¿Por qué se ve imparable Obrador?

22 enero 2018 | 9:35 hrs | | Jorge Miguel Ramírez Pérez

Por Jorge Miguel Ramírez Pérez

 

Mientras las personas masivamente crean en el pensamiento mágico, cualquier mentiroso los puede engañar. Por eso desde la antigüedad los jefes políticos se decían dioses; los griegos se autonombraban como hijos de deidades y de bellas humanas, que los habían seducido. A los césares se le adoraba como tales.

De cuando en cuando se proclamaban edictos, para que las peticiones solo fueran hechas al autócrata, excluyendo a cualquier deidad –incluso-, so pena de muerte; como sucedió al bíblico Daniel, que fue a parar a un foso de leones hambrientos.

De hecho siempre que alguno dominaba un pueblo extraño, solo podía ser reconocido como dios, porque la lógica lo excluía, como parte del pueblo dominado. Alejandro Magno tuvo esas pretensiones. Los mexicas, vieron en los conquistadores castellanos deidades, hasta que Cuautláhuac, malamente llamado Cuitláhuac; como lo apodó la Malinche, porque el vocablo Cui es excremento; demostró que eran simples mortales.

En la edad media Carlomagno diseñó los mandos bicéfalos, se declaró emperador del Sacro Imperio Germánico Romano y se convirtió en interlocutor del papado. Pero casi nadie escapa, son muchos los que quieren ser venerados. Muchos. En el siglo pasado, entre los muy conocidos: Hitler, Mao, Stalin, Castro Ruz.

El emperador de Japón Hiroito por ejemplo, hace 73 años fue obligado por Mac Arthur a declarar al pueblo de la Sony, Nissan, el karate y el sushi, que no era dios. De los últimos perturbados está el gordito de Corea del Norte, por citar algunos.

Esa inveterada tendencia de hacerse súbditos los que son libres, es parte de un intenso deseo por vivir en otro mundo, en otra realidad, sin el consabido esfuerzo que representa lograr algo, poco a poco, o de plano cambiar de canal ante lo imposible.

En esos callejones sin salida, las masas se someten ante quien las seduce con las mentiras del colectivo, que quiere un mundo mejor, con la vara mágica del voto a favor de lo mas absurdo.

Porque las propuestas de los candidatos hacen pensar a la mayoría, que es un asunto de voluntades.

Que si quiere fulano, o se compromete mengano, se pueden realizar las cosas mas preciadas. Pocos entienden que eso no es posible, que lejos de ser un tema de voluntades, es más bien un contenido de condiciones que no pueden cambiar, para el bien personal subjetivo, sino en todo caso, empeorar; si se fuerzan los mecanismos que le dan sustento a la vida social, más allá de los sueños.

Y como lo señalaba Castoriadis, como el hombre de la modernidad prescindió en su horizonte de Dios; los sucedáneos del poder superior surgieron, nutriendo los deseos de la inmortalidad perdida.

Las expectativas se fueron a personificar en las naciones y sus líderes; y en la era de la democracia moderna, en los discursos con pretensión salvífica. Vota por mí y las puertas del paraíso terrenal te serán abiertas.

De ahí que el obradorismo con sus sacerdotes oficiantes como Epigmenio Ibarra, el cineasta manipulador, ofrecen; que lo que tu piensas, sea lo que sea: será realidad, siempre y cuando entregues tu voluntad; entregues tus anhelos; y mas allá de la política, te entregues a una religión pejista, que cree primero en él, antes que razonar.

Eso explica que una Tatiana Clouthier, llegue a confundir a su padre con Obrador; a Bartlet con el caballo que vengará sus frustraciones; a Romo como el nuevo aval de sus fracasos empresariales y financieros; a Lily Téllez, como la reivindicación de su incomprendida vocación al éxito; a Cuitláhuac como el pase automático que no revele sus ignorancias; a Ahued, como la puerta, que le cambie el destino que lo ata a cubetas y trapeadores; a la Nahle, como la extensión del pasado, pero con poder y no como burócrata del montón. A Manlio y a los priístas de viejo cuño, con la posibilidad de una vida más allá de la muerte política.

Todos con diferentes metas. Metas mágicas, engañados por las mismas frases no terminadas, las que infieren “lo que tu ya sabes…” lo más atroz de la manipulación mental.

Por eso Obrador es un caverna de sombras, una tormenta de mentiras, que les abre irracionalmente, lo que ya no pueden ser. Les ofrece todo lo que se les ocurra, sin corta pisas.

Avérnico, no solo a los que han cambiado su identidad por una distinta, trocando su nombre por uno extraño, como Polevtski; sino a los que no podrán ser lo que eran, pero que urgen del aplauso, como el alcalde morelense; o a los trepadores del evangelio de la prosperidad del PES, que están dispuestos a renegar de su valores puritanos, con tal de sentarse en la mesa del mesías de la prosperidad utópica.

¿Y las masas? en las mismas. Ya se ven con las pensiones gordas, sin hacer nada. Con jugosas becas sin estudiar; y los estudiantes, accediendo a títulos sin exámenes.

¡Una vida de pelos!

Obrador es una contagiosa perturbación que no ha sido diagnosticada como lo que es: una enfermedad virulenta.

*Esta es opinión personal del columnista.