¿Por qué es tan cara la fruta en Japón?

Hasta entrar en el período de crecimiento acelerado en Japón, la fruta se concebía como un artículo de lujo que se consumía en ocasiones especiales

27 noviembre 2017 | 13:19 hrs | Nippon

Existen ligeras diferencias entre las fruterías de Japón y la manera en la que se comercializa la fruta al peso en el extranjero. En el archipiélago nipón, por ejemplo, hay comercios con una larga historia de venta de fruta de primera calidad que exhiben en sus escaparates sus productos protegidos por una malla de espuma y concebidos para ser ofrecidos como regalo. Además, no resulta raro encontrar sandías con forma triangular o de corazón. Las personas que proceden de otros países se preguntan, sorprendidas, por qué la fruta es tan cara en Japón.
En el barrio tokiota de Nihonbashi se ubica el primer establecimiento de las fruterías Senbiki-ya, cuya belleza no dista de la que se puede apreciar al entrar en una joyería. Allí encontramos melones cantalupos –musk melon en japonés– comparables al jade y que desprenden una fragancia digna de su nombre (musk significa “almizcle”); su precio oscila entre los 14.000 y los 21.600 yenes la pieza. Además, se venden uvas de la variedad Seto Giants, brillantes como las esmeraldas, a 12.960 yenes por racimo. Tanto el brillo como el precio son equiparables al de una piedra preciosa.
En su obra Dave Barry does Japan (Dave Barry en Japón), el columnista estadounidense no oculta su sorpresa ante el precio de los melones en unos grandes almacenes japoneses, 75 dólares la pieza (en aquel entonces, en 1992, unos 8.000 yenes), y comenta su aspecto delicioso y presentación en una hermosa caja de madera. A este respecto, menciona una faceta de los modales locales a la hora de hacer un regalo. Se trata de ofrecer el obsequio diciendo tsumaranai mono desu ga, que podría traducirse como “No es más que un detalle” o “He aquí un pequeño obsequio”. En este sentido, señala que la actitud de los estadounidenses sería totalmente la contraria, ya que la persona que hace el regalo probablemente diría, mientras el receptor lo abre, algo así como “No te imaginas lo que ha costado este melón”. El autor escribe también que un gesto así es difícil de olvidar, de ahí que años después, en una fiesta, uno quisiera presentarse de la siguiente forma: “¡Hola! Me llamo Bob y una vez regalé un melón que costaba 75 dólares”.
El 98 % de las ventas de Senbiki-ya, que lleva 182 años ofreciendo sus servicios, corresponden a obsequios, cuyo requisito mínimo es que, además de un buen sabor, tengan un buen aspecto. Su cartera de clientes es diversa: organismos públicos, firmas comerciales, bancos, personas dedicadas a la ingeniería civil y la arquitectura… Cuentan incluso que tienen un cliente de Oriente Medio que llega mensualmente en su jet privado para comprar la fruta de temporada, tras haber recibido un melón cantalupo como regalo de parte de un japonés.
Ōshima Ushio, responsable de la División de Planificación y Desarrollo de Senbiki-ya, afirma con orgullo que la fruta de Japón es, sin duda alguna, la mejor del mundo en calidad y sabor.

En el establecimiento, Nazar Mohammad, un abogado británico que se encuentra de viaje de negocios en Japón, comenta los productos: “Es cierto que son caras, pero nunca había visto unas uvas tan grandes y ordenadas. Compraré una caja para probarlas después”. Al ver los melocotones blancos, a 3.780 yenes la pieza, se sorprende: “En Harrods cuestan 5 libras como mucho [unos 650 yenes]. Por el precio de uno de estos melocotones se puede comprar 30 en un supermercado de venta al por mayor”.

“Compramos fruta también en el Mercado Central Metropolitano de Tokio de Venta al Por Mayor], pero la forma de comprarla es diferente de la de Senbiki-ya”, afirma Hashimoto Yoshihei, que regenta con su familia una frutería, que abrieron sus abuelos, en las inmediaciones de la estación de Zushi, a una hora en tren al sur de Tokio. “Nosotros compramos una caja de fruta en buen estado, pero Senbiki-ya encarga una caja de selección a un productor mediano de entre una treintena de cajas”, explica el comerciante, de 73 años.