Reflexionando sobre el bien y el mal en el uso del poder

1 enero 2016 | 18:46 hrs |

La espada de la justicia divina no hiere prematura ni tardíamente, aunque una y otra cosa parezca, a los que la deseen o la temen.

Dante Alighiere

Como me duele decir esto, pero, ahora que he visto situaciones sin precedente como el que en mi querido Estado de Veracruz falte dinero para cubrir lo indispensable, que algunos municipios estén a punto de la quiebra por el saqueo de administraciones irresponsables y corruptas, cuando veo que la impunidad prevalece porque no hay nadie que se haya enjuiciado o responda por saqueos, descuidos de las ciudades y por la falta de oportunidades de trabajo, en especial en los jóvenes; cuando las notas rojas no cesan de exhibir la inseguridad en cada rincón de nuestro territorio y recorro las carreteras que siguen igual o peor –sea hacia el norte, centro o sur y , no veo la voluntad de hablar con la verdad dando a conocer las razones reales del porqué se está en tal recesión económica, me pongo a pensar sobre cuánta maldad encierran en su alma los depredadores políticos y el daño tan grande que han hecho al haberse enriquecido al auspicio del poder y saciado sus mezquinas ambiciones, importándoles muy poco, el presente y futuro de más de 7.5 millones de veracruzanos.

Y es entonces, cuando creo que en el terreno de todo tipo de crisis económica, social o política, la maldad –cubierta o descubierta—en ciertas etapas ha prevalecido y ha estado presente en las personas –gobernantes, funcionarios, empleados, líderes, etc.-, y ha acelerado una inercia de descomposición, en perjuicio de la sociedad. Y entonces vienen a mi mente los conceptos del “bien” y el “mal”. Y, porque sé que para entenderlos hay que conocer la naturaleza humana, me remonto a las explicaciones a partir de diferentes perspectivas teóricas, tratando de descubrir el tratamiento que se ha hecho en el pasado al tema, quedándome claro algo: que si la humanidad aún persiste, es porque hubo necesariamente algo o alguien, que pensó en su salvación o protección, es decir, algo que provocó el equilibrio dentro del caos. Pero vámonos por partes.

El ser humano está lleno de facetas, que en función de sus actos humanos pueden estar encasillados en correctos o incorrectos, morales o amorales, éticos o no éticos, “buenos” o “malos” y ello puede variar en función de las percepciones y normas culturales. Pero en el caso de las actuaciones en los espacios donde está en juego la búsqueda o detención del poder, las convicciones, percepciones y valores de las personas cambian, tanto en el camino para lograrlo como para conservarlo, porque el mismo poder está asociado –lamentablemente–, al placer que ofrece el estatus, la jerarquía, la autoridad y los privilegios económicos que de ahí emanan. Luego entonces, para ciertos individuos, el espacio político o público, se convierte en la gran oportunidad de saciar esas ambiciones y en ese propósito se externan—con mucha frecuencia–, los sentimientos destructivos, perversos o “malignos” hacia dos direcciones principales: a) hacia lo que representa competencia u obstáculo, arremetiendo intensamente contra quien se perciba más fuertes en capacidad y habilidad; b) y hacia lo que represente oportunidad para usar o abusar de las personas, recursos, y patrimonios, a voluntad de quien manda. Ambas orientaciones son perversas.

Los espacios políticos se han convertido entonces, por lo general, en una arena en donde los valores como: la solvencia moral, el manejo de la justicia, el respeto al de enfrente, la competencia limpia y el amor al servicio, quedan fuera del repertorio de ciertos participantes, porque su ánimo está en conseguir las metas avasallando para lograr el propósito principal: obtener beneficios personales o de grupo y con ello continuar siendo un ente “solvente” para seguir en la “guerra política”. Para esas personas, sin duda, el fin justifica los medios.

