Miró y las forma de soñar el mundo

El MoMA neoyorquino despliega 60 obras del artista catalán creadas entre 1920 y 1950

18 marzo 2019 | 11:17 hrs | El País | Arte y Cultura

En la muestra que el MoMA neoyorquino dedica al artista catalán Joan Miró, un chaval, cogido de la mano de su madre, contempla El nacimiento del mundo y le pregunta a ella: “¿Dónde está el niño?”. “El niño era Miró”, le responde. Joan Miró: Birth of The World, hasta el 15 de junio, es la cuarta exposición monográfica que ofrece este museo al pintor nacido en Barcelona en 1893 y que falleció en Palma de Mallorca en 1983. Hubo una primera, muy temprana, en 1941, a las que siguieron otras en 1959 y 1993. Esa monumental El nacimiento del mundo(1925) es la obra que da título a la exposición y todas las demás piezas giran en torno a ella. Son más de 60, compuestas entre 1920 y 1950.

André Bretón, poeta surrealista, fue quien animó a Miró a que pintara aquel gran lienzo. Luego se la compró. Bretón ya seguía la pista de Miró desde que se quedó prendado de su pintura Paisaje catalán (1923-1924) y le animó a que compusiera una obra de mayor tamaño que ahondara en la misma línea creativa. Miró admiraba la poesía desde su adolescencia y más de una vez dijo que había aprendido mucho de los poetas. Aprendió a pintar leyendo, llevaba la poesía al lienzo, la sintaxis rota de las vanguardias poéticas reaparecía hecha pintura en sus obras. Miró confesó que intentó “aplicar colores como palabras que forman poemas, como notas que forman música”. Paisaje catalán, presente en la muestra, anticipaba el sentido de la nueva estética que Miró trajo al mundo del arte. Aunque el cuadro se titule así, el paisaje que se muestra no es un paisaje al uso, no hay nada que recuerde a la naturaleza, es un paisaje visto con la mirada interior. Miró se había liberado de lo visible. Aún sin ser figurativa, la pintura, según él “habla más de Montroig que cualquier obra paisajística”.

La muestra del MoMA está organizada de manera cronológica y recoge tanto los años anteriores como los posteriores a El nacimiento del mundo, su evolución desde que vivía en Barcelona hasta el mural que pintó para la Universidad de Harvard en 1951, una obra hecha en su madurez, y en la que su estilo es ya definido y reconocible. La exposición se detiene en el proceso de creación de Miró, en la relación que tenía con la poesía mostrando obras en diferentes formatos que van “más allá de la pintura”, en su compromiso con la libertad y con los derechos humanos y en sus sueños.

'Naturaleza muerta' (1922-1923).
‘Naturaleza muerta’ (1922-1923). MOMA

Poesía y naturalezas muertas

Abre la exposición el retrato que hizo a su amigo Cristòfor Ricart (1917). Lo dibujó de manera expresionista sobre una pared amarilla y una pintura tradicional japonesa. La siguen varias naturalezas muertas, también de la misma etapa. Son unos bodegones vanguardistas con objetos suspendidos en el espacio. En una de las naturalezas muertas aparece la palabra “Lejo(s)”. Porque lejos estaba París de su tierra natal en aquellos primeros años. Quien quería ser “catalán internacional” consiguió mudarse a París en los primeros años veinte. La ciudad, y los artistas y poetas que conoció allí, cambiaron para siempre su forma de pintar. Aunque no porque quisiera copiar lo que hacían los pintores de moda. No, simplemente París le dio la confianza para mirarse dentro de sí, y así encontrar un estilo propio.

Hirondelle Amour (1933-1934) es un buen ejemplo de aquella búsqueda. Miró simuló el dibujo del vuelo de las golondrinas, y de ese rápido movimiento surgen formas que recuerdan a personas. Lo más llamativo es que cuando los cuerpos de diferentes personas se cruzan, adquieren otro color. El color surge del contacto.

La tensión política y el miedo al totalitarismo crearon el Cantante de ópera (1934), donde la “agresividad” se retrata “a través del color”. Es una cantante con la boca exageradamente abierta y con el sexo hiperbolizado. Nos avisa de algo. De la guerra que vendrá. La Guerra Civil está muy presente en la muestra. Ya en su exilio, Miró compuso en el estudio de Louis Marcussis la serie de ocho aguafuertes, Negro y Rojo (1938). Son obras pequeñas, urgentes, hechas con material barato. En Naturaleza muerta con zapato viejo (1937), un zapato viejo es pintado de manera psicodélica con colores eléctricos. Pero la que más desasosiego crea es la serie Cuerda y pueblo, compuesta de una gruesa soga real que recuerda los ahorcamientos. Tortura, violencia y represión se dibujan sobre papel marrón.

Y así llegamos a las obras de la década de los 50. El humor vuelve a aparecer en Retrato de un hombre dentro de un marco del siglo XIX. Ahí está el Miró travieso que pintarrajea sobre un cuadro academicista de un señor burgués. El impresionante mural de Harvard nos retrotrae al Miró más reconocible, aquel “que pintaba como un niño”. Aquella madre tenía razón, el niño era Miró. El autorretrato que se expone al final de la muestra lo deja claro. Es un señor con ojos de niño que imagina estrellas, planetas, otras formas de soñar el mundo.