Rumbo a Londres (escrito en el año 2008)

26 agosto 2017 | 10:22 hrs |

Por Gilberto Haaz Diez

Arriba de un avión de la British Airways. En menos que canta un gallo vamos recorriendo el Golfo de México, rumbo a Nueva Orleáns, luego Nueva York, bordear toda esa costa americana hasta tocar Halifax, lugar célebre en Canadá porque allí descansan muchos de los ahogados en aquel barco Titánic, el que fue una leyenda, al que no lo hundía ni Dios, según presumían sus constructores. Y Dios no lo hundió, porque Dios no anda pensando en esas cosas, lo hundió una burrada de un vigía que lo llevó a chocar con un gigante iceberg. Penetrar al Atlántico para debajo solo sentir que hay mar en la negrura de la noche, y esperar ver las laderas de Escocia o de Canterbury o los blancos riscos de Dover, mientras el cielo es claro y las estrellas brillan y la luna se mueve redondota como una pelotota, según cantaba así Pedro Infante. Voy a la tierra de Shakespeare. A donde nació la literatura inglesa. Voy bordeando praderas muy alto, muy rápido y muy fuerte. El avión va full, todo lleno. Es viernes y mucha gente aprovecha viajar en fin de semana. Lo abordamos con un retraso de tres horas. Estos aviones no paran de volar, éste llegó apenas de Londres y va para atrás, pero ahora con mexicanos.
Vengo a aprender un poco del viejo mundo. No conozco este sitio. Alguna vez le vi del otro lado, en París, a punto de tomar ese tren rápido en el Eurotúnel, pero no se pudo. Hoy aquí vengo. A un lugar que fue y es un Imperio. Al llamado Reino Unido. A ese país que tiene y ha tenido reyes y reinas, unos derrocados, otros abdicando, y una vetusta reina que no quiere entregar el cuerpo y el pobre hijo se vuelve viejo y no ve la hora de la abdicación coronación. Al Imperio Británico o Reino Unido. Al que tiene la friolera de 900 años en que nadie se ha atrevido a invadirlos, y mantienen el record histórico mundial. Hitler los tuvo un tiempo contra las espaldas, pero el corazón británico los hizo revivir en aquellos tiempos que un gordito que fumaba puro y chupaba whisky, Sir Winston Churchill, les pedía esfuerzo, trabajos, sacrificios, sangre, sudor y lágrimas, y los ponía a llorar.

LOS TUDOR
Voy a Londres, esa ciudad que se precia de ser una de las mejores del mundo, cosmopolita, sus palacios: Buckingham, Wimbledon, las Abadías como la de Westminster, la tienda Harrods, del papá del tal Dody Alfayett, aquel que murió en el puente del alma francés con la Lady Dy. La Torre de Londres, donde se pasaban a ejecutar a los que se atravesaban y mal se portaban, y no eran del agrado del King, porque, como decía Shakespeare: donde hay poder hay conspiración. Eso lo sé porque lo he visto ahora en la serie de HBO, The Tudor, la historia del calenturiento rey Enrique Octavo, un canijo que casó con siete o más mujeres, una especie de Bill Clinton de aquellos tiempos, solo que el inglés no tocaba el saxofón, se empernaba con la Ana Bolena, que era un gusto y, en la serie es un cromo y cuero de mujer. Me imagino que la original Bolena era media gordis, al igual que don Enrique Octavo, pero la historia moderna los hace verse muy pipirisnais.

EL AEROPUERTO HEATHROW
Se llega al aeropuerto Heathrow y se siente la disciplina. La seguridad de este inmenso aeropuerto, que ha sufrido embates por doquier. En los pasillos de los gusanos, antes de recoger las maletas, cinco guardias nos ven con cara de fuchi. Un perro atisba y huele, uno aprieta aquellito, no porque lleve algo, no vaya a ser la de malas que el perro Firuláis pierda el olfato en una finta y se arme la de sanquintín. Piden el pasaporte lueguito bajando. Escudriñan todo, el caminar, la forma de portar la cachucha beisbolera, el olor no a la guayaba, como relato de García Márquez. La mirada penetrante a los ojos. El perro pasó y no hubo nada, ni siquiera movió la colita en señal de gracias, intentó levantar la patita como queriendo mear, pero no llegó a tanto. Luego, nos revisaron maletas y hasta los chones. Así son estos ingleses. Es que esta Nación, como la de Estados Unidos, han sido las dos que han recibido ataques de terroristas, quitando a las del Medio Oriente. Una en las Torres Gemelas y el Pentágono, y los ingleses en su Metro. Cosas de la seguridad
Al dejar el aeropuerto se sube uno medio escamado a sus taxis. Digo, yo me quería trepar al lado del copiloto y olvidé que estos ingleses van en contra de todas las lógicas, tienen al chofer y su volante del lado derecho, y circulan a la inversa de todo el mundo, ellos por la izquierda, y su moneda no es el Euro, es la suya, la que trae impresa a Chabelita, la reina. Los antiguos automóviles de taxis, los que admirábamos en las películas, los han renovado. Una compañía se ha dedicado a hacer los nuevos autos para jubilar aquellos viejos. Bellos y funcionales, rechinan de nuevecitos. En la parte de atrás, espacio para cinco pasajeros, tres viendo al frente y dos hacia la cola, muy londinenses. Algo de ellos, de su simbología, como los taxis amarillos de los neoyorkinos, que manejan los harbanos jaliles, musulmanes muchos.

NR. Esta es opinión personal del columnista.