13 de Julio de 2026 | 17:44
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El TMEC en una etapa incómoda
Fernando Padilla Farfán
FERNANDO PADILLA FARFÁN

13 Jul 2026

Fernando Padilla comenzó hablando de algo simple, casi obvio, pero que rara vez se dice en voz alta: México no comercia con Estados Unidos y Canadá como un país más. Lo hace como parte de un mismo sistema productivo. “El TMEC, -dijo-, no es un tratado entre socios distantes. Es el andamiaje que sostiene cómo se fabrica, cómo se invierte y cómo se planea en Norteamérica”.
Por eso, cuando este 1 de julio Estados Unidos dejó claro que no renovará el acuerdo por los dieciséis años previstos y optará en cambio por revisiones anuales, el tema dejó de ser técnico para darle paso a lo estructural, abriéndonos los ojos en que el horizonte se ha acortado.
El ingeniero Fernando Padilla Farfán lo explicó de manera centrada, manteniendo la seriedad que este merece: “una economía puede adaptarse a reglas duras, pero lo que no puede hacer con facilidad es adaptarse a reglas que pueden cambiar cada año”.
El TMEC nació en 2020 como heredero del TLCAN, que había ordenado la integración comercial de la región desde 1994. El TMEC, a diferencia de su antecesor, -mencionó Padilla-, prometía algo que el capital valora más que cualquier incentivo fiscal: previsibilidad. La posibilidad de planear inversiones, plantas, cadenas de suministro y empleo con un horizonte largo. Esa promesa es la que hoy entra en revisión.
Mientras en Washington el discurso gira en torno a proteger la producción interna, corregir déficits y recuperar músculo industrial, en México la preocupación es otra: buscar la manera en continuar atrayendo inversión cuando el marco que la sostiene se vuelve revisable cada doce meses. Fernando Padilla Farfán fue contundente en ese punto: proyectos que se postergan, expansiones que se recalculan, decisiones que se enfrían antes de anunciarse.
Las empresas que operan en sectores clave —automotriz, electrónica, agroindustria, manufactura avanzada— no toman decisiones con base en el siguiente trimestre. Lo hacen en ciclos de diez o quince años. Cuando el marco institucional que las sostiene se vuelve anual, el riesgo deja de ser financiero y pasa a ser estratégico y el riesgo estratégico es el más caro de todos, porque no aparece en ninguna factura, pero condiciona todo lo que viene después.
"No estamos hablando de una ruptura", aclaró el ingeniero Fernando Padilla Farfán. "Estamos hablando de una incomodidad prolongada con efectos que se acumulan: mayor costo del capital, más cautela en el crédito, menor apetito por proyectos intensivos en infraestructura y empleo”.
Hubo un momento en que la conferencia abandonó el terreno económico y entró al político. Padilla no lo esquivó.
El TMEC, explicó, también es hoy rehén de narrativas internas en Estados Unidos: ciclos electorales, presión sindical, discursos de soberanía económica que resuenan bien en campaña y que después se convierten en política real. En ese contexto, el tratado deja de ser un acuerdo comercial y se convierte en herramienta de negociación política. México y Canadá, señaló, no tienen hoy el margen para imponer condiciones. Solo para administrar lo que ya existe y evitar que se erosione más de lo necesario.
El diagnóstico final.
México no pierde el TMEC. Pero pierde algo igual de valioso: la sensación de estabilidad prolongada. Y cuando esa sensación se diluye, el crecimiento se vuelve más frágil. No porque falten capacidades productivas, sino porque falta claridad sobre el mañana. Y sin claridad, el capital no desaparece. Espera. Y mientras espera, no construye nada.
Los países no se caen cuando pierden tratados. Se caen cuando dejan de ser previsibles. México conserva acceso preferencial, reservas sólidas, cercanía geográfica y una base industrial que otros países llevarían décadas en replicar. El piso, como él lo llamó, sigue ahí.
Pero un piso no empuja. Solo sostiene.
Y en un mundo donde otros países compiten activamente por atraer el capital que duda, la pregunta ya no es si el TMEC seguirá existiendo. La pregunta es qué tan caro será operar bajo un acuerdo que se reescribe cada año, y quién estará dispuesto a pagar ese costo.


Esta es opinión personal del columnista