Quieren, pero no son del negocio. Narro entre ellos

31 julio 2017 | 10:01 hrs | Jorge Miguel Ramírez Pérez

Existe la especie muy aceptada dogmáticamente, en la nube del colectivo imaginario, que cualquiera puede gobernar. Se basan casi sin saberlo, en una tradición que se desprende de los ideales distorsionados de la revolución francesa; en particular de la religión jacobina, implantada por Maximiliano Robespierre;  que hasta cambió el calendario y tenía un culto a lo que el creía, por supuesto loquísimo, acerca del hombre ideal.

Ese dogma tan difundido en México en la etapa revolucionaria, trataba por una parte, de que la gente pasara por alto la ignorancia de los autonombrados generales, que no alcanzaban ni completar algunos, la primaria como Lázaro Cárdenas; otros como el jefe máximo Calles, era maestro rural; otros cantantes de ópera, como De la Huerta y los mas, hasta que llegó Alemán, no tenían conocimientos suficientes en las ciencias del gobierno.

Pero por otra parte, también se buscaba que el seleccionado no tuviera ninguna agarradera propia, sino la dependencia a la visión estrecha del mandatario anterior. No se vaya a salir del huacal, puede ser peligroso.

Por eso se reforzaba que lo importante era ser revolucionario, eso era lo que contaba.

Durante el aciago siglo XIX, lo que se acreditaba entonces como ahora, era la cercanía no al conocimiento y enfoque de los problemas, sino a los intereses. Así es la política, sobre todo. cuando la gente no tiene interés y no opina.

Guerrero un guerrillero experto en peleas a navajazo limpio, fue héroe y presidente de México. Quien lo impulsó al mundo político, el embajador Joel Poinsett;  su verdadero jefe, a quien la historia oficial le endilgó el papel de personaje siniestro, resultó ser  el malo, pero contradictoriamente su apadrinado, el bueno.

Son muchos los ejemplos de la ignorancia de los jefes; Santa Ana no tenía una idea geográfica y pensaba que Texas era del tamaño de Tlaxcala, hoy hay quien cree sin recato, que es lo mismo Ojinaga que Okinawa.

Pero en general en diversas naciones y principalmente en el tercer mundo, la creencia es: que se necesita un insuperable y nada comprobable, amor por la patria; dicen popularmente: es lo que vale. Obviamente un sector alineado en la militancia del candor lo sigue creyendo, si no fuera así, no existirían los López Obrador.

Pero no nada mas en México se creen los mitos asociados a “seres especiales”, que por intermediación de los espíritus como Madero, o porque se creen con poderes cuasi mágicos, como ese fanático de las pirámides, Cavazos Lerma; ocupan cargos.

Esas personas muestran que no necesitan de la letra, sino de sus amigos que los ubican para taponar a otros, o hacer negocios. Ni siquiera se atreverían muchos, a pensar en su carisma, como lo señalaba el siempre referido Max Weber.

Últimamente, ya la teoría del carisma viene a ser sustituida por una voluminosa campaña de medios que satura al público aburrido. Allí está Trump, que es un caballo de Troya, que calculadamente lo pusieron los que mandan allá, para romper compromisos so pretexto que es un iletrado.

Claro que hay abuso hacia los ciudadanos cuasi rurales de la nación vecina, que todavía creen que Estados Unidos fue el único vencedor sobre Hitler, y que no dudan la nota vieja, que los astronautas pusieron un pie en la luna. Los que madrugan, se aprovecharon de los que profesan exageraciones chovinistas a modo.

Pero eso es un proyecto de astucia, con el fin de renegociar y quitar subsidios mundiales. En pocas palabras, dejar colgados de la brocha, a los amigos del ayer reciente, a los que les ayudaron a esta etapa del orden mundial que se acaba de terminar y que todavía los afectados, no quieren reconocer que es un hecho.

Pero lo que perfila dramáticamente acerca de lo que vengo argumentando, es la declaración pomposa de la semana pasada del secretario de Salud, el Doctor Narro, quien se afirma es el “caballo negro” para disputar la presidencial. En un programa intenso, “para darse a conocer”; al Doctor Narro, le tocó hablar….

Y de verás que Peter, el del principio es todo un profético visionario cuando se trata de establecer límites a los trepadores políticos y de los negocios; porque el señor ex rector, de la que se dice y recontra afirma, que es la “máxima casa de estudios” de México: la UNAM, el doctor Narro, el que por cierto, su apellido es un anglicismo que viene de narrow, que significa estrecho, se pasó de limitado. No sabe lo elemental. Ni siquiera tiene quien le escriba un discurso con conceptos básicos.

Porque se echó un queda bien pésimo, al decir que el presidente Peña, está empeñado en la “impartición de justicia”, que es el tema que mas le importa; lo peor es que tampoco tiene un publirrelacionista profesional, porque para agraviar el yerro, indetectado por ellos mismos, lo destacaron como frase subrayada en los diarios.

Y a decir verdad creo que nadie se enteró, porque si Narro, quiso decir que Peña, estaba entregado en la búsqueda de la justicia, hubiera sido suficiente; pero se trataba de sonar con algo rimbombante, y por querer adornar de más, lo que mal entiende, dijo: ¡impartición!

Señor Narro, la impartición es única y exclusivamente la razón del poder judicial, de los jueces. De ninguna manera del poder ejecutivo; aunque como lo dijo, para usted, eso de la impartición le pareció como una forma subordinada más al cesarismo, en este caso del presidente: “no me ayudes compadre”; porque parece que el galeno, ex rector, confunde como mucho mexicano, que el poder judicial, es de los que eran policías judiciales.

Era un acto en el que estaba el titular de la PGR, que sí mantuvo su línea retórica, sin problemas.

Asombra la candidez, de las ganas de torear de los novilleros. Con razón hay espontáneos.

*Esta es opinión personal del columnista