24 de Mayo de 2026 | 13:18
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85 años interpretando el viento
DAVID VALLEJO
CÓDIGOS DEL PODER

24 May 2026

Cada 24 de mayo el mundo recuerda el nacimiento de Bob Dylan, aunque Dylan parece existir fuera de cualquier calendario, como esos personajes que atraviesan décadas enteras sin quedarse atrapados en ninguna. En su figura conviven el poeta beat, el trovador de protesta, el profeta eléctrico, el pastor bíblico, el mimo, el boxeador melancólico, el artista fuera de lugar, el pintor de carreteras vacías, el hombre que escucha blues antiguos de madrugada y el músico que transformó la canción popular en literatura ambulante.


Lo descubrí después de universidad, estudiando un posgrado lejos de mi tierra, durante esa etapa donde una beca estudiantil alcanzaba apenas para sobrevivir, pagar fotocopias y entrar de vez en cuando a una tienda de discos buscando algo capaz de acompañar el ruido interior de aquellos años. Entre portadas brillantes apareció un álbum de grandes éxitos de un hombre desalineado, de mirada cansada y gesto imposible de descifrar. Lo compré casi por intuición y terminé llevándome mucho más que un álbum. Aquella compra abrió una puerta hacia un universo entero.


Después llegaron las canciones, luego las letras, más tarde los libros, las entrevistas llenas de contradicciones, las grabaciones perdidas, los conciertos convertidos en leyenda, las pinturas de moteles silenciosos, las esculturas hechas con hierro viejo, las historias sobre peleadores, poetas, vagabundos y trenes nocturnos. Dylan dejó de ser solamente un músico y comenzó a convertirse en una obsesión intelectual y emocional. Su obra terminó acompañando madrugadas, lecturas, viajes y ciertos momentos donde una canción lograba explicar mejor el mundo que cualquier conversación. Creo que tanto en el Padrino como en las canciones de Dylan están las respuestas a todo lo humano e inhumano.


Tuve además la fortuna de verlo en vivo en Monterrey, una experiencia extraña y fascinante porque mi esposa salió ligeramente decepcionada al descubrir que prácticamente ninguna canción sonaba igual a las versiones que tantas veces escuchó conmigo en carretera durante viajes interminables. Dylan destruía melodías, cambiaba ritmos, alteraba estructuras y transformaba clásicos reconocibles en criaturas nuevas y extrañas. Yo, en cambio, permanecía completamente hipnotizado observando a una leyenda viva caminar entre sus propios fantasmas. Mientras cantaba con esa voz que nació erosionada por el tiempo y que aunque parecía imposible, estaba aún más desgastada, imaginaba carreteras en Minnesota, estaciones de tren cubiertas de nieve, bares llenos de humo, viejos boxeadores, poetas beat, noches eléctricas en Newport y al joven desconocido que llegó a Nueva York buscando a Woody Guthrie sin sospechar que terminaría modificando la cultura contemporánea.


Con los años terminé escribiendo incluso un libro inspirado en sus primeros pasos rumbo a Nueva York, imaginando el trayecto íntimo de Robert Zimmerman antes de transformarse en Dylan, esa región borrosa donde realidad e invención comienzan a mezclarse hasta volverse inseparables. Desde las primeras páginas intenté resumir aquello que vuelve tan fascinante su figura. Dylan es un enigma imposible de reducir a una sola definición, un personaje construido por sí mismo que se resiste constantemente a quedar encerrado dentro de una versión definitiva de la historia.


Eso explica gran parte de su magnetismo. Dylan comprendió antes que muchos que la identidad podía convertirse en una forma de arte. Cambió su nombre, reinventó recuerdos, exageró episodios, ocultó partes de sí mismo y convirtió cada entrevista en una especie de laberinto literario. Mientras otros artistas intentaban explicarse obsesivamente, Dylan parecía disfrutar el acto contrario, alimentando el misterio con respuestas ambiguas y relatos contradictorios. En cierto momento de mi libro escribí una frase que resume esa sensación. Dylan no se inventó para mentir, se inventó para existir.


