Tiran escombros tóxicos de Anaversa en lote de Córdoba

Los vecinos temen por su vida, y exigen al alcalde Tomas Ríos Bernal su intervención.

7 marzo 2016 | 23:34 hrs | Emilio Gonzalez Gomez

Córdoba, Ver.- Escombros del casco de la exfábrica de Agricultura Nacional de Veracruz (Anaversa) fueron a arrojados a un lote de la avenida 35 y calle 25 de la colonia Paraíso. Los vecinos temen por su vida, y exigen al alcalde Tomas Ríos Bernal su intervención.

El 3 de mayo de 1991, la ciudad de Córdob, se estremeció con la explosión de la empresa que derramó plaguicidas organofosforados y órgano clorados a varias cuadras a la redonda. Miles de vecinos empezaron a padecer los efectos de las sustancias emitidas durante el accidente, así como de las dioxinas producidas por la explosión.

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Nadie en Córdoba estaba preparado para enfrentar el desastre industrial de los plaguicidas y las dioxinas.

Mujeres y niños fueron los más vulnerables, además de bomberos, servidores de limpieza pública y policías que auxiliaron en el control de la catástrofe. Bajo un clima de impunidad, la empresa nunca pagó por el daño que hizo.

Aunque fue obligada a cubrir una reducida multa de cerca de cien mil pesos, recibió el monto de un seguro por 3 mil 500 millones de viejos pesos.

La planta cerró pero el inmueble todavía está en pie y constituye un importante foco de riesgo para los vecinos.

La sociedad civil reclamó sus derechos, pero las autoridades municipales, estatales y federales de los años noventa negaron los daños, obstaculizaron los estudios, ocultaron la información y hostilizaron a la Asociación de Afectados por Anaversa, auspiciada por la entonces diputada estatal de Ecología (1988-91), Rosalinda Huerta Rivadeneyra, a quien, por ser de un partido de oposición, acusaron de amarillista, de falsear la realidad y, además, de no contar con el diagnóstico clínico científico para probar la correlación entre la explosión de Anaversa y las enfermedades de los afectados. O sea, de no cumplir con las tareas que eran y siguen siendo obligación oficial. Las autoridades municipales de los trienios 1992-95 recibieron un fideicomiso irrisorio para atender a los enfermos pero nunca lo ejercieron, ya que consideraron que no había daños y que sólo eran infundios de los periodistas de Córdoba y la Asociación de Afectados.

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El movimiento tuvo su mayor auge entre 1993-96, año en que murieron parte de los afectados más participativos de la organización, sin haber recibido un diagnóstico preciso de sus enfermedades y menos un tratamiento adecuado. Para 1996, la situación se hizo más patética para la Asociación y para los afectados a quienes las autoridades de salud pública les negaron toda credibilidad, más por motivos políticos que científicos. La población de las colonias pobres de Córdoba es la que ha tenido que afrontar el costo del desastre industrial de la planta mezcladora de plaguicidas y de la impunidad. Ellos todavía viven los efectos negativos de las sustancias dispersadas antes de la explosión y durante ella. Abundan los testimonios de afectados que revelan la necesidad de estudios, leyes, reglamentos y de una nueva cultura que permita prevenir los desastres industriales producto de un régimen social que fomenta la impunidad del delito de daños a terceros. El desastre industrial no es natural ni producto de la furia de los dioses: es fruto de la falta de previsión ante amenazas concretas y medibles. Se sabía que Anaversa constituía un peligro porque trabajaba con sustancias altamente tóxicas, y que, en caso de explosión, éstas producirían dioxinas, cuyos efectos sobre el sistema nervioso, respiratorio y endocrino pueden permanecer activos durante décadas y afectan tanto al directamente expuesto como a su descendencia.

