“Repetir frases filosóficas burdas en las redes no es hacer filosofía”

El argentino Darío Sztajnszrajber, todo un fenómeno de la divulgación filosófica, presenta su nuevo libro en Madrid

11 mayo 2019 | 9:57 hrs | El País | Arte y Cultura

Tras media vida dedicado a la docencia, un profesor argentino de Filosofía que gustaba de usar métodos heterodoxos para que la materia “generara erotismo, deseo, ganas de engancharse”, recibió un encargo de una de sus alumnas de posgrado. Ella trabajaba en un canal de televisión de reciente creación y le propuso desarrollar un programa sobre filosofía (Mentira la verdad, que tiene ya 52 capítulos). “Ahí fue cuando estalló todo”, cuenta Darío Sztajnszrajber (Buenos Aires, 1968) en la Casa de América, en Madrid, donde, tras quitarse la chaqueta el periodista descubre que lleva una camiseta negra bordeada con un cuello blanco, como si fuera un alzacuellos. El hombre que ha sacado la filosofía de las aulas y generado un boom filosófico en Argentina habla de su libro superventas, Filosofía en once frases (Ariel), donde, de Sócrates a Marx, propone a través de una trama novelesca un viaje (“o una deconstrucción”) por la historia de la filosofía.

Pregunta. Las instituciones, tanto en España como en Argentina, parecen querer enterrar la filosofía. Sin embargo ¿siente que la gente tiene hambre de esa materia?

Respuesta. Sí. La filosofía empieza a tener mayor difusión y circulación fuera de los formatos institucionales tradicionales, en los márgenes. Es interesante esa vuelta.

P. Cuando habla de márgenes entiendo que habla de redes, de Youtube, de Twitter… ¿Pueden de verdad estos canales ser un baluarte del pensamiento emancipador? Parecen más bien la concreción de una hegemonía.

R. Obvio, obvio, lo que a mí me pasa es que yo no quiero restringir la filosofía a un único lenguaje. Tu pregunta surge porque permanentemente me preguntan por la relación de filosofía y redes. No es el único lugar ni el mejor. Es parte del proceso ver de qué modo en las redes puede generar su ocasión. Si hacer filosofía en las redes es repetir frases filosóficas burdas, no es filosofía. En formatos como Twitter, poner un ensayo en dos millones de tuits no es filosofía. Hay que encontrar cómo provocar desde su propio lenguaje. Hay que retomar lo originario. La filosofía no se hace preguntas para encontrar respuestas. Las hace para cuestionar las respuestas establecidas. No resuelve problemas, los crea donde se nos dice que no hace falta.

P. De las 11 de su libro, ¿cuál diría que es su frase favorita?

R. Mmmm…. Diría que la de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Es como muy extraña; si no se sabe el contexto diríamos que propone una sociedad posmonogámica (risas). Y es lo contrario, claro. Pero esa frase sacada de contexto… En realidad es un poco el juego del libro: explicamos la frase en su contexto, luego rompemos ese contexto.

P. ¿Y la que mejor define el mundo actual?

R. Las últimas cuatro. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, de Marx, que nos instala en la modernidad. O sea, no hay nada dónde aferrarse, es difícil entendernos en un mundo tan frenéticamente cambiante. La de Nietzsche, claro: “Dios ha muerto”. Que más que a Dios apunta a un fundamento que ordene la realidad. Y si no hay fundamento también estamos a la deriva. Y esa deriva puede ser emancipadora. Nos hace pelearnos contra lo que otros erigen.

P. Luego estaría la de Jacques Derrida: “Nada hay fuera del texto”.

R. Claro, es entender que nuestra experiencia subjetiva siempre depende del lenguaje. No solo somos lo que narramos sino que somos narrados por otros. Y por último la de Foucault: “Donde hay poder hay resistencia”, que nos obligan a diseñar resistencias que no sean funcionales al poder. Porque muchas veces es el poder el que necesita crear resistencias para poder seguir expandiéndose. Si la resistencia está al servicio del poder, hay que repensar cómo escapar a la lógica del poder.