Pero para conocer un poco acerca de los conceptos: “bien” y “mal”, intentaré realizar un breve análisis a partir de diferentes posiciones: teológicas, filosóficas, psicológicas, políticas, etc. Entre los teólogos, abordaré principalmente a San Agustín, Martín Lutero, Juan Calvino, entre los filósofos a Thomas Hobbes, entre los psicoanalistas a Sigmund Freud, entre los psicólogos a los exponentes del conductismo y la psicología humanista y cerraré el análisis con Max Weber como un exponente valioso de la filosofía política:

La posición del fraile africano San Agustín (354-430 d.c.), respecto al bien y el mal, la toma de la fuerte influencia que adquiere del Maniqueísmo y a partir de éste, empieza su preocupación hacia el conocimiento de la bondad y la maldad que se hacían presentes a través de dos sustancias opuestas en el hombre, una buena (la luz) y la otra mala (las tinieblas), eternas e irreductibles. Sin embargo, al abandonar esta doctrina y tomar el catolicismo, defendió la posición del libre albedrío de la voluntad, que hace que el hombre sea capaz de decidir obrar, mal o bien, y que siempre estaría frente a estas dos facetas en disyuntiva. La parte buena estaría en el espíritu y la mala en el cuerpo, por lo tanto el hombre vivía en un dualismo constante, por lo tanto, era necesario conocer el aspecto bueno y luminoso que cada hombre poseía, para que lograra a través de esa faceta su salvación. Igualmente sostenía que el Creador había establecido tres principios irrefutables: la medida, la belleza y el orden. Y sostenía que cuando estos principios se corrompen: cuando se altera la medida de las cosas, cuando se rompe o desequilibra la perfección o la belleza y se altera el orden, es cuando las cosas se vuelven malas. “la naturaleza mala es aquella que esta corrompida” .

Juan Calvino, (1509-1564) teólogo francés, enfatizaba que la soberanía era de Dios y, sus decretos eternos ordenaban todo lo que sucedería. Los calvinistas tomaban la Biblia muy seriamente tratando de armonizar todos sus conceptos. Enseñaban que la salvación era llevada a cabo por las características: bondad y fe, Dios se hacía presente, aun por encima de las fuerzas del mal, porque Él las había usado dentro de su plan eterno para salvar al mundo y la humanidad. Por lo tanto, si ese Dios era bondadoso, entonces sus hijos debían actuar a su imagen y semejanza y de este modo poder estar en su gracia.

El teólogo y fraile Alemán Martin Lutero (1483-1546) , considerado como impulsor del protestantismo, su concepto del bien y el mal se relacionaba con la coherencia en los actos humanos y su relación con dos elementos: lo correcto y lo congruente. Y lo demostró con su actitud de protesta hacia quienes juzgaban a otros sin primero juzgarse a sí mismos; hacia los que se suponía hacían el bien y no lo demostraban con sus actos. Su doctrina obedeció a una reacción propia de resistencia ante la corrupción de la Iglesia y los abusos que esta cometía en esa época, No creía en el poder eclesiástico que consideraba malas a las personas sino se sometían a su voluntad, o que vivían como reyes y no daban ejemplos de humildad, para dignificar lo que predicaban. Ello lo llevó a generar una corriente o rebelión teológica y una de sus bases principales fue considerar al hombre con capacidad para poder juzgarse, es decir que su propia voluntad y fe en Dios, sería lo que le podía salvar. Confiaba en que el hombre era bueno, si hacía efectivo el principio del orden, la autoreflexión, la bondad y era congruente entre lo que predicaba y lo que hacía.

Para Tomas Hobbes (1588-1679)– filósofo inglés, la voluntad y la conducta humana –buena o mala–, habrían de estar motivadas por deseos; por lo tanto, el poder del hombre residía en la capacidad para actuar bien y la emoción que depositara para lograr una meta. Pero también reconocía que en la búsqueda del poder podía no sólo surgir emoción, sino que los sentimientos podían deformarse surgiendo pasión o incluso –en caso extremo–, obsesión. Y en ese contexto, el hombre había de buscar consciente o inconscientemente eliminar las situaciones desagradables buscando a toda costa la meta—ambición personal del presente–, lo que le resultaría agradable. Pero según Hobbes, el problema surgiría cuando esas fuentes de placer debían ser compartidas por otras personas o cuando existían interferencias a esos deseos, eso determinaría que cada ser humano estuviera en constante guerra con los demás. Por eso él, expresaba: El hombre es un lobo para el hombre.

