Las familias jóvenes sí pueden ser felices

11 marzo 2016 | 9:42 hrs |

Dra. Zaida A. Lladó Castillo

 

El concepto de familia ha sufrido cambios serios en los tiempos modernos, sin embargo conserva la aspiración e inspiración en el sentido de la preservación del núcleo familiar y con ello, continuar siendo la base en la que se sustenta la sociedad contemporánea.

Actualmente para los jóvenes, poder vivir en una relación de pareja estable y formar una familia armoniosa, pareciera cosa de ciencia ficción. Algunos chicos lo logran, pero la gran mayoría no corre la misma suerte. Aspectos como la desinformación, la educación sin límites, los vacíos internos o la falta de orientación, llevan a los jóvenes a tomar decisiones al vapor derivando en matrimonios exprés (duración corta), uniones libre de tipo abierto o sin compromiso, con altos riesgos de tener como destino el fracaso, fracturas en el vínculo o disfuncionalidad familiar. Por eso no es extraño ver en la actualidad la inmediatez y ligereza con la que hacen y deshacen un noviazgo, una unión de pareja, un matrimonio o una familia, aunado al aumento en la violencia intrafamiliar y los problemas de conducta antisocial y adicciones dentro de los núcleos familiares jóvenes.

Es por ello, que hay razón en quienes afirman que “la educación de un hijo, empieza veinte años antes de su nacimiento”, lo que nos demuestra que problemas como la alta incidencia de violencia en el noviazgo, separaciones o divorcios, no es más que el reflejo de lo que como sociedad nos ha faltado hacer, reconociendo el no haber sido del todo conscientes de la forma en que se ha educado a los hijos, los modelos sociales proporcionados y el tipo de orientación mediática recibida en los jóvenes, que en lugar de ayudar a planear su vida, en muchos casos los ha vuelto incapaces de tomar las mejores decisiones.

Por lo tanto debemos aceptar que el problema ha avanzado por décadas y que hoy deriva en otros problemas sociales colaterales y de la agenda pública, lo que hace necesario abordar el tema, ya no posponiéndolo o delegándolo al gobierno, sino que sea la propia sociedad y principalmente la familia, quienes asuman su responsabilidad porque ahí es donde corresponde remediarlo. Y para poder analizar la génesis del problema hay que entender su origen.

Recordemos las formas tradicionales de educar que existieron hasta la década de los sesenta del siglo XX, momento en que la familia considerada mayoritariamente nuclear, establecía las formas de convivencia, normas, roles y actividades para cada sexo e integrante, comportamientos que en la década de los 70 y 80 cambian debido a los nuevos esquemas educativos y laborales, la emancipación femenina, su decisión sobre la maternidad y el nuevo rol de la mujer como jefa del hogar que provocó que en décadas posteriores se formaran nuevas tipologías en la familia.

Ackerman[1], en sus estudios sobre la perturbación de la conducta en la familia contemporánea, descubría lo siguiente: “la característica de nuestro tiempo es la total desarmonía de las relaciones del individuo con la sociedad…tendencia hacia la sensación de estar perdido, de soledad y confusión personal…por todas partes hay en las relaciones familiares una corriente subyacente de inquietud, culpa y temor, como si en un miembro pudiera traicionar a otro. No son claras las normas de familia, líneas de conducta, lealtad y pretensiones. Las relaciones de los padres mismos están llenas de esta corriente de sospecha, duda e indecisión”.

Lo que quiere decir, que al hacer una radiografía de los núcleos sociales familiares actuales, observamos que existen inseguridades al interior, producto de la desinformación social a la par con los medios de comunicación, la dinámica laboral, la emigración y el escaso tiempo para compartir y ante esto la sociedad se ha quedado muda, sin diálogo y aparentemente sin recursos para ayudar a las uniones o matrimonios de jóvenes que hoy luchan por conservarse juntos, en el “ensayo y error”. Por lo tanto, es importante reflexionar sobre lo que se debe rescatar del valor de la educación familiar tradicional, conjugándolo con los modelos modernos funcionales, para intentar dar a esas nuevas relaciones, lo que les ha estado faltando en ese difícil proceso de saber actuar, decidir y vivir de manera armoniosa como individuos, pareja y familia. Por eso hoy tocamos el tema, analizándolo por partes.

Primeramente es necesario hacer consciencia en los adolescentes y jóvenes, de la importancia de hacer las cosas bien desde el noviazgo, pues para muchos esta etapa es un verdadero enigma, especialmente hoy que ellos buscan este tipo de relaciones desde tempranas edades y en la mayoría de los casos no poseen la suficiente madurez para enfrentar los problemas en una relación de ese tipo. En esta fase, es muy importante la orientación de los padres, tutores o terapeutas, pues implica fomentar fuertemente el respeto a su persona y enseñarles a que deben ser receptivos a detalles que lesionen la dignidad individual. Es el tiempo de ser muy comunicativos y comprensivos porque están aprendiendo a abrir sus emociones.

