Pakistán, el país de las dos caras

Si bien es cierto que los focos de las últimas décadas han estado apuntando a Afganistán, es imposible entender el entramado sociocultural de este país sin atender a Pakistán

26 febrero 2018 | 9:05 hrs | El Orden Mundial

Pakistán es un país forjado a través de sus amenazas. Compartir una frontera más nominal que efectiva con Afganistán y la amenaza nacional que siempre ha visto en la India ha configurado una mentalidad pakistaní que deposita amplia resolución en sus organismos de fuerza; de ahí el carácter interventor del Ejército en las cuestiones políticas. La relación que tiene con los países limítrofes ha marcado la partitura política de Islamabad: India representa el enemigo natural e histórico, mientras que Afganistán es el territorio que los líderes pakistaníes han aspirado a fijar bajo su órbita para beneficio y estabilidad propios.

Tanto Pakistán como Afganistán han tenido problemas crónicos de unidad interna. Son Estados creados por demarcaciones exteriores que no guardan coherencia étnica. Así es que ambos países arrastran una Historia de violencia y desestabilidad interna, amén de divergencias entre las demarcaciones estatales y los vínculos tribales. Tras la partición del Raj británico en 1947, la línea Durand —dibujada por Gran Bretaña en el siglo XIX para delimitar la esfera de influencia rusa y la región colonial india de Reino Unido— dinamitó el alineamiento de las comunidades.

La implicación recíproca en el devenir de Afganistán y Pakistán ha sido una constante. La invasión soviética del primero significó el punto de inflexión: en plena Guerra Fría, Islamabad y Washington fortalecieron sus vínculos por el mutuo interés en cambiar la esfera de influencia afgana; daban apoyo logístico y entrenamiento a todas las facciones muyahidines y gracias a esta alianza Pakistán comenzó a desarrollar sus estructuras estatales, especialmente el Ejército y su agencia de inteligencia, que ganarían suma eficiencia y prerrogativas gracias a la financiación y adiestramiento de los estadounidenses. Por su parte, la Administración estadounidense vio en el país asiático el activo estratégico idóneo desde donde debilitar indirectamente a la URSS.

En este contexto, Pakistán ha sabido sembrar sus intereses y sacar provecho del cordón umbilical étnico. La etnia pastún, de la que procede el núcleo talibán, está presente en ambos países, lo que ha significado una alianza natural a la hora de forjar coaliciones y trasvasar militantes o bases. No obstante, hay otras comunidades, como los punyabíes, situados en el noreste y bien posicionados en el estamento militar y la economía, además de Baluchistán en el suroeste, otro pueblo olvidado, y Sind en el sureste, provincias con cuestiones pendientes con el Gobierno central. Sobre este abanico étnico asentado en un mapa irreal hay que solapar el conflicto de Cachemira con la India; para los líderes pakistaníes supone un riesgo vital al implicar a la potencia nuclear que es también su mayor y primer enemigo.

En el oeste, en la zona de Waziristán, las facciones talibanes pakistaníes operan en el norte y el sur con impunidad debido a la discontinuidad del ejercicio militar pakistaní. Aun así, el escenario esconde un entramado más complejo, ya que a Islamabad le interesa que ciertos grupos, como los pertenecientes a la red Haqqani, continúen con sus acciones al coincidir con la línea de seguridad y política del Gobierno pakistaní.

Una región estratégica

La alianza con Estados Unidos supuso un cambio para Pakistán. Washington, además de proporcionar apoyo a la insurgencia contra los soviéticos, comenzó a financiar el desarrollo de los organismos estatales. Islamabad empezó a recibir sufragio económico y adiestramiento táctico, lo que permitió que las esferas militares se tecnificaran y comenzara a gestarse un sistema de inteligencia muy capaz, preparado para enfrentar y manejar las amenazas circundantes.

