Roboam, la historia presente

24 octubre 2016 | 16:44 hrs |

Por: Jesús J. Castañeda Nevárez

Hay historias que son mucho más que sólo eso por la fuerza de su enseñanza y su impacto en el presente, tal es el caso de Roboam, hijo de uno de los personajes más famosos de la historia bíblica: el Rey Salomón.

A pesar de ser hijo de un hombre sabio, Roboam tenía una mente pequeña que lo hizo concebir una idea errónea de la relación del poder para con los gobernados; estaba obsesionado con la falsa premisa de que la gente existía para el gobernante y no el gobernante para la gente, porque su padre Salomón había realizado grandes obras, principalmente el Templo, pero lo había financiado con el sufrimiento de la gente, imponiéndoles altos impuestos y cargándoles de trabajo al nivel de esclavos.

Al llegar al poder Roboam el pueblo lo buscó con propuestas concretas diciéndole: “Tu padre agravó nuestro yugo. Alivia tú ahora algo de la dura servidumbre de tu padre y del pesado yugo que nos impuso, y te serviremos” (1ª. de Reyes 12); al no ser un hombre brillante Roboam pidió 3 días para dar la respuesta al pueblo.

En primer lugar, el rey buscó el consejo de los ancianos que habían sido consejeros de su padre y por su experiencia madura ellos aconsejaron al rey a ser amable y considerado. “Buenas palabras para ellos, y ellos serán tus siervos para siempre”. Pero él rechazó el consejo de los ancianos, y consultó la opinión de sus jóvenes compañeros que se habían criado con él y estaban a su servicio alimentado siempre su vanidad; al tener mayor afinidad con los jóvenes el rey siguió su consejo y asumiendo una actitud arrogante, anunció que iba a añadir al yugo de la gente. “mi padre los cargó con un pesado yugo, pero yo lo haré más pesado aún”.

Roboam copió los defectos de su padre y quiso superarlo, pero los resultados fueron desastrosos porque en los hechos demostró ser un hijo débil de un padre ilustre y el reinado le quedó grande.

Rodeado de aduladores sin escrúpulos que alimentaban su auto-importancia, Roboam llegó a aceptar toda la ficción que le rodeaba al grado de irritarse en contra de quien insinuara la posibilidad de que no fuera cierta, logrando un grupo de súbditos que eran como marionetas manipuladas para el beneficio de la casa gobernante.

Al alejarse del consejo de los ancianos y escuchar el consejo de jóvenes sin experiencia, inmaduros, ávidos de poder y con una ambición desmedida de riquezas, su reino se convirtió en un gran fracaso.

El efecto fue instantáneo, y un pueblo que había sufrido durante mucho tiempo bajo una sensación de injusticia, se negó a dejarse intimidar por una jactancia vacía. Así, las brasas adormecidas de la violencia estallaron en una llama y el reino se partió en dos y la grandeza de Israel se destruyó.

El fracaso de un pueblo fue marcado por el desempeño de dos gobernantes, uno fuerte, astuto, inteligente y sabio que contrastó con el de su hijo no sólo por la ausencia de sabiduría, sino por la dirección emanada de la inexperiencia de un grupo de jóvenes que abusaron de su posición en el gobierno y cometieron muchos excesos que hundieron a los gobernados en una condición extrema de endeudamiento, pobreza y desesperanza.

La historia no sólo nos ilustra sobre lo que ya pasó, también nos enseña claramente lo que no debe volver a pasar, para que los grandes fracasos pasados no sean otra vez presentes.

Una nación, un estado o un municipio que es gobernado por una camarilla de aduladores que hacen que el titular pierda el piso y viva una realidad falsa, más pronto que tarde tendrá su pago. Y un pueblo que lo permite y lo consciente desde que es comprado por un obsequio electoral, tendrá que sufrirlo hasta que por cansancio tenga el valor de afrontarlo con un ¡basta ya!. Ese es mi pienso.