P. ¿Pero se le ocurre alguna resistencia que en este mundo no sea útil al sistema?

R. Hoy la filosofía de género es un puntal. Marca una vanguardia. Creo que es como una síntesis de estas últimas cuatro frases. Tiene mucho de Derrida, de Foucault, de Marx y de Nietzsche.

P. Pero en el sentido de que todo poder crece, se expande, contra una resistencia, ¿no cree que la ideología de género pueda servir al poder?

R. Creo que es la que más logra desmarcarse. Y hay una intención de pensarse en su lugar en la obra de Judith Butler o Paul B. Preciado. Me parece que hay una invocación a salir. Pero el tema es cómo defines poder. Foucault habla del poder que está en todos lados, presente en las situaciones más micro, más inmediatas. Pelear contra el poder es pelear contra uno mismo y contra esta necesidad de estar abierto a la reinvención permanente de lo que uno cree que es. En ese sentido la filosofía de género propone una deconstrucción tan radical que nos arroja a una incertidumbre muy grande. Y ahí puede escaparle al poder.

P. Parece inevitable pensar que hoy es más complicado que nunca escapar del sistema, de lo impuesto, de lo hegemónico. No solo en cuestiones de control social, sino en los propios hábitos de pensar.

R. Son clave. Los formatos. En filosofía está de moda la palabra dispositivo. En el sentido de disponer, ordenar. Esos dispositivos son previos. Foucault se pelea contra la idea del poder como represión, y propone la idea de poder como normalización. ¡Es eso! Veníamos pensando que uno sabe lo que quiere y el poder te deja o no realizarlo. ¡No, en ese “yo sé lo que quiero” el poder ya actuó! Por eso, Foucault, cuando desnaturaliza el deseo sexual, pone el dedo en la llaga. Es en ese lugar donde uno no creería jamás que se le impone un dispositivo de construcción. Creo que esos formatos están muy instalados. El impulso de los medios de comunicación en eso es muy fuerte. Ellos instalan formatos y son bienvenidos porque de algún modo ordenan y tranquilizan. Siempre es más tranquila una vida donde uno sabe qué está bien y qué está mal. Cuando uno entiende que además de bueno es malo, que además de amigo es enemigo, pues se problematiza.

P. Volviendo a la ideología de género, ¿cómo cree que está el movimiento en Argentina, donde las mujeres luchan por poder abortar?

R. Está muy pregnante, está generando una diseminación no solo en lo macro sino en lo micro, que me parece lo más importante, y a la vez, excede la proclama específica por la pelea por la mujer, y casi se ha vuelto una representación de una nueva forma de hacer política: excede lo tradicional y sin embargo tiene una representatividad inédita. Propone un modo más despersonalizado, un desidolatramiento. El feminismo marca un quiebre. Busca la horizontalidad. En Argentina decimos que la mujer es ciudadana de segunda porque no puede decidir sobre su propio cuerpo. Esto genera una reacción en el conservadurismo, que teme al feminismo no por su propuesta sobre la mujer, sino porque desbarajusta la identidad toda. Y es que cuando inicias una deconstrucción de la identidad sexual terminas deconstruyendo la identidad étnica, la nacional… ¡la idea de nación tradicional hoy resiste menos que la de identidad de género! El movimiento de género es esperanzador para los que creemos que hoy la apertura es el único camino a una política de la imaginación.

P. Sin embargo no hay ninguna mujer entre los autores de las 11 frases de su libro.

R. Bueno, están pensadas más como frases que desde los autores. También es un muestrario de lo que es la historia de la filosofía como una historia de sujeción o imposición. Sí se trabajan autoras como Simone Veil, o Hannah Arendt. Ella tenía una frase magnífica sobre el Holocausto, pero decidí no meterme en ese tema tan amplio…

P. Así que no metió ninguna mujer.

R. Bueno, está Dios (ríe), que no sabemos de qué género es.