Una vez que los jóvenes pasan de un noviazgo a un compromiso formal, matrimonio o unión libre, pueden presentarse problemas en la convivencia en los primeros meses o años, que obliga a ser abordados con madurez y prudencia y que de no hacerlo, se tornarán complicados. Para muchas parejas, es difícil sobrepasar el umbral de los primeros 5 años de relación, sin embargo esto puede lograrse a través de tres infalibles armas: a) la adaptación, b) la comunicación y c) la comprensión.

  1. La adaptación. Implica aceptarse mutuamente –hombre y mujer– en sus defectos y virtudes reconociendo cada quien, desde el principio, la existencia de diferencias individuales derivadas de sus propias historias de desarrollo; es decir, las respectivas costumbres, hábitos, formas de pensar y de actuar, lo que produce choques en la convivencia. Al principio, la pareja aun será influida por sus propias familias—se presentarán aun los apegos–, pero con el paso de los meses, ese vínculo se irá aminorando hasta lograr la autonomía y consolidación en la nueva convivencia, lo que logrará que las familias de origen, les respeten como nuevo núcleo. Pasado el tiempo, se podrán superar otros problemas al ir reconociendo y puliendo esas diferencias, con voluntad, respeto y constancia y sobre todo amor, para mantener viva y en armonía la relación.

 

  1. La comunicación. La forma más sencilla y efectiva para lograr identificar diferencias, aclarar dudas, apresurar el conocimiento de cada quien en la pareja, etc., es a través de la comunicación. La cual debe ser permanente, sincera, clara y directa. Hay asuntos de pareja que no pueden ser resueltos vía redes sociales, mail o mensajes de texto. Eso es un esfuerzo inútil. La comunicación por ambas partes debe ser en dos vías, escuchar y compartir (cara a cara), para a toda costa evitar las decisiones autónomas que a la larga se vuelven egoístas. Una relación matrimonial o en pareja necesita priorizar el “nosotros” por encima del “yo creo” o “yo actúo sólo”. El rumbo de la relación debe ser analizado y decidido por ambas partes.
  2. La comprensión. Implica dejar a un lado el egoísmo y abrirse a ser empático o ponerse en el lugar del otro. Esto cuesta trabajo al principio pero una vez logrado es una buena forma de entender el motivo que lleva a la pareja a sentir, pensar y actuar de determinada manera, y con ello evitar caer en la justificación o el juicio. Este ejercicio debe realizarse en pareja, para poder entender que cualquier acto individual no platicado puede confundir, ofender o lastimar al otro, voluntaria o involuntariamente, pero que si media la sensibilidad y el respeto, la relación se volverá cordial, amorosa y aún más unida.

El éxito de estas tres armas, deviene de la práctica de otras actitudes y conductas positivas, entre las cuales están:

Ceder y conceder. En principio y antes de actuar, se debe pensar en el de enfrente—, sin confundir esto con subestimación o pérdida de dignidad–, por ejemplo, tratando permanentemente de compartir los planes diarios, escuchando las razones e ideas del otro y si estas son válidas, ceder, para que también se conceda posteriormente, es decir, es importante dar para en consecuencia recibir con creces.

Ser sensible. Ser sensible, significa anticiparse a pensar en los efectos o consecuencias de lo que uno puede provocar con lo que se dice y actúa, en los sentimientos y vida de los demás. Aquí dos ejemplos. Primero, ser sensible al respeto. Es común que los jóvenes recién casados convivan con los círculos de amigos mutuos, y habrá cosas que molesten a alguna de las partes en esas convivencias; luego entonces, ambos deben siempre ser perceptivos a su comportamiento y al de cada quien, para evitar situaciones que puedan herir u ofender a la otra parte en presencia de otros. El respeto a la pareja siempre se habrá de demostrar frente a las amigas, amigos y familiares. Asimismo, se debe cuidar este respeto hacia, con y en las familias de ambas partes, suegras, suegros, cuñados, etc.

Segundo, la apariencia y la expresión. De solteros los jóvenes se visten o hablan como quieren, pero de casados o en pareja las cosas cambian, pues habrá cosas que no agraden a alguna de las partes. Acciones como vestir provocativo, lenguaje soez, beber en exceso, ofrecer demasiada confianza a los amigos o amigas, etc., son conductas que pudieron ser normales durante el noviazgo, pero que ya de casados o unidos, implica hacerlas con moderación—o evitación– porque tanto puede afectar a la pareja, como generar malos entendidos con otras parejas o personas.

Saber Perdonar. Este es lo más difícil, pues perdonar implica un verdadero acto de constricción, es decir, que la persona responsable del hecho, se compromete total y enteramente a no repetir el error. Algo así como el alcohólico que un día decide jamás volver a tomar y con fuerza de voluntad, lo cumple. Parece sencillo, pero aprender a abandonar el orgullo o la soberbia para con humildad aceptar que se ha cometido un error y en consecuencia ofrecer una disculpa o realizar las acciones necesarias para corregir o resolverlo, es el verdadero reto para los jóvenes y de cualquier ser humano.