 

3 DE MAYO DE 1991 NO SE OLVIDA

Los síntomas de intoxicación aguda propios del daño por organofosforados fueron evidentes; de una encuesta hecha a mil 540 vecinos de Anaversa que vivieron los momentos del incendio, 485 presentaron dolor de cabeza; 379, dolor faríngeo y de boca; 282, irritación de piel y mucosas; 241 presentaron mareos; 229, nauseas; 134, vómitos; 132, dolor abdominal; 120, debilidad; 118, tos; 97, insomnio. Los insecticidas organofosforados que, según la empresa se dispersaron durante el accidente, fueron paratión, del cual se calcula que se quemaron 18 mil litros ese 3 de mayo, y malatión, del que se desconoce la cantidad de litros quemados.

En relación con los plaguicidas organoclorados, su toxicidad es crónica, sus efectos se muestran con el tiempo. Son ejemplo representativo de éstos el lindano y el pentaclorofenol esparcidos en el incendio de Anaversa. Este tipo de compuestos químicos se acumulan en el tejido graso y en el manejo de los intoxicados está contraindicada la ingesta de leche o productos grasos. Sin embargo, los servicios de salud les proporcionaron leche; incluso el gobierno del Estado otorgó mil litros para los damnificados.

El coctel logrado con la mezcla de estos productos químicos, ­los cuales fueron esparcidos azarosamente por lluvia, depósitos de agua en calles, absorción, drenaje, por arroyos y por polvo­ ha logrado cambiar la epidemiología de esta zona de Córdoba. Ahí hemos encontrado una incidencia considerable de inmunodeficiencias: lupus eritematoso sistémico, diabetes mellitus, nefropatías, hepatologías, patologías hematológicas, aplasias medulares, leucemias, trastornos de las vías respiratorias bajas, neoplasias varias; abortos, malformaciones congénicas y cromosopatías, entre otras más, las cuales, por su aumento considerable en la zona a partir de 1991, sugieren su relación con el incendio de Anaversa.

Son muchas las pruebas del daño a la salud de los afectados; tantas, como las muestras de la apatía oficial.

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HISTORIAS DESGARRADORAS DE VECINOS DE ANAVERSA

El día de la explosión yo vivía enfrente de Anaversa y tenía tres meses de embarazo… El día del accidente, entre las 12:45 y la una de la tarde estaba preparando la comida y Alan, mi primer hijo, acababa de llegar del jardín de niños cuando se empezaron a escuchar las explosiones. Al principio se empezó a ver humo muy espeso en el cielo y después se veían llamas muy grandes. También se veían los tambos que salían volando, como si alguien los botara para arriba y explotaban en el aire, subían tanto que se veían bien chiquitos…, las flamas tenían una inmensa altura, parecía un infierno…
Las explosiones siguieron hasta las tres de la tarde. Vinieron bomberos y empezaron a lavar las calles. Como a las 6 de la tarde, mi niño comenzó con vómito espumoso y verdusco, primero esporádico, luego continuo. Cuando se agravó, lo lleve a la Cruz Roja como a las nueve de la noche. Nos pusieron una vacuna… pero no más, la Cruz Roja no se daba abasto. Me lleve al niño al Seguro Social, pero no lo atendieron… Al otro día, me fui desesperada al Hospital Civil Yanga y tampoco me hicieron caso. Al pasar los días mi niño no reaccionaba y no había hospital público que lo atendiera. Tuve que pedir dinero prestado para ir a un médico particular que le diagnosticó envenenamiento por herbicidas y plaguicidas. Se alivió de la crisis pero cada dos meses le salían llagas en la boca y garganta. Así duró enfermo como ocho años en que se agravaba, empecé a participar en la Asociación para recibir apoyo para su atención…
La niña de la que estaba embarazada nació enferma el 11 de septiembre, nació con ronchas en la piel… Éstas empezaron a crecer y se convirtieron en llagas; más tarde el bebé tuvo flujos… He tenido que conformarme con la atención del Centro de Salud, que es el único que nos atiende, aunque yo he tenido que comprar las medicinas que salen carísimas. La niña la vivido con muchos problemas, pero todavía no está completamente sana… Después del accidente, perdimos toda tranquilidad; hemos vivido en la angustia permanente.

