Viaje a La Habana (año 2009)

5 agosto 2017 | 9:54 hrs | | Gilberto Haaz Diez

Por Gilberto Haaz Diez

 

En el año 2009, fui a La Habana, a Cuba la bella. Rememoro parte de ese viaje, en una entrega de dos partes. Va.

¿Qué tal es la Habana?, preguntó la empleada del Dutty Free del aeropuerto Juárez, mientras buscaba una crema Clinique, encargo de una de mis hijas. No lo sé, respondí de bote pronto. Es la primera vez que voy. Sé de ellos y de sus luchas por sobrevivir, pero apenas voy a escudriñar su forma de vivir. A oír su música y sus cantos y a tirarme uno que otro mojito y a buscar la huella de Hemingway. Al mediodía, en un Fokker 100 de Mexicana, tocando aeropuertos como si fuera uno misionero en busca de fieles, temprano el Jara de Veracruz, al par de horas el Juárez de México, más noche el de Cancún, ese paraíso tropical que el visionario Echeverría descubrió para que se asentaran los mejores hoteles del mundo y las gringas vinieran a reventarse en sus famosos spring breakes, donde aquí, gracias a las libertades que gozan, chupan como desesperadas y conocen vientos favorables y frescos y una que otra caricia de moreno lanchero quintanarroense. En esas ando, llegando a La Habana, que también es pueblo. El avión comienza el descenso. El piloto lo anuncia, apenas 50 minutos de Cancún al aeropuerto José Martí de La Habana. Los flaps se extienden, el ala se ancha para la sustentabilidad, las ruedas salen de ese aparato que es de los chicos, un Fokker, y ya estamos tocando suelo cubano. Poco antes, una azafata dice que según las normas de regulación sanitaria de los países que se visitan, el avión tiene que ser desinfectado, pero aclara que no contiene el peligroso y maloso DDT. Lo hace y huele a limpio. Como el maestro limpio.

EL AEROPUERTO
El aeropuerto José Martí es de los de mediana capacidad en movimiento. El Bloqueo se siente. Al pie de la pista un enorme avión de Iberia. Goza Cuba de un tráfico turístico de Europa, sobre todo de España, que vienen a disfrutar de las playas y del clima cálido, su música y de su ambiente. Adelanto el reloj. Dos horas de diferencia contra México es el tiempo de este huso horario. El sonsonetito nos acompaña, el cubano canta al hablar, es alegre. Primera sorpresa. Al acudir a una ventanilla de cambio, el peso es tomado a 17. 08, como el reyo tojo: tojodido. Ni hablar, hay años así. No es que Cuba esté cara, lo que ocurre es que nuestra moneda está muy devaluada, y cada cosa que se compra se va a las alturas. Signo de la presión de vivir con el vecino más poderoso de la tierra. Cambio algo para pagar al taxista.

RUMBO AL HOTEL
El taxista nos lleva al hotel de los españoles, uno de los dos Meliá gachupas. La ciudad luce oscura, mueven toda su energía con petróleo y si no es por Chávez y su apoyo, esta ciudad estaría a oscuras. Aman al presidente venezolano. Lo idolatra la gente, como quieren y reconocen a Lázaro Cárdenas, el viejo expropiador del petróleo, que tiene un carisma y una leyenda única, como la tiene Benito Juárez y Emiliano Zapata, quien tiene un parque con todo y estatua en La Habana. Al despertar, la primera mañana en aire del Caribe, sol brillante, mar tranquilo, clima cálido como el veracruzano, en La Habana uno siente y piensa, con razón, que esta ciudad ha sido heroica, que ha sobrevivido a un bloqueo criminal. Un bloqueo que los ha llevado a enraizarse más en su patriotismo y nacionalismo. Al llegar, después de oír recomendaciones de todo mundo, de entender un poco su historia pero no valorarla hasta que se llega, me fijé la idea de no hablar de política, no venir como un mirón o un impertinente que todo viene a criticar, hacerle un poco a la Camilo José Cela, el escritor que no escribía de política. Con la parte del pueblo que he platicado, viejos y jóvenes, se sienten bien y a gusto. “Nosotros todos somos pobres” -me dijo el taxista, a quien contraté para que nos llevara por cielo y tierra, por mar no porque no es navegante-, “pero aquí todos tenemos derecho a la salud y la educación y vivimos seguros, tengo cuatro hijos y siete nietos, y han vivido aquí toda su vida, recibidos, profesionistas ya y trabajando en este país”.

MARINA HEMINGWAY
Doy un rol por la Marina Hemingway, una creada en homenaje al escritor, veleros pequeños y embarcaciones chicas con banderas de todos lados, panameñas y de las que se puedan, me acuerdo del notario Gerardo Gil, un navegante de siete mares, pescador bueno de marlines, con su lugarteniente Draga. Otear el hotel El viejo y el mar, en honor a aquella novela que inmortalizó al afamado pescador Gregorio, que le dio a Hemingway el Nobel de Literatura. Hugo Chávez les da petróleo, pero a cambio Cuba le envió 20 mil médicos. Recuerdo a los creadores de la televisión, las primeras radionovelas de Tres Patines con su Ananina. Crucé su malecón de 18 kilómetros de largo. Bueno su transporte público, buses grandes como los de los Castelán, un poco más nuevos, aunque estos sean chinos o rusos. Aquel viejo transporte amolado se ha jubilado.

EL TURISMO
Hago turismo de todo tipo, rolo por su Quinta Avenida, una copia de nombre de aquella famosa neoyorkina, dar una vuelta por donde se asienta la embajada rusa, antes soviética, un verdadero adefesio de cemento, un bunker muy parecido a una toma de agua de esas pueblerinas, como las de Tres Valles o Tierra Blanca, aunque eso sí, a prueba de intrusos, tiempos de aquella Guerra Fría que el mundo vivió apanicado. Voy al Bosque de La Habana, un lugar precioso que pocos turistas visitan. Uno debe acostumbrarse a contemplar la belleza de sus mujeres. Por todos lados, lo mismo rubias que morenazas. Algo en lo que no tienen rival. Visita obligada a su panteón, el Cementerio Colón, donde el mármol italiano, el de Carrara y demás amontonan las tumbas. Alguna vez estuve en el argentino de La Recoleta para ver la visitada tumba de la amada Evita Perón. Allá solo vez esa y te vas. Aquí se pueden ver muchas, como una impresionante a los bomberos y otra a los caídos en las guerras. La tumba de la milagrosa es una muy apreciada. Cuenta la leyenda que una vez sepultaron a una mujer llamada Amalia, con su niño recién nacido al pie de su vientre. Al poco tiempo, en una exhumación, se encontró al bebito en sus brazos, se había movido del sitio y eso significó un milagro. La ven mucho, le ponen flores y le piden buenos deseos convertidos en milagros.

 

NR. Esta es opinión personal del columnista.