Sobreviví a un salto en paracaídas que no se abrió

Brad Guy saltó en caída libre desde un avión a 4,500 metros de altura y golpeó el suelo a una velocidad de 80 km/h.

24 agosto 2017 | 17:08 hrs | Patrick Heardman

Imagina saltar de un avión a 4,500 metros, que en mitad de la caída no se te abra el paracaídas y acabes dando con los huesos en el suelo a una velocidad de 80 km/h. La muerte está garantizada. Es decir, según las leyes de la física y de la biología humana, dejarías de existir en este plano casi de inmediato. Tú sí, pero no Brad Guy, que salió con vida de esta situación, cuando ninguno de los dos paracaídas de su instructor se abrió durante un salto.

Charlé con Brad para que me contara cómo fue.

VICE: Hola, Brad. Sobreviviste a un salto en caída libre que salió mal.
Brad Guy: Sí. hace ya unos cuatro años, el 1 de agosto de 2013. Fue en Melbourne, en una zona llamada Lilydale. Era un día espléndido: 25 grados, un tiempo espectacular y el cielo despejado. Las condiciones eran ideales para el despegue y el salto.

¿A qué altura volaba el avión cuando saltaron?
A 4,500 metros. Si no me equivoco, podías escoger la altura a la que querías saltar, y yo escogí la más alta. Hicimos un montón de bromas; el instructor me preguntó en broma si quería decir unas últimas palabras. Como yo también soy un poco del humor negro, le respondí, “Sí, espero que se abra el paracaídas”. Fue como si me echara la sal a mí mismo. Eso es algo en lo que he pensado mucho… ¿en serio me habré echado la sal yo solo?

Mientras el instructor me empujaba hacia el borde, recuerdo que me iba agarrando con todas mis fuerzas a todo lo que podía aferrarme. No es que de repente no quisiera saltar, pero era como, “¡Mierda, ha llegado el momento!”. Y entonces saltamos. Los primeros seis o siete segundos son increíbles, no sientes miedo.

¿Cuándo se abrió el primer paracaídas?
Más o menos en ese momento. Yo esperaba sentir un tirón fuerte, que es para lo que te preparan durante la instrucción antes del salto. Pero ese tirón nunca llegó a producirse, claro. Ahí fue cuando saltó la primera alarma. Notaba que Bill, el instructor, se movía detrás de mí. Parecía que estaba intentando maniobrar y sacudir los cables para que se abriera el paracaídas, pero este estaba enredado, agitándose en el aire. En ese momento me invadió el terror. Algo no iba bien y la situación empeoraría a velocidad de vértigo.

Pasados unos instantes, sale el otro paracaídas. Miro hacia arriba y veo un paracaídas blanco enredado con otro amarillo, los dos cerrados. A esas alturas, claro está, no hemos frenado la caída lo más mínimo. No soy capaz de procesar nada de lo que está pasando y de repente oigo a Bill gritando. Me estaba diciendo, grito pelado, que mantuviera los pies hacia abajo y los brazos pegados al cuerpo, porque habíamos empezado a dar vueltas en espiral y a sufrir sacudidas por la resistencia del aire.

¿En ese momento podías ver lo que había a tus pies?
Lo que había en tierra se veía cada vez más y más claro. Todo estaba pasando muy rápido. Cuando vi que los dos paracaídas se habían desplegado sin abrirse, ya estaba resignado a morir, acepté que había llegado mi momento. Entré en un estado de extraña calma y pensé, “Vale, esto va a pasar. Voy a sufrir el peor dolor de mi vida, pero luego estaré muerto”. Lo había aceptado. Recuerdo sentir una abrumadora sensación de culpabilidad, una inmensa culpa por haber llevado a mi familia a aquel sitio para verme morir. Los vi en mi mente y sentí mucha lástima por el horror y el trauma que supondría verme morir.

¿No pensaste que morirías de inmediato?
Yo sabía que habría dolor y luego llegaría la muerte, una combinación de ambas cosas. Es difícil analizar los pensamientos que me pasaban por la cabeza porque parecía que fueran muchos y que no era capaz de asimilar ninguno de ellos. Lo único que sabía con certeza era que iba a morir. Es curiosa la forma en que tu mente te prepara para la muerte, como si apagara todos los sistemas y te dejara en un estado de adormecimiento. Estaba preparado para el impacto, para sufrir un dolor inimaginable y luego morir.

 “Yo sabía que habría dolor y luego llegaría la muerte, una combinación de ambas cosas. Es difícil analizar los pensamientos que me pasaban por la cabeza porque parecía que fueran muchos y que no era capaz de asimilar ninguno de ellos. Lo único que sabía con certeza era que iba a morir”

¿Cómo fueron esas fracciones de segundo en las que veías el suelo ir a tu encuentro?
Recuerdo que sentí el impacto como un par de golpes, en lugar de uno muy grande. Creo que rebotamos y acabamos semisumergidos en la orilla de un lago, en un campo de golf. Recuerdo abrir los ojos y ver el cielo y sentir la tierra entre mis dedos. Estaba tan conmocionado que intenté gritar, pero a duras penas lograba que me entrara aire a los pulmones. Había aterrizado sobre mi instructor, pero habíamos caído perpendicularmente, de forma que yo había caído más sobre la espalda y él sobre sus piernas. Yo tenía la parte inferior del cuerpo en el agua, mientras que Bill tenía sumergida la mitad izquierda.

