comienza a anticipar, interpretar y acompañar. Esa transición redefine la noción misma de autonomía tecnológica, porque el sistema aprende de hábitos, conversaciones, imágenes, silencios y elecciones cotidianas, construyendo una narrativa íntima del usuario que se actualiza en tiempo real.
Desde una mirada tecnológica, el avance resulta coherente con la evolución de los modelos de lenguaje y de percepción multimodal. La memoria persistente, la capacidad de inferir intención y la integración con dispositivos portables configuran un ecosistema donde la inteligencia artificial opera como una capa cognitiva adicional. El teléfono inteligente deja de ocupar el centro simbólico y cede protagonismo a interfaces más naturales, como gafas o dispositivos ambientales, capaces de observar el mundo desde la perspectiva del usuario y de intervenir con sugerencias precisas en el momento oportuno.
El impacto filosófico emerge cuando la frontera entre decisión humana y recomendación algorítmica se vuelve difusa. Una superinteligencia personal plantea preguntas profundas sobre la identidad, porque el yo digital adquiere continuidad y memoria. La tecnología pasa a dialogar con aspiraciones, miedos y contradicciones internas, ofreciendo caminos optimizados que influyen en elecciones vitales. La promesa de eficiencia convive con el riesgo de delegar criterios fundamentales a sistemas entrenados sobre datos pasados, incluso cuando la experiencia humana aspira a sorpresa y cambio.
El ángulo jurídico adquiere relevancia inmediata, ya que una inteligencia de este tipo gestiona información extremadamente sensible. La protección de datos personales, el consentimiento informado y la responsabilidad frente a decisiones automatizadas exigen marcos normativos robustos. Una superinteligencia personal opera dentro de un espacio donde privacidad y utilidad compiten de forma permanente, y el derecho se convierte en el árbitro que define límites, obligaciones y salvaguardas. La discusión trasciende regulaciones técnicas y se adentra en la defensa de la dignidad digital como extensión de la dignidad humana.
También aparece una dimensión económica y social que transforma la productividad individual. Una sola persona equipada con una inteligencia artificial profundamente contextualizada puede ejecutar tareas que antes requerían equipos completos. Este fenómeno reconfigura el trabajo creativo, la consultoría, el comercio y la gestión pública. La eficiencia se multiplica, mientras la brecha entre quienes dominan estas herramientas y quienes quedan fuera se vuelve un tema central de política pública.
La superinteligencia personal sintetiza una ambición antigua, amplificar la capacidad humana sin sustituirla, aunque esa frontera requiere vigilancia constante. El futuro que se dibuja combina fascinación y responsabilidad, porque la tecnología alcanza un nivel de intimidad que exige ética, derecho y reflexión filosófica. En ese cruce se juega una nueva etapa de la civilización digital, donde la inteligencia artificial deja de ser un objeto distante y se convierte en compañera cotidiana, capaz de potenciar lo mejor del ser humano siempre que el marco que la contenga resulte tan inteligente como ella misma.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la Superinteligencia lo permite.
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Esta es opinión personal del columnista