El motivo de los conflictos entre el bien y el mal para Hobbes las situaba en tres motivos básicos: el primero la competición o competencia, (que hacía que el hombre emitiera el esfuerzo e invadiera terrenos propios o ajenos para obtener algo); el segundo, la desconfianza, (que le provocaría inseguridad y por ello la búsqueda de eliminar todo lo que pusiera en riesgo la posesión de lo obtenido); y el tercero, la gloria, (luchando para lograrla porque eso abonaría a la reputación, al estatus y a los privilegios) .

En el caso de Sigmund Freud (1856-1939)–médico y neurólogo austriaco–, que nunca se consideró un filósofo de la moral, no le interesaba analizar los significados del bien y del mal. Él afirmaba que el ser humano era violento por naturaleza, porque desde que estaba en el vientre materno permanecía en un inter-juego pulsional entre Eros (vida) y Tanatos (muerte), es decir, desde ahí se encontraba en un proceso de autodefensa fisiológica. Pero al nacer, el Yo primario que antes se sostenía en el seno materno ahora buscaría suplirlo con otro que fuera significativo, que le sirviera de soporte y que le ofreciera placer. Y en ese proceso de placer y displacer, todo lo que atentara contra la satisfacción pulsional de origen sería malo para él y todo lo que abonara a la misma, sería bueno. Y de esta manera el ser humano iba saliendo de ese proceso de desvalidez a través de la vida, luchando contra todos los aspectos negativos de la naturaleza humana: los celos, el odio, el temor, el egoísmo. Luego entonces para Freud, el hombre para hacer lo correcto y poder existir, buscaría luchar para obtener placer como recompensa y, si veía amenazada esa posesión o perdía el orden de las cosas por la intransigencia, la intolerancia o la ilegalidad, entonces podía optar por imponerse a través de la presión o incluso de la violencia, para recuperar el estado de confort.

Para la corriente psicológica del conductismo, con sus principales exponentes Watson, Pavlov, Skinner, Bandura, etc., se enfocarían más hacia la adquisición de conductas por aprendizaje, social principalmente . Por lo tanto se deduce que las conductas “buenas” serían las adaptativas y las “malas” las no adaptativas, y estas se moldeaban en contacto con los eventos medioambientales y modelos sociales que el propio ser humano recibía en su historia de desarrollo, principalmente los de la familia y en su formación educativa a lo largo de su vida; igualmente sus actos siempre llevarían un fin: encontrar la satisfacción en la acción emitida como premio a su esfuerzo. Igualmente, los modelos que recibiera a lo largo de su vida, serían determinantes para estructurar los “juicios de valor” que le permitirían calcular sus actos presentes y futuros, medir situaciones, personas, objetos en su medio y ajustarse a las normas y hábitos de la propia sociedad. Es decir, el ser humano podía aprender a realizar actos bondadosos o malvados, perversos o negativos, en la búsqueda del logro y más cuando lo que estuviera en juego fuera un reforzador generalizado como el dinero y el poder, con su significado intrínseco.

Pero si hay una corriente psicológica que permite aclarar muchas cosas respecto al bien y el mal, es la corriente humanista. Los humanistas, cuyos exponentes principales son Abraham Maslow y Carl Rogers , destacaban como elementos esenciales en la calidad humana: la salud mental y los atributos positivos de la vida. Creían en la felicidad del hombre, pero a través una formación basada en principios que llevaran a la satisfacción, pero unida a la generosidad, la humildad, el afecto, el respeto a sí mismo y a los demás, construyéndose así en su interior, un bagaje de valores positivos que le servirían como herramientas para actuar en la vida en comunión con los demás; y para que ello se lograra, se requería de la autorresponsabilidad, es decir, que la persona se comprometiera a provocar su propio crecimiento.