La esfera de poder pakistaní siempre ha visto con escepticismo la realidad política de Afganistán. La inestabilidad constante y el entramado conflictivo de sus etnias y facciones se han considerado desde Islamabad como justificante para intervenir en su devenir político, además de la profundidad estratégica que podría dar en caso de una guerra con la India. Así es que Islamabad ha aspirado constantemente a fuerza aliada en Kabul para estabilizar un país en guerra desde hace décadas. Por eso mismo, primero dio apoyo logístico y técnico a los talibanes y, cuando estos tomaron Kabul en 1996, Pakistán fue la primera nación en reconocer su régimen.

La frontera entre Afganistán y Pakistán ha supuesto siempre un factor volátil, vital para entender el efecto de un país sobre el otro. Desde los días contra los soviéticos, cuando los muyahidines se armaban en suelo pakistaní para después combatir en el país vecino, hasta el traslado de bases y campos de entrenamiento yihadistas de un territorio a otro, las dos naciones han mantenido una retroalimentación orgánica, y mucho de ello hunde sus raíces en sus elementos étnico-tribales. Esto prosiguió tras la ocupación internacional de Afganistán; permaneció como lanzadera de operaciones y reforzó exponencialmente el poder de los actores no estatales representados en los señores de la guerra. Esto no ha hecho más que amplificar el uso de la fuerza sin sujeción estatal. Actualmente, el exponente terrorista es el Movimiento de los Talibanes en Pakistán, que aglomera decenas de facciones cuyo objetivo es instaurar un régimen islámico.

Más allá de contadas operaciones militares como contraataque, la esfera de poder pakistaní ha estado más interesada en alcanzar la paz con los grupos radicales que en acabar con ellos, fruto de unas condiciones geopolíticas que limitan la eficiencia militar en una guerra a largo plazo. Sin embargo, con esta decisión se pasaron por alto varios factores: la guerra contra los soviéticos fue el embrión de la yihad mundial, en primera instancia contra los invasores comunistas; posteriormente, la causa islamista encontraría su santuario en Afganistán con una red ecuménica gracias a Al Qaeda. Los talibanes enarbolaron este pensamiento con su régimen y supieron sacar el máximo partido de la orografía, añadido a cuanto la Historia y la guerra habían traído hasta las montañas de Asia central.

Relación ambivalente con el terrorismo

Los sucesos del 11 de septiembre dotaron de nuevo a Pakistán de una importancia estratégica en el ámbito internacional. Si bien en la década de los 90 sus servicios de inteligencia habían apoyado al régimen talibán, una vez declarada la guerra al terrorismo por la Administración Bush, Islamabad se vio en la tesitura de hacer oficial el apoyo a su potencia aliada, Estados Unidos. Pero esta proclamación fue más oficial que efectiva. A partir de entonces, Pakistán entraría en un doble juego: arrestaría a terroristas de Al Qaeda, pero daría más margen a los grupos y figuras de poder afganos, como Jalaluddin Haqqani o Gulbudin Hekmatiar.

Los militares, de la mano del general Zia ul Haq, fueron los primeros en instrumentalizar el islam para contrarrestar los nacionalismos étnicos, tan vigentes en las provincias de la frontera afgana, que acabaron por convertirse en nido y refugio para yihadistas. El Ejército pakistaní ha sido uno de los principales responsables; ha acaparado un poder cardinal en el orden estatal, capaz tanto de acabar con Gobiernos como de emplear indirectamente grupos insurgentes en beneficio de la nación pakistaní.

El papel de Pakistán en su estrategia contra el terrorismo tiene un doble filo, representado por cuanto ha dejado que ocurra y cuanto no ha podido impedir que sucediera. La deficiencia del control fronterizo, la jurisprudencia territorial, las diferencias entre el estamento político y el Ejército pakistaní y las divergencias entre Washington y Islamabad han supuesto que Pakistán se haya convertido en un bastión del terrorismo yihadista en las provincias donde no tiene poder real.

