Mañana de inquietudes

23 marzo 2017 | 9:40 hrs | Gilberto Haaz Diez | Gilberto Haaz Diez

Dios perdona, pero a veces hay que darle la razón a Nietzsche cuando dijo que se lavaba las manos después de haber estado en contacto con algunos creyentes hipócritas.
Camelot

 

Es la mañana que las televisoras se enlazan a Londres, tiroteo en el Parlamento. Cerca de la Abadía, por el puente Westminster. El terrorismo en toda su extensión. La misma mañana que las mismas televisoras no dejan al periodista tentón, el exdirector de La Prensa, que se agandalló la camiseta de Tom Brady, el mariscal que lloraba por su jersey (ni que fuera el de Messi). Chillón. Eso sirvió para que el jefe de prensa del halcón Donald Trump, otro halcón como él, culpara a los periodistas de gandallas, lo bueno fue que se lo dijo a los gringos acreditados en la Casa Blanca. De ahí no pasó. Es la mañana que desperté pensando en Maquiavelo, donde un tiempo en Florencia, que es como Chacaltianguis, pero con mucho arte, al pie de su estatua me tomé una foto para recordarle. Los políticos, los mañosos y los que no lo son, suelen leer a Maquiavelo. Algunos políticos balines, o sea, de los chafas como Carvallo el malo, lo tenían de cabecera, pero se dormían antes de abrir una hoja. Maquiavelo nació y murió en Florencia (1469-1527), es considerado el padre de la Ciencia Política Moderna. Fue asimismo una figura relevante del Renacimiento italiano. En 1513 escribió su tratado de doctrina política titulado ‘El príncipe’, publicado póstumamente en Roma, sus consejos han servido para que los escritores abreven allí. Como este del periodista español, Manuel Vicent: “Cuando se tiene poder y autoridad, gobernar es una cuestión de olfato. Son muy famosos estos consejos de Maquiavelo: si no eres amado, procura al menos ser temido y si te ves obligado a hacer un daño que éste sea contundente y rápido para que el ciudadano lo olvide pronto, pero a la hora de hacer el bien trata de dosificarlo lentamente, poco a poco, para que la opinión pública lo entienda como una felicidad duradera”. Allí por esa calle uno puede ver estatuas del David de Miguel Angel, de Galileo Galilei, Dante Alighieri, Cellini y Da Vinci, y tantos otros que actuaron como lobos esteparios, y le dieron al mundo cultura y mucho Renacimiento.

LA DE PASQUINO
Alguna vez, caminando por Roma, en lo que iba baboseando (babosear es ir despistado, viendo todo con la boca abierta) por sus calles, me topé con una escultura chica. Llamó mi atención y me acerqué a descubrir qué carajos era eso. Era de Pasquino, un personaje helénico, una gente como Kamalucas, un filósofo de mi pueblo, que nada se callaba. Era pregonero y decía todo, para incomodidad de las autoridades. En la estatua romana, en la Plaza Pasquino, a unos metros de Plaza Navona, mutilada de los dos brazos, la gente llega y muestra anónimamente su inconformidad. Pegan letreros a mano o impresos en contra de las autoridades. En la antigüedad romana, los mandones enviaban a gente a que vieran qué carajos opinaban de ellos. Estatuas Parlantes, les llaman los citadinos romanos. De allí nació el término ‘Pasquín’, que se le adjudica a algunos diarios chismosos y amarillentos. ‘Es un Pasquín’, dicen. ‘No le creas’. Suelen las estatuas ser referencia a algo o a alguien. Cuentan que en Marruecos, hace unos 400 mil años, se descubrió un objeto que podría ser la primera estatua del mundo. Hallada entre el polvo y tapada al paso de los siglos. Otros dicen que en 1831 el italiano Pietro Tenerani hizo la primera estatua sobre pedido de Simón Bolívar. Aunque ya había una sobre George Washington del mismo Cánovas, su maestro.

LAS DE ESTE LADO
En México pululan muchas. En el mundo ni se diga. Suelen los dictadores querer ser inmortalizados arriba de sus caballos, desde Napoleón hasta Francisco Franco. De este último, en España han limpiado las plazas públicas donde el generalísimo solía montar a caballo. La que quedaba en los estertores con vida, se ubicaba en Santander, los vientos de la democracia la hicieron ir a otro lado, a que Franco cabalgara por otra parte. No en sus parques. No a la vista de todos. Ahora allí no saben qué hacer con el Valle de los Caídos. Otro monumento a la guerra. Carlos Fuentes aseguraba que las estatuas solo sirven para que las caguen las palomas. Y muy cierto. Pase usted y véalas, todas bien cagarruteadas. Las palomas no respetan a los próceres de la patria. Ellas cagan y se van. Emprenden el vuelo bien satisfechas, y se van. Hay infinidad de estatuas en el mundo. Unas muy famosas, otras, muy saladas. Algunas, infumables. En CU, dinamitaron una de un expresidente, que no les gustó nadita de nada. Con todo su toga y birrete. La estatua tenía una altura de 7.50 metros. Había costado 409 mil pesos de la época. Era obra del escultor Ignacio Asúnsolo, quien la hizo mientras se edificaba Ciudad Universitaria, durante el gobierno de Miguel Alemán (1946-1952). En ella se representaba al entonces Presidente Alemán de cuerpo entero. Fue inaugurada el 18 de noviembre de 1952 y demolida en 1960. La que Francia le regaló a Estados Unidos, la Estatua de la Libertad, que luce ahora toda maltratada por el halcón Donald Trump. El Corcovado, con su Cristo de 38 metros de altura. En Tierra Blanca, pueblo cuenqueño, hay una muy pinchona. Dedicada a un ferrocarrilero que ni de allí era, Jesús García Corona, de Nacozari, Sonora. No ha llegado el valiente alcalde que la jubile y la mande de paseo.

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NR: Esta es opinión personal del columnista.