Rememoro este escrito del año 2011. Rumbo a París

2 septiembre 2017 | 10:09 hrs |

Por Gilberto Haaz Diez

 

Aeropuerto de Ciudad de México. El copiloto anuncia que al piloto titular le ha subido la presión. Estamos en tierra. A nosotros nos sube también aquellos hasta la garganta. Se apanica uno. Un doctor lo revisa. Una hora después llega el relevo. Rogamos a Dios no esté crudo. En el aeropuerto Benito Juárez de la Terminal 2, una mañana del año 2011, el 767-200 de Aeroméxico inicia el despegue. Toma el piloto casi toda la pista, se nos vuelve a subir el alma al cielo. Mañana de domingo. Diez horas y pico después debemos aterrizar en el aeropuerto Charles de Gaulle. El de París, allí donde París era una fiesta, según Hemingway, o donde bien vale una misa, dijera Enrique IV de Navarra, el día que le entregaron el trono de Francia. Pero estoy ya a 30 mil pies de altura, lleva el vuelo velocidad de crucero. Hay turbonadas. Apretamos, vamos rumbo al Atlántico, por la Florida para cruzar, como dicen unos, el charco, entrar en diez horas y pico por Burdeos y ver la Torre Eiffel, y ese París soñado donde los escritores han tirado la golfería, y donde muchos de ellos, como Gabriel García Márquez, escribieron en la pobreza hasta encumbrarse a los Nobel y a los grandes premios en dinero. París está muy caro, me dijo un orizabeño que acaba de llegar de estas tierras hermosas. Siempre ha sido caro. Voy al París de toda la vida. Habrá lluvia y la temperatura alcanzará los 15 grados centígrados, según anunció el piloto el pleno vuelo.

 

EL CHARLES DE GAULLE (PARIS DIA TRES)

El aeropuerto Charles de Gaulle, bautizado así en memoria de su héroe de la Resistencia y de la Segunda Guerra Mundial. Aquel que todos despreciaban y veían menos, todos: Winston Churchill, Eisenhower, Patton, todos lo minimizaban porque no tenía ejército al mando, cuando París estuvo ocupada por los alemanes de Hitler. Comandaba una resistencia y terminó como héroe en la liberación, de allí los homenajes y las estatuas que se ven por la ciudad luz. El aeropuerto parisino es el segundo más grande de Europa, después del Heathrow de Londres, está por mover 50 millones de pasajeros al año. Lo que sé es que las pistas están en casa del demonio. Bien lejos. Como de la Y griega de La Tinaja a Tierra Blanca. Pero el vuelo, quitando unas cinco sacudidas a medio Atlántico, no pasó de más. Un buen sustillo y na. Uno desembarca y va por el equipaje. Hace frío. París está a catorce grados y para el fin de semana bajará el termómetro a 12 o 10.  Jalar las chamarras y a taparse como se pueda. Abordamos el taxi. Ahora me hospedo en un Holiday Inn, cerca de la Opera, en la 38 rue de L’Echiquier, muy cerca de Galerías Lafayette y del Café de la Paz (de la Paix), adonde iré por uno en cuanto me despoje del amodorramiento del cambio del huso horario y del jet lag, que ataranta, pega y hace sufrir.

 

EL OTOÑO

Mañana de otoño. Cambiará el tiempo conforme pase el día. Día de tour. Desayuno en la mañana en el restaurante del Holiday Inn Opera. Es uno viejo, más viejo que Kamalucas, el filósofo de mi pueblo. Los desayunos los negocié totalmente gratis. Parecería que se vive en otra época, como en el Grand Hotel de México, con un elevador antiguo y pequeño, hotel de más de cien años. No de soledad. Apurado cabemos cuatro. Vengo con mi hija Ximena, Karina, y mi cuate, el Rico que no es rico (José Luis). Unos huevos revueltos, pan y queso francés y a caminar por la calle de la 32 Rue de L’Echiquer, que traducido al cuenqueño significa el chiquero, o al menos así le llamamos. Calles no empedradas. Bien pavimentadas. Una señora batalla con un niño en su carriola. Vamos al Metro de Buena Noveule. Al Trocadero, el mejor lugar para admirar la Torre Eiffel. En el mismo sitio que alguna vez de hace años llegó el Führer, Adolf Hitler, quien con su estado mayor de malosos admiró desde allí el París ocupado. En tiempos de guerra. Tiempos que había que cuidar esta belleza, Patrimonio Cultural de la Humanidad, por donde quiera que se camine o pase.

 

LA TORRE EIFFEL

Para accesar a la Torre Eiffel hay que tomarse una hora y pico del reloj, la cola es larga, el tiempo es bueno, hace frío y es menos molesto que en temporada de verano, cuando llegan todos como marabuntas. Un vendedor afroeuropeo nos preguntó de dónde veníamos. Cuando escuchó México, respondió con admiración: “¡Chichariittoooo!”. Y nos llenó de orgullo que se conociera al joven valor de la selección mexicana. El Metro nos llevó en menos que canta un gallo. La Eiffel luce maravillosa. La renuevan día con día. Desde el primer descanso, un grupo de bomberos de la ciudad efectúan sus prácticas de rappel, en cuerda suben y bajan. El espectáculo es admirable. Se les nota en su capacidad. Me hago de un café, cuesta dos euros, una botella de agua y un refresco, tres euros, una cerveza cuatro euros. París es caro, dicen todos, es cierto, pero lo vale.

Si París valía una misa y era una fiesta, vale que se le visite en cuanto se pueda.

París vibra. Son miles los que aspiran a subir a la torre. Termina la cola.

Trepamos, se aprieta cuando se va a la mitad. El primer elevador nos lleva a un destino de descanso. Llega el otro, el que irá hasta la cima de sus 330 metros. Como si se estuviera en avión. Inaugurada en 1889, con una duración de la obra de 22 meses para una exposición universal, es el monumento más visitado del mundo, con cerca de 7 millones, cifra de 2007. Allí se escuchan todas las lenguas. Uno platica con españoles y mexicanos que van a un lado de la fila. En su cumbre se ve todo París, como si el tiempo se paralizara en las alturas. En sus inicios, cuando la inauguraron, la juzgaron como horrible, al tiempo se convirtió en el icono de la ciudad, y los parisinos viven orgullosos de ella. Iluminada por las noches, es majestuosa, imponente. En la fila oteamos lo que se puede. Llega una pareja de novios, van por la foto en la parte de enfrente, por el rumbo de la Ecole de les Invalides. Posan para la fotografía familiar. Ella, una francesa rolliza, el novio, todo en smoking. Ni sabe la que le espera. Las francesas dictan la moda. Bellas jovencitas visten con los atuendos del otoño. Botas, los pantalones y las blusas ad hoc (¿Qué demonios será ad hoc?)

Uno aquí se la pasa mirando y mirando, se admira todo.

No por algo París es la cuna de la democracia, con sus principios y el lema de la República: la igualdad, legalidad y fraternidad (liberté, égalité, fraternité)

Termino la visita a la torre. Parto a una barcaza, al pie de la misma está el Río Sena, navegable, por 14 euros daré la vuelta para recordar a los ríos cuenqueños, como el Julieta y el Arroyo Hondo y el Amate, aunque aquellos eran ríos pinchones, bajitos de fondo y Pemex los secó con su porquería petrolera.

Mañana será otro día.