¿Quieres ser o no quieres ser?

1 junio 2017 | 9:31 hrs | Gilberto Haaz Diez

*De Baruch: “Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione”. Camelot.

 El to be or not to be, de Shakespeare. Ser o no ser. Estar o no estar. Anoche, ante Ciro Gómez Leyva, en su noticiero televisivo de Imagen, al gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yunes Linares, le mandó las cámaras hasta la habitación de un hotel de CDMX donde se encontraba, y le hacia la pregunta de los 64 mil: ¿Quieres ser o no quieres ser candidato a presidente de la República? Yunes cabeceaba, como Jared Borguetti en los tiempos de la selección mexicana. No dijo ni sí ni no. Dijo, eso sí, que de Veracruz solo dos preclaros hombres (eso es mío) habían sido presidentes, en los tiempos modernos. Miguel Alemán Valdés (1946-1952) y Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958). Y cuando le repetía la pregunta, el Choleño le decía ya te la contesté. Hacia una mañana, los presidentes estatales del PAN y PRD, que se quieren ahora como hermanos, o como los amorosos de Jaime Sabines: “El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”, gritaron a los cuatro vientos que Yunes era el bueno para la grande. Y las estructuras azules se cimbraron, los de la casa azul de Ricardo Anaya y Margarita Zavala. Los war room se apanicaron. Uno más, después del poblano exgobernador, Rafael Moreno Valle. No se sabe a ciencia cierta qué pasará. Por lo pronto, súmenle a otro en esa baraja del póker de ases, donde muchos quieren y solo hay lugar para uno. Quizá a Yunes le pasa un poco como al gran Mitterrand. Va la anécdota. El 23 de enero de 1988 Mitterrand descendía la gran escalera del Elysée cuando se cruzó con el autor de su biografía. Se paró y dejó caer: “No entiendo por qué está usted escribiendo un libro sobre mí”. “Porque–contestó el autor– va usted a presentarse para la presidencia”. “No tiene ni idea –contestó con tristeza– no soy más que un buen viejecito. No tengo porvenir. Estoy acabado”. 

Pues no lo estaba, resultó ser presidente de Francia.

 BUENDIA/33 AÑOS

 La mente de uno es muy dada a recordar hechos y sucesos malos. Cuando las tragedias ocurren, siempre se recuerda el lugar dónde se estaba. Un mayo de 1984, quien esto escribe estaba en Brownsville, eran los tiempos que los y las veracruzanas íbamos a esa zona fronteriza, donde había dos Mall (Plazas comerciales), el Amigoland y el Sunrise, donde el shopping se sublimaba. Al desayunar y ver la tele del comedero, brincó una nota terrible, habían asesinado al periodista Manuel Buendía, que era el primer periodista del país, y su crimen, hecho y creado desde el interior del poder, era el primer crimen a un periodista político. Gobernaba con mediocridad, Miguel de la Madrid. Excélsior, su casa editorial, se enlutecía. Comenzaba a permear el narcotráfico y los funcionarios públicos comenzaban a hacerse aliados de ellos. Con el poder de sus armas. Temido y respetado, en su columna Red Privada, no dejaba títere sin cabeza. El poder le temía. Había que silenciarlo, y lo silenciaron desde el interior, desde las entrañas del gobierno, un crimen de estado que salpicó a muchos, y que su autor intelectual fue detenido por el veracruzano, Ignacio Morales Lechuga, que procurador era de la Nación. Fue el primero de una serie de crímenes, que hoy no se detienen. Cito al Financiero: ‘Nunca se aclaró con certeza cuál fue el móvil del asesinato, pero pagaron con cárcel el director de la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS), José Antonio Zorrilla Pérez, y varios de sus comandantes. Un agente más, Manuel Ávila Moro, fue sentenciado como autor material. Zorrilla Pérez era amigo íntimo de Buendía, y fue la primera persona a la que su secretario particular, el hoy columnista Luis Soto, le habló por teléfono minutos después del asesinato. Varios comandantes de la DFS llegaron a la oficina de Buendía y por órdenes del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, se llevaron expedientes del voluminoso archivo que tenía Buendía. Su crimen no tiene aún a los culpables verdaderos ni a las motivaciones políticas que lo provocaron. Treinta y tres años después, la historia continúa. México, en este campo, no ha cambiado’.
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*Esta es opinión personal del columnista