Las regiones de Waziristán del Sur y del Norte, en las áreas tribales administradas federalmente (FATA por sus siglas en inglés) del oeste pakistaní, y Pastunjua —antigua Provincia de la Frontera del Noroeste en la India británica—, en el noroeste, cuentan con autonomía y evidencian el enraizamiento del poder tribal. Esta condición convierte sus territorios en espacios perfectos para el rearme y el empoderamiento de los grupos. Del mismo modo, ayudada por el desdibujo fronterizo, esta administración política ha permitido la movilidad operativa y logística de grupos fundamentalistas, con Al Qaeda y los talibanes a la cabeza.

Este escenario ha sido una constante. En 2014 el Ejército pakistaní lanzó la ofensiva Golpe Afilado —Zarb-e-Azb— en el noroeste y sur del país, con unos resultados notables: entre 2014 y 2015 las operaciones insurgentes y terroristas, así como las víctimas mortales, menguaron un 42%. No obstante, dadas las características del terreno, el ecosistema tribal y las limitaciones operativas y económicas del Ejército, la prolongación de esta operación en el tiempo resulta insostenible. En 2016 los políticos pakistaníes reconocían la presencia de en torno a 45 grupos operando en su territorio y se debatía si el autoproclamado Estado Islámico estaba presente en la zona, como afirmaban fuentes estadounidenses.

En busca de un padrino
Recientemente se han abierto nuevos frentes y oportunidades para Islamabad. La sociedad con China ha ido creciendo con el macroproyecto “One Belt, One Road”: 62 mil millones de dólares se van a invertir en el Corredor Económico China-Pakistán, orquestado por la Administración del destituido Nawaz Sharif. Ahora se verá la fortaleza de las relaciones: dónde queden las negociaciones una vez formado el nuevo Ejecutivo marcará si la alianza está depositada en la persona del desposeído Sharif o en el activo pakistaní. Más allá del ámbito comercial, la República Popular China está ganando enteros en una alianza más íntegra con Pakistán, una que implique una inversión más profunda y una alianza más poliédrica. Paralelamente, la Casa Blanca toma las medidas drásticas de un presidente con miras geopolíticas de una legislatura.

La Administración republicana de Donald Trump también ha tenido palabras para Pakistán. En su línea aislacionista, el presidente estadounidense ha recalcado la exigencia a Islamabad en su lucha contra el terrorismo, una labor que se ha puesto en entredicho numerosas veces; el propio Trump calificaba el país de “puerto seguro para terroristas”. Desde 2002 Estados Unidos ha proporcionado a través del Fondo de Soporte Económico más de once mil millones de dólares a Pakistán, pero esto no ha sido impedimento para que las crisis diplomáticas se hayan ido sucediendo a lo largo de los años. Las operaciones militares estadounidenses, especialmente con drones, y la proclamada operación que dio muerte a Osama bin Laden en Abbottabad en 2011 han sido una demostración de la falta de confianza en la labor contraterrorista que alberga Washington hacia Islamabad. Esto ha llevado al Ejecutivo estadounidense a tomar medidas por la estrategia de Islamabad, del que espera que con el dinero gane eficiencia en el control fronterizo para evitar el movimiento de insurgentes y asegurar las rutas de aprovisionamiento.

Por el lado negativo, Pakistán también debe lidiar con la influencia exponencial de la India en Afganistán, donde ha afianzado la relación en los últimos años por medio del Acuerdo de Asociación Estratégica en aras de ayudar a potenciar las infraestructuras estatales de la nación afgana y desarrollar sus capacidades autóctonas, una situación compleja dado lo que representa la India para el ordenamiento de seguridad y defensa. Que Pakistán sea potencia nuclear espolea la inquietud de los organismos internacionales: le supusieron sanciones internacionales que fueron interrumpidas por la prioridad de la lucha contra el terrorismo tras el 11S. Más tarde, el potencial geoestratégico del territorio pakistaní prevaleció sobre las sanciones e hizo de Pakistán partícipe en la guerra para derrocar a los talibanes y destruir a Al Qaeda. No obstante, la carrera nuclear de este país ocupa un capítulo importante dentro de la Historia nuclear mundial.