Shunga: porno sin vergüenza en el Japón del siglo XVIII

29 enero 2018 | 9:29 hrs | Yorokobu

Es imposible saber exactamente lo que sentía una japonesa del siglo XVIII al contemplar a escondidas un libro de estampas Shunga. Frente a sus ojos, en el papel, un hombre y una mujer follan semidesnudos mientras otras cinco mujeres se masturban alrededor de la pareja. Imagino el rubor en su cara, un cosquilleo en la barriga, una risa sofocada, el repentino miedo a ser descubierta, y una urgencia irrefrenable por acercar una mano a su sexo. Pero quién sabe. Quizás sólo estuviera descojonando de risa.

Desde nuestra perspectiva, los dibujos japoneses del género Shunga (春画) –también conocidos eufemísticamente como dibujos de almohada o dibujos de primavera– sirven para lo que sirve el porno: estimular sexualmente al espectador. Estas escenas representan, en efecto, un evidente canto al gozo sexual.

Una celebración desenfadada del juego erótico, tanto entre personas de diferente sexo como del mismo, de manera directa y visceral. En donde la mujer disfruta tanto como el hombre y en el que caben desde la masturbación, los tríos y el sexo anal, hasta las orgías, la zoofilia y el uso de harikatas (dildos). En escena aparecen tipos que arrastran falos gigantes, pollas y coños dibujados con todo lujo de detalles y damiselas en kimono que ocultan con delicadeza algunas partes de su cuerpo, pero que exhiben abiertamente sus vaginas, a menudo chorreantes.

Tomemos, por ejemplo, la obra paradigmática del género: El sueño de la esposa del pescador. En esta escena pintada por Katsushika Hokusai en 1814, un pulpo amarra a la protagonista con sus tentáculos y lleva al éxtasis a la mujer mediante un impecable cunnilingus, mientras un segundo cefalópodo la sujeta por la boca. En el texto que acompaña la obra es la propia esposa del pescador quien despeja cualquier duda sobre la pericia de su amante:

«¡Ay! Este pulpo odioso fu, fu, fu, fu… más bien aa, aa… chupando la piel de la boca interior de mi útero hasta dejarme sin aliento, aa, eee, ¡que me corro! Con su boca prominente. Con su boca prominente mi vagina abierta provoca. Oh! Oh! Are, are… ¿Qué hacer? Aa, yoo, oo, oo, oo, ooo, aaree, oo, oo, bien, bien, oo, bien, bien, bien, haa, aa, bien, bien, haa, bien, fu, fu, fu, fuu, fuu. ¡De nuevo! Yoo, yoo, yoo, yoo».

Miles de japoneses y japonesas se masturbaron usando este y otros tantos dibujos. Y pese a la innegable carga erótica, las obras intentaban ir más allá de la simple estimulación sexual.

Sabemos que también se usaron como amuletos entre los guerreros, como recuerdo de visita en los burdeles o como manual didáctico para prostitutas y, más tarde, recién casados. Muy a menudo, simplemente se usaron como meros pasatiempos con los que echarse unas risas (los textos que, como en la escena de Hokusai, solían acompañar a los dibujos eran esenciales para comprender el contexto y el significado).

El Shunga se ocupó durante décadas de entretener al personal de un Japón cerrado a cal y canto, sin apenas contacto con el mundo exterior. Y la comedia entretiene. Y si es subversiva, más. Una escena de cuernos, una sátira sobre una leyenda tradicional, las intrigas amorosas de un famoso samurái. Y, por supuesto, dardos contra la religión (el monje lascivo era un personaje recurrente en muchas de las escenas populares).

Es, precisamente, esa crítica sutil que busca burlarse de las costumbres culturales de la época lo que provocó que este género pictórico se viera perseguido por la censura durante buena parte de su historia y fuera repudiado incluso ya en el siglo XX. Las quejas venían de la parte alta de la pirámide social de aquel Japón regido por las estrictas normas del confucionismo y por las decisiones de una élite militar, que, más que el sexo explícito, lo que no podían consentir era esa actitud subversiva.

A todo esto, el resto de escalafones en la pirámide –los comerciantes, los burgueses urbanitas, los artesanos– no paraba de pedir más material. Obviamente, editores y artistas respondían cebando a la demanda tanto como podían, dijera lo que dijera el censor de turno. O, al menos, así fue durante un tiempo.