Por último el Alemán Max Weber , (1864-1920) analizaba, más que el concepto del bien y el mal, el concepto de lo ético y no ético del actuar político, en particular. Para ello afirmaba que: “se puede vivir “de” y “para” la política (…) Quien vive “de” la política, trata de hacer de ella, una fuente duradera de ingresos; quien vive “para” la política, hace de ella su vida en un sentido intimo o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la consciencia de haber dado sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”. Afirmaba que no chocaba con la ética el hecho de que en la práctica política el resultado de la acción, no siempre fuera –para todos– la adecuada, pero una causa buena como propósito sería posible en razón de la fe y voluntad del político para hacer las cosas bien y hacerlas realidad en favor de los demás. Igualmente reconocía que todo éxito político llevaba en sí mismo el sentimiento de “inanidad” (vanidad o fatuidad) y esto estaba centrado en el reconocimiento que esperaba el político, como premio a su esfuerzo. Hablaba también de que toda acción éticamente orientada podría ajustarse conforme a dos visiones: la “ética de la convicción” y la ética “de la responsabilidad”, pero creía más en la segunda que en la primera, porque la primera sólo correspondía a un asunto de fe y la segunda a un asunto de compromiso respecto a las consecuencias previsibles de la propia acción política.

Afirmaba que los problemas éticos de la política estaban determinados sola y exclusivamente por el uso de su medio específico: la violencia legítima en manos de las asociaciones humanas, por lo tanto no creía en la “santificación de los medios” para atacar la violencia, sino que en caso de una situación urgente habría que detener el mal con la propia fuerza –, intelectual, ideológica o finalmente física y material—porque si se dejaba correr ponía en riesgo la supervivencia de las mayorías. Luego entonces, para Weber, la política consistía en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para las que se requería al mismo tiempo: valor, responsabilidad, pasión y mesura.
En resumen, retomando lo anterior, se puede extraer lo siguiente: 1) que existen estados internos innatos que permiten precisar que el hombre posee dos facetas, la parte buena (nobleza y racional) y la parte innata (violenta, emotiva e irracional) que están en constante interacción de acuerdo a potencialidades y amenazas; 2) que el ser humano aprende a ser “adaptado” o “inadaptado” de acuerdo a su historia de desarrollo y los modelos que recibe; 3) que la propia naturaleza humana provoca la búsqueda de atender necesidades o deseos: básicos, de seguridad, sociales, de reconocimiento y de realización en la búsqueda de la satisfacción o el placer; 4) que existen otros tipos de necesidades como las de poder, –que son altamente reforzantes por lo que significan-, por eso para algunos—de acuerdo a sus valores–, su satisfacción la centrarán al logro de metas y ambiciones a todo costo; 5) que cuando se altera el equilibrio de las cosas, cuando la pasión por conseguirlas se convierte en obsesión, la lucha se vuelve violenta y entonces el hombre se puede volver el “lobo del hombre”; 6) que en la medida de que la persona aprende a equilibrar la razón con la emoción y a practicar los valores morales y éticos, podrá vencer obstáculos y lograr su superación, sin necesidad de avasallar a otros; 7) que quien desee trascender en el medio político habrá de poseer la ética de la convicción y de la responsabilidad, además de fe, voluntad, pasión y mesura –para valorar objetivamente las situaciones y ofrecer el resultado que espera la sociedad—lo que permitirá el éxito y el reconocimiento como consecuencia.

Ojala que el tocar un tema como el presente, al inicio de un nuevo año, pueda recordarnos a todos como individuos –políticos o no políticos–, que siempre será mejor cumplir con la misión que se tenga encomendada en la vida–con la mejor voluntad–, cualquiera que sea nuestra vocación, oficio o profesión dejando a los demás, la huella de la utilidad del servicio y no el desprecio a una mala imagen o a un pésimo recuerdo. Les deseo un maravilloso 2016.

Gracias y hasta la próxima.