Para que exista un conflicto, se requieren dos, por lo que el perdón también debe venir de ambas partes: del que ofendió y del ofendido. Ambos deben asumir su responsabilidad, y en equipo, poner de su parte para resolver la situación de la mejor manera. Sólo se debe tener cuidado en no confundir el perdón, con el arrepentimiento permanente, ese que se hace costumbre y que sirve para escudar la persistencia de conductas perjudiciales, muy lejano al arrepentimiento sincero.

Ser honestos. Después de una discusión o diferencia, no se deben guardar rencores o dejar cosas sin decir, porque es perjudicial para la relación el irse a la cama con resentimientos, alimentando odios personales o planeando venganzas hacia terceros. Hay que hablar directo, con respeto y sinceridad, pues sólo así podrán trabajar juntos para encontrar la mejor solución. Es preferible, tener una sana y acalorada discusión, –sin que esto signifique ofensas o violencia–, y desahogarse en el momento oportuno y en forma contingente al hecho que lo ocasiona, que pasar meses o años de fingida paz e indiferencia, pues esto sólo se acumulará y tarde o temprano buscará salida, ya sea en una explosión (hacia afuera y hacia otros) o una implosión (hacia adentro, dando origen a enfermedades futuras), provocando consecuencias irreversibles individuales, de pareja y familiares.

Cambiar la competencia por la cooperación. Muchos jóvenes han sido educados para la competencia más que para la cooperación. Lo cual distorsiona la manera de relacionarse, principalmente con su pareja, pues lejos de valorarla la ven como el rival a vencer. Cuando hombre y mujer compiten entre sí, los lazos de respeto se pierden paulatinamente.

Por ejemplo, cuando las mujeres casadas o comprometidas quieren hacer lo mismo que el varón, es decir competir con él en su rol, realizando cosas como: concentrarse todo el tiempo en el trabajo y desentenderse de los detalles familiares, delegar totalmente la educación de los hijos en otros, tomar el trago o salir con su grupo de amigos o compañeras de trabajo, etc., lo que en algún momento generará problemas y, si la mujer no analiza de fondo sus actos y no justifica con razones válidas esas “libertades”, el reclamo o enojo de la otra parte será inminente. En algunos casos, la inmadurez puede vencer a la razón y la parte limitada puede llegar a tomar actitudes de resistencia, capricho y venganza, complicando más los problemas, mismos que deben ser trabajados más a fondo y con orientación de un profesional.

Un ejemplo en los hombres sería, su actitud ante la sensación de sentirse rebasados por su mujer en aptitudes u oportunidades, cuestión que en lugar de tomarlo como motivo de orgullo, en ocasiones se visualiza como algo incómodo o un reto a vencer; y la respuesta puede ir desde el reclamo, hasta valerse de cualquier tipo de violencia, psicológica, física, verbal, etc., para opacar méritos, dañando así severamente a su pareja y por ende su relación. En estos casos, lo valioso es reconocer –hombre y mujer–las potencialidades mutuas, considerándolas un privilegio porque dos seres inteligentes y productivos, pueden superar más rápidamente los problemas familiares –económicos, de comunicación, de planeación de vida, etc.,–y esos valores derivarán en el fortalecimiento del núcleo.

Buscar el equilibrio. Si los jóvenes que conviven en pareja llegan a madurar en unidad y son inteligentes, lograrán conjugar diariamente la sensibilidad, el ceder y conceder, el perdón, la honestidad y cambiarán la competencia por la cooperación, y por medio de estas herramientas podrán resolver con tranquilidad sus problemas y diferencias, planear diariamente su vida, tomar acuerdos para encontrar soluciones consensadas en donde medie el respeto y el afecto, sanar heridas y tener la libertad de ser ellos mismos aceptándose y amándose tal cual son. La aportación de ambas partes, pero en especial de la mujer por su sensibilidad y visión, es de vital importancia para mantener el equilibrio y la armonía en la relación.

En suma y como dijera Erich Fromm, así es el “Arte de Amar”.

Y eso es en lo que todos nos debiéramos esforzar, aprender a amar para saber dar y valorar lo que se recibe. Porque todos por el hecho de ser humanos, nacemos con la capacidad de poder dar amor y de estar dispuestos a recibirlo y, si no hemos desarrollado esa habilidad, también es bueno saber que podemos lograrlo con voluntad, práctica, formación y dedicación.

Y creo que el tema da para mucho, aunque baste el hecho de haber provocado la reflexión para lograr hacer consciencia –en todos–, de lo mucho que podemos hacer para que los jóvenes sean mejores personas, que sus relaciones de pareja, matrimonio y familia funcionen, en suma, que éstos tengan elementos para que puedan construir con seguridad y amor, día con día, su propia felicidad.

Gracias y hasta la próxima.

[1] Ackerman N. , Citado por: Hoyos Botero, Consuelo. Psicosociología de la familia e instituciones prematrimoniales, Medellín, Señal editora, 1996, p.59.