Glafy, madre de un niño de once años

Eran como cuarto para la una del día 3 de mayo de 1991, yo había terminado de hacer la comida, estaba esperando a mi hijo Iván que llegara de la escuela. Iván era un niño sano de once años… De repente, oí un tronido y luego vi una humareda; más tarde, las sirenas de los bomberos invadieron las calles aledañas a la fábrica de Anaversa. Como a los cinco minutos llego mi hijo, que había pasado enfrente de la explosión. Me dijo que había mucho humo, polvo, que el río Tepachero estaba verde y que se sentía muy mal. No quiso comer. Yo le di un limón para que lo chupara a fin de que mejorara y se le quitaran el mareo y la náusea. Después, pasaron brigadas avisando que nos tapáramos la boca y nariz con trapos mojados… Iván comió muy poquito. Luego le insistí en ir a Amatlán de los Reyes, pero prefirió quedarse para apoyar a una vecina que estaba embarazada y le ayudo a lavar el piso de su casa de los polvos que habían caído de las explosiones. A partir de ese día, Iván dejo de comer bien, fue perdiendo el apetito y empezó con vómitos y diarreas. Así se enfermo de una y otra cosa, tuvo gastritis, después le dio anemia, le dio lupus, tifoidea, se enfermó de los riñones, de la médula ósea y después le dio un derrame cerebral. Mi hijo murió a los 14 años, el 2 de mayo de 1994. Fue un calvario, gastamos lo que no teníamos por salvar al niño pagando a médicos particulares, a clínicas donde la Asociación conseguía pases, como el Instituto Nacional de Pediatría. Nos ayudaron mucho parientes, vecinos, amigos, gente de la Asociación de Afectados por Anaversa, pero aun así tuvimos que pedir prestado. Yo calculo que gastamos como 250 mil pesos. Mi marido se endeudó y hemos tardado más de seis años en pagar las deudas. Ahora no tenemos ni niño, ni casa, ni dinero. (agosto del 2000.)

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Jonatan, hijo de una vecina de la colonia Aguillón

Como a la una de la tarde, estábamos comiendo y empezamos a oír varias explosiones, así que todos salimos a la calle a ver qué pasaba y vimos como el cielo se oscurecía con el humo negro como si fuera un eclipse sobre la colonia Aguillón (situada unas cinco cuadras al sur de las instalaciones de Anaversa). El olor era espantoso, corría agua por las calles con un color verdoso… Mi mamá se empezó a sentir muy mareada y se desmayó. Brigadas de la Cruz Roja empezaron a pasar y a llevarse a los desmayados… Muchos nos sentíamos mal, nos pusieron unas vacunas en el dedo gordo, nos metieron a bañar en el hospital del Seguro Social, nos quitaron la ropa que traíamos y nos mandaron con batas, pero mi mamá quedó hospitalizada… En términos generales, ella era una persona sana y de mucho carácter pero, a partir de entonces, empezamos a internarla en el hospital cada ocho días porque se nos ponía muy mal, quedó afectada del sistema nervioso y le venían hemorragias. Y no contábamos con ayuda de ninguna institución, todo era con recursos propios. Después, la Asociación de Asistencia de Afectados por Anaversa nos ayudó a la canalización a México y la atendieron cuatro médicos en el Siglo XXI; eso fue hasta 1994, pero no nos dieron diagnóstico y no nos dejaron ver los papeles… Ya después se empezó a atender periódicamente en el Centro de Salud, aquí en Córdoba, pero nosotros teníamos que comprar las medicinas. Recibimos mucho apoyo moral de personas de la Asociación, muchas de ellas desahuciadas que hoy ya no están aquí. Mi mamá sigue enferma, le continúan las hemorragias, las crisis y seguimos internándola; recientemente estuvo a punto de perder una pierna.  Lo anterior es parte de un reportaje de los especialistas: José Luis Blanco* y Ramón Rocha Manila.