¿Sentías dolor?
Recuerdo perfectamente sentir dolor. Lo primero que noté fue que me costaba mucho respirar, y luego un agudo dolor que me recorría todo el cuerpo. Pero a la vez no sentía nada. Era tanto el dolor que lo tenía todo como entumecido, y sentía que me ardía la columna. Era intensísimo… no sé cómo describirlo. No creo que haya dolor tan espantoso como ese; caí al suelo desde 4,500 metros a 80 kilómetros por hora.

No sentía ni podía mover ninguna parte del cuerpo, pero con un enorme esfuerzo logré girar la cabeza hacia Bill, que estaba inconsciente debajo de mí. Tenía la piel azulada. Hice acopio de todas las fuerzas que me quedaban para agarrar su mano y apretársela, intentando hacer que recobrara la consciencia.

Recuerdo que le dije, “Por favor, Bill, tienes que despertar, tienes que superar esto, lo siento mucho”. Me disculpaba porque me sentía muy responsable de lo ocurrido. Pasó lo que me pareció una eternidad hasta que despertó, pero hasta entonces, no podía dejar de pensar que lo había matado y que estaba tirado encima de un tipo muerto.

¿Qué dijo cuando recobró la consciencia?
Empezó a gritar de dolor. Se había roto las piernas y la pelvis y no podía moverse. Me sentía una carga porque estaba atado encima de él. Los dos empezamos a gritar, un grito primitivo. Finalmente, tres golfistas que nos vieron caer se acercaron, nos desengancharon y nos arrastraron fuera del agua. Yo no podía dejar de sollozar.

Uno de ellos me decía, “No pasa nada, ya está, te pondrás bien, tranquilo”. Bill seguía gritando. Los golfistas intentaban mantenerme erguido y con el cuello recto mientras me consolaban. En ese momento llegó la ambulancia. A Bill se lo llevaron en helicóptero y a mí me metieron en la ambulancia. Vi a mi familia correr a mi encuentro colina abajo. “Te queremos, todo estará bien, nos vemos en el hospital”, me decían. Estaban hechos polvo. Todavía me sentía culpable. No podía dejar de llorar mientras me ponían morfina y me cortaban la ropa. Era demasiado para asimilarlo todo.

 “Todo lo que tenía que pasar para que pudiéramos sobrevivir —ese cúmulo de circunstancias improbables— sucedió, milagrosamente”

Ya me imagino. Me parece increíble que los dos recobraran la conciencia.
A mí también me lo parece. No dejo de darle vueltas a eso. Pero bueno, siempre va a haber cosas que no seamos capaces de explicar. Todo lo que tenía que pasar para que pudiéramos sobrevivir —ese cúmulo de circunstancias improbables— sucedió, milagrosamente.

Supongo que esas circunstancias fueron que el paracaídas frenó lo suficiente la caída y que impactaron contra el suelo en un ángulo que amortiguó el golpe, ¿no?
Sí, eso creo yo. Caímos en parte en la orilla de un lago, donde el suelo es un poco más blando, y quizá el hecho de que cayéramos girando también ayudó. El sitio donde aterrizamos, cómo caímos, la forma en que estábamos atados, hasta el tiempo… Fue una conjunción de muchos elementos que nos favorecieron.

¿Cómo fueron las cosas en el hospital?
La primera noche fue una verdadera tortura. No pegué ojo en toda la noche. Cada dos por tres llamaba a los enfermeros para que me dieran algo para dormir, pero no podía desconectar. Todavía me encontraba en estado de histeria. Cada vez que cerraba los ojos, me veía a mí mismo cayendo. Al día siguiente recobré la compostura y empecé a sentir las extremidades. Me dijeron que me había roto la columna y que necesitaría rehabilitación, pero yo estaba convencido de que no volvería a caminar bien o que acabaría discapacitado para el resto de mi vida.

¿No te parecía increíble no haber sufrido lesiones más graves?
Para nada. No había ni un resquicio de positividad en mí, ni luz al final del túnel. Era todo desalentador y traumático. Solo pensaba, “Joder, tengo el cuerpo y la mente destrozados para el resto de mis días”. Empecé a mostrar los síntomas típicos de la depresión muy pronto.

¿Cómo fueron los meses siguientes?
Básicamente, me encerré en mi cuarto durante unos cuatro meses sin hablar ni ver a nadie. Me quedaba a oscuras o, muy de vez en cuando, veía un rato la tele. Estaba deprimido. No comía, ni me duchaba, y gritaba a mis padres cada vez que se acercaban a mí porque me sentía como un monstruo. El estrés postraumático empezaba a asomar la cabeza. Sufría constantes pesadillas y flashbacks. A veces me despertaba de una pesadilla en pleno día y empezaba a gritar y a tirar las almohadas contra la pared. Tenía que venir mi madre a contenerme y consolarme. Pero al final mejoré. Al tratar mi problema más abiertamente, puedo enseñar a otras personas que están sufriendo lo importante que es dejarse ayudar.

¿Cuánto te dijeron que tardarías en recuperarte por completo?
Dijeron tres meses, pero al final fueron cuatro. Ahora ya puedo caminar. Sigo yendo mucho a fisioterapia y a sesiones de terapia psicológica por el tema de las lesiones. Ahora estoy limitado. No puedo practicar los deportes que practicaba antes. Poco a poco voy recuperando la normalidad y espero poder volver a recuperar la vida de antes. No puedo ir al gimnasio, ni andar en bici, me duelen la espalda y el cuello todos los días y necesito una silla especial en la oficina, aunque alguien que me vea y no lo sepa no sabría nada. Puedo caminar y conducir. He tenido que derramar sangre, sudor y lágrimas para llegar a este punto, pero con un poco más de rehabilitación espero poder hacer cada vez más cosas.