René Pérez Avellá (obituario)

29 mayo 2017 | 8:16 hrs |

Por Gilberto Haaz Diez

De Benedetti: “Y aquí estamos ahora, tras tu muerte, homenajeando en este relato tu ausencia. Como tú estamos, aprendiendo que los sueños llevan muerte, como tú, que ya eres eterno, que te fuiste tras la sombra, a la izquierda del roble aquel en el jardín Botánico”.
Camelot.

 

El sábado en la mañana, Tavo Rodríguez Pasquel Bravo, compadre de su padre y amigo muy apreciado de la familia, me llamó y consternado me dio la mala nueva, había muerto en accidente automovilístico René Pérez Avellá Villa. Hijo de Jaime y Elsa, matrimonio muy querido por los orizabeños. Quedé dolido, en el camino a Veracruz fui pensando en él, en parte de su vida, en las vivencias que sostuvimos, la edad nos separaba un poco, pero la amistad se fortalecía. Vivió en Orizaba y en aquellos tiempos un día fuimos a ver a su padre a Tehuacán, venía de estrenar un avión y allá llegamos a que nos lo mostrara. Con su padre, Jaime Pérez Avellá, los últimos años de su vida cultivamos una amistad literaria, él leía mis escritos y por correo lograba comentarme algunas cosas, otras veces me regalaba algún libro, detalles así. René dejó buenos amigos en esta su Orizaba. Familia muy querida, aquí el padre comenzó su ascenso a las grandes ligas de las empresas, primero en los Autoconvoy y luego en las agencias Volkswagen, la fama le llegó porque con el equipo de béisbol Puebla, fue quien vendió el contrato del gran Fernando Valenzuela a los Dodgers de Los Ángeles, esa llegada que Tom Lasorda señaló que un jugador de este tamaño arribaba cada 50 años a la gran liga. Cuando vivió en Orizaba, convivimos en su gran casa del rumbo de la Concordia. Allí recuerdo que vimos aquella gran pelea de Julio César Chávez contra el negro Meldrick Taylor. Solíamos hablar por teléfono, viviendo en Cancún de vez en cuando coincidíamos en Veracruz. Una vez, en esa casa suya vi un cuadro muy grande de Orizaba. Bello. Pintado por pintor famoso. La Orizaba de los techos de teja, esa bella ciudad que hoy palpita. Me acordé de ese cuadro y años después se lo pedí para donarlo al Museo de Arte del Estado de Orizaba. Quise que él lo entregara, me pidió lo hiciera a nombre de su familia, así lo hice cierto día que lo entregué a la directora, Hilda Milena Koprivitza.

Allí debe vivir ese cuadro, entre las paredes de lo bello.

René vivió muy a su manera, quizá vivió con rapidez porque en el fondo habrá sospechado que se iría joven. Uno no suele escribir de gente mas joven que fallezca. Cuando la ley natural de la vida y la muerte se trastocan, todo cambia. Nada más doloroso que perder un hijo. Su madre debe estar desconsolada, al igual que sus hermanos y sus hijos, y todos aquellos que en su entorno vivieron y se alegraron de los años que lo tuvieron en vida. Ahora, en la tristeza y la soledad de la muerte, escribo este responso al amigo.

Le sobreviven su señora madre, Elsa Villa de Pérez Avellá, sus hermanos, Vicente y Elsa, sus hijos Jaime y René, sobrinos y familia muy querida.

Cuando la muerte llega, uno vive indefenso ante el dolor.

Y escucho al poeta: “La muerte no es nada. Yo sólo me he ido a la habitación de al lado. Yo soy yo, tú eres tú. Lo que éramos el uno para el otro, lo seguimos siendo. Llámame por el nombre que me has llamado siempre, háblame como siempre lo has hecho. No lo hagas con un tono diferente, de manera solemne o triste. Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos. Que se pronuncie mi nombre en casa como siempre lo ha sido, sin énfasis ninguno, sin rastro de sombra. La vida es lo que es lo que siempre ha sido. El hilo no está cortado. ¿Por qué estaría yo fuera de tu mente, simplemente porque estoy fuera de tu vista? Te espero… No estoy lejos, justo del otro lado del camino…Ves, todo va bien. Volverás a encontrar mi corazón. Volverás a encontrar mi ternura acentuada. Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas”.

René ahora está al lado de su padre, Jaime, quizá hablando de lo que los apasionaba, el béisbol, en su ataúd una rosa blanca debió lucir, y recordé aquella cita de Manuel Vicent, dedicada a él en esta hora de su muerte:

“El que yace aquí, ahora cuerpo derrotado, fue antaño esclavo sólo de su amor a la vida. Y quienes más le amaron deberán rebelarse luchando de nuevo por el placer de cada día para recordarle siempre como él deseaba”.

Descansa en paz, amigo querido.