Por fin descubren el secreto de las ‘cataratas de sangre’ que tiñen la Antártida

La respuesta al enigma se halla a 300 metros bajo hielo

11 agosto 2017 | 11:48 hrs | Play Ground

En medio de la blancura del Polo Sur, una inmensa mancha roja tiñe uno de los acantilados de la Antártida. Con esa impactante imagen en un lugar tan puro se toparon por primera vez unos exploradores en 1911, quienes pensaron equívocamente que el color anómalo de las bautizadas como Blood Falls (cataratas de sangre) era fruto de unas algas rojas.

Aunque esa idea se descartó con los años cuando se halló en unas muestras óxido de hierro, las profundidades congeladas del impenetrable glaciar Taylor, ubicado en la Tierra de Victoria al este de la Antártida, han ocultado hasta ahora el secreto de dónde emanaba y cuál era la causa de esa maravillosa extrañeza.

Por fin, gracias a un radar capaz de rastrear la trayectoria, un equipo de científicos liderados por la Universidad de Alaska Fairbancks, ha averiguado el camino que sigue la salmuera roja a 300 metros bajo el glaciar. Según explican en el estudio publicado por Journal of Glaciology, el flujo de agua salada rica en hierro se abre paso en el interior del glaciar y se oxida al entrar en contacto con el aire en la salida.

Jessica Badgeley, autora principal de la investigación, señala que hace más de un millón de años, mientras el Glaciar Taylor se extendía por la Antártida, atrapó un pequeño lago de agua salada bajo numerosas capas de nieve y hielo. A pesar de que se consideraba bastante imposible que el agua líquida pudiera aguantar dentro de un glaciar, la salmuera se concentró tanto que se volvió demasiado salada para congelarse.

“Aunque suene contraintuitivo, el agua libera calor a medida que se congela, y ese calor calienta el hielo más frío que la rodea. El calor y la temperatura de congelación más baja del agua salada hacen posible el movimiento del líquido, por lo que el glaciar Taylor es ahora el glaciar más frío conocido que tiene agua que fluye constantemente“, explicó el glaciólogo Erin Pettit.

El estudio arroja también luz sobre la ecología de esa corriente al descubrir que no es un hábitat muerto. El agua es la casa de unas bacterias extremadamente resistentes que han conseguido sobrevivir atrapados durante milenios en esas condiciones alimentándose a base de sulfato. El bloque de hielo de las ‘cataratas de sangre’ alberga vida y agua líquida que fluye.