Su impacto sobre la música resulta difícil de dimensionar. Antes de él existían enormes intérpretes y compositores extraordinarios, aunque la canción popular rara vez era vista como un territorio capaz de convivir con poesía moderna, crítica política, filosofía, surrealismo y humor negro al mismo tiempo. Dylan cambió aquello para siempre. “Like a Rolling Stone” transformó el tamaño aceptable de una canción comercial, “Blowin’ in the Wind” convirtió el folk en conversación moral global y “Desolation Row” parecía una novela alucinada disfrazada de canción. Cuando apareció con guitarra eléctrica en Newport durante 1965 y parte del público folk reaccionó indignado, el rock moderno comenzó a adquirir dimensiones artísticas completamente distintas.


Su influencia se expandió sobre generaciones enteras. The Beatles comenzaron a escribir de otra manera después de escucharlo, Bruce Springsteen dijo que Dylan abrió la puerta mental de la música popular, Leonard Cohen lo admiraba como un poeta gigantesco y David Bowie entendió gracias a él que un artista podía transformarse infinitamente sin perder identidad. Décadas más tarde, el Nobel de Literatura terminó aceptando algo que millones intuían desde hacía tiempo. Dylan había expandido las posibilidades poéticas del lenguaje contemporáneo desde una guitarra y una armónica.


Las dimensiones menos conocidas de su vida resultan igual de fascinantes. Dylan ama el boxeo con intensidad casi literaria y encuentra en los peleadores una forma brutal de poesía humana. Durante visitas a México buscó gimnasios donde pudiera observar boxeo mexicano auténtico lejos del turismo y las cámaras. Admiraba esa mezcla de resistencia, orgullo y fatalismo de los nuestros que avanzan incluso cuando el rostro ya está destruido. Muchas de sus canciones contienen precisamente esa ética del sobreviviente golpeado por el mundo que continúa caminando.


Existe además el Dylan pintor y escultor. Sus cuadros muestran gasolineras abandonadas, moteles vacíos, carreteras silenciosas y paisajes industriales detenidos en otra época, escenas que parecen suspendidas dentro de un sueño melancólico estadounidense. Más adelante comenzó a trabajar hierro y soldadura, construyendo esculturas enormes con cadenas, herramientas viejas y piezas industriales. Resulta extraordinario imaginar al mismo hombre que escribió “Mr. Tambourine Man” pasando horas moldeando metal entre humo y chispas.


Lo más humano de Dylan aparece precisamente en su resistencia a convertirse en monumento. Cuando recibió el Nobel desapareció varios días sin responder llamadas de la Academia Sueca. Sobre el escenario reconstruye canciones sobre la marcha, cambia melodías y altera estructuras como si quisiera impedir que la música se convierta en pieza de museo. Cada vez que alguien cree comprenderlo completamente, aparece otra máscara y otra transformación.


En algún momento escribí que Dylan funciona como un mapa en movimiento o como un espejo que responde a preguntas con otras preguntas. Dylan jamás intentó ordenar el caos del mundo ni explicarlo completamente, prefirió convertirlo en canciones llenas de fantasmas culturales y personajes que parecen escaparse apenas intentamos comprenderlos.


A veces pienso que aquel disco comprado con dinero contado terminó cambiando silenciosamente muchas cosas en mi vida. Gracias a Dylan llegaron escritores, poetas beat, discos antiguos de blues, el folk estadounidense, la pintura, el boxeo, las madrugadas literarias y la certeza de que el arte verdadero rara vez entrega respuestas cómodas.


Dylan sigue avanzando como esos trenes que aparecían en sus canciones tempranas, moviéndose hacia un destino imposible de definir completamente, mientras el viento continúa soplando entre guitarras, carreteras y viejas estaciones de radio.


Playlist recomendado: Like a Rolling Stone, Blowin’ in the Wind, Mr. Tambourine Man, The Times They Are A-Changin’, A Hard Rain’s A-Gonna Fall, Don’t Think Twice, It’s All Right, Tangled Up in Blue, Desolation Row, Visions of Johanna, Shelter from the Storm, Hurricane, Knockin’ on Heaven’s Door, All Along the Watchtower, Subterranean Homesick Blues, It’s Alright Ma (I’m Only Bleeding), Just Like a Woman, Forever Young, Simple Twist of Fate, Ballad of a Thin Man, Positively 4th Street, Girl from the North Country, Not Dark Yet, Jokerman y Murder Most Foul.


Shelter from the Storm para Greis y Forever Young para Alo.


Esta es opinión personal del columnista