Todos tenemos oportunidad de redimirnos

30 agosto 2018 | 22:48 hrs | El Negro Cruz | Negro Cruz

Diálogos con ‘El Negro Cruz’

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio. Hechos 3-19

Cuando la angustia nos aflige, cuando nuestros errores nos acosan, pensamos que todo está perdido, que no hay futuro, que estamos solos en el mundo. Lo anterior demuestra nuestra flaqueza humana, además, de que no conocemos a Dios.

Jehová es el Señor de la Misericordia, Él conoce el corazón del hombre por una sencilla razón, es el Creador de todo lo que existe, sabe que somos débiles, además, que estamos expuestos a los ataques de su enemigo, que en todo momento, nos quiere hacer caer en tentación.

El sacrificio de El Salvador en la Cruz por nuestros pecados, tiene como objetivo principal, que todos logremos la Vida Eterna, pero para ello, es requisito que asumamos la responsabilidad por las pifias cometidas al no observar las ordenanzas divinas, por ello, Lucas 15-7, nos recuerda: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”.

Esta es la clave, debemos arrepentirnos para dar alegría al Todopoderoso y buscar la Vida Eterna, porque Dios es amor, como bien nos lo dice 1 Juan 16: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él”.

Sobre este maravilloso tema, quisiera referirme al caso concreto de Saulo de Tarso, que es mejor conocido como San Pablo, quizá uno de los hombres que mejor nos ha descrito el significado de las Escrituradas Sagradas, a partir de que admitió el amor de Dios.

Nos dice la gran Elena G de White en su libro Hechos de los Apóstoles, capítulo “De perseguidor a discípulo”, lo siguiente: “Saulo de Tarso sobresalía entre los dignatarios judíos que se habían excitado por el éxito de la proclamación del Evangelio. Aunque ciudadano romano por nacimiento, era Saulo de linaje judío, y había sido educado en Jerusalén por los más eminentes rabinos. Era Saulo “del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, Hebreo de Hebreos; cuanto a la ley, Fariseo; cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.” Filipenses 3:5, 6. Los rabinos lo consideraban como un joven muy promisorio, y acariciaban grandes esperanzas respecto a él como capaz y celoso defensor de la antigua fe. Su elevación a miembro del Sanedrín lo colocó en una posición de poder”.

En pocas palabras, Saulo era un hombre de inteligencia e integridad excepcionales, que por su formación, se dedicó a perseguir la Iglesia de Dios en el tiempo de los Apóstoles, era implacable en su tarea, sin embargo, el Padre Celestial tenía otra misión superior para él.

En virtud de que la prédica de los Apóstoles, después de la Ascensión de Cristo, se había extendido a otros territorios fuera de Jerusalén, los magistrados y sacerdotes fariseos decidieron, ampliar su labor represiva, cuestión para la que Saulo se ofreció, por lo que fue comisionado con plenos poderes para ir a Damasco. Veamos lo que ocurrió, de acuerdo al texto de la señora White: “El último día del viaje, “en mitad del día,” los fatigados caminantes, al acercarse a Damasco, vieron las amplias extensiones de tierra fértil, los hermosos jardines y los fructíferos huertos, regados por las frescas corrientes de las montañas circundantes. Después del largo viaje a través de desolados desiertos, tales escenas eran en verdad refrigerantes. Mientras Saulo con sus compañeros contemplaban con admiración la fértil llanura y la hermosa ciudad que se hallaba abajo, “súbitamente” vieron una luz del cielo, “la cual—según él declaró después—me rodeó y a los que iban conmigo;” “una luz del cielo que sobrepujaba el resplandor del sol”, demasiado esplendente para que la soportaran ojos humanos. Ofuscado y aturdido, cayó Saulo postrado en tierra”. “Mientras la luz brillaba en derredor de ellos, Saulo oyó “una voz que le decía” “en lengua hebraica”: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él dijo: Yo soy Jesús a quien tú persigues: dura cosa te es dar coces contra el aguijón”.

“Temerosos y casi cegados por la intensidad de la luz, los compañeros de Saulo oían la voz, pero no veían a nadie. Sin embargo, Saulo comprendió lo que se le decía, y se le reveló claramente que quien hablaba era el Hijo de Dios. En el glorioso Ser que estaba ante él, reconoció al Crucificado. La imagen del Salvador quedó para siempre grabada en el alma del humillado judío. Las palabras oídas conmovieron su corazón con irresistible fuerza. Su mente se iluminó con un torrente de luz que esclareció la ignorancia y el error de su pasada vida, y le demostró la necesidad que tenía de la iluminación del Espíritu Santo”.

Después de lo descrito por la señora White, nos damos cuenta que en un instante, Saulo comprendió que su oposición a la Iglesia, era una acción inspirada por Satanás, por lo que cayó en cuenta de su herejía y se arrepintió, entonces, humilde preguntó: “El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer”, Hechos 9:4.

La historia es muy larga, estos son unos atisbos, lo que me interesa es que descubran que aun las más grandes faltas al Señor son perdonadas, si hay un arrepentimiento de corazón. El caso de Saulo es ilustrativo, no sobra decir, que cuando recibió la instrucción por medio de Ananías, enviado por el Señor, el mencionado se convirtió en un pilar de la Iglesia, por ello, debemos tener claro, que todos tenemos un lugar al lado del Todopoderoso, la decisión está en nosotros.

Me despido como siempre, sugiriéndoles con respeto, que estudien La Biblia. Gracias.

*Esta es opinión personal del columnista