Las dos tumbas

3 noviembre 2017 | 10:09 hrs | Gilberto Haaz Diez

*La vida es la risa entre un rosario de muertes. Es venir de ningún sitio e irse a ningún sitio y estar en todas partes rodeado de lágrimas. (Lorca). Camelot

Son Días de Muertos, serían Días de Guardar, escribiría el gran Monsiváis. Comienzo la mañana en este México que, algunos tiempos, se divierte jugando a los volados, a veces con la vida y a veces con la muerte, diría el Vate. En España, bendita tierra, donde anduve y andé, ahora no compré tantos libros porque los libros pesan muchísimo, y en el aeropuerto de Barajas-Adolfo Suarez, por una maleta extra estos canijos me metieron la faca (expresión mexicana) y me cobraron 80 euros, como si fuera Slim, que eso es una fortuna por maleta, casi 1600 pesos. En fin, en mi periplo por las librerías se me antojaban todos los títulos, aunque sé también que ya los escritores españoles suelen estar en las librerías de México, todos ellos, me hice de unos dos de Manuel Vicent y compré uno de un tema interesante, ‘El Caso Lorca, fantasía de un misterio’, de Manuel Ayllon. A eso voy, a escribir en este Día de Muertos de dos genios, de dos tumbas, la de Federico García Lorca, tumba inexistente pues su cuerpo no ha sido hallado, desde su muerte en aquellos años terribles cuando caía la República y en Granada, camino de Viznar a Alfacar, un 17 de agosto de 1936, murió fusilado por bestias y rencores, al grito de Patria, Unidad, Caudillo, Iglesia. Murió en ese día el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Como dramaturgo se le considera una de las cimas del teatro español, junto con Valle-Inclán y Buero Vallejo. Su muerte ha sido un misterio, hasta la fecha no se sabe dónde enterraron su cuerpo esos canallas, que entre falangistas y republicanos y nacionalistas, tomaban el poder y se llevaron a la historia al gran Federico. He leído libros de él, su biógrafo más acertado ha sido Ian Gibson. Arqueólogos, desenterradores, historiadores, todos han ido a escarbar donde los fusiladores comentaron en aquel tiempo que por allí lo habían sepultado. Nada encuentran. Es una tumba ausente. Ha habido entre la familia amenazas de demandas, porque su familia, de la Fundación García Lorca, han pedido que no lo busquen más, que lo dejen donde esté. Hace un año escarbaron, metieron pala y pico y nada. A los 80 años de su fusilamiento, junto a tres personas, García Lorca no aparece. El Crimen fue en Granada, le escribió, Antonio Machado, otra tumba ajena: “Se le vio, caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. Mataron a Federico cuando la luz asomaba. El pelotón de verdugos no osó mirarle la cara. Todos cerraron los ojos; rezaron: ¡ni Dios te salva! Muerto cayó Federico —sangre en la frente y plomo en las entrañas—… Que fue en Granada el crimen sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada”.

 LA OTRA TUMBA (MACHADO)

 Antonio Machado hablaba en verso y vivía en la poesía. Otro de los grandes de la Generación del 98, que en plena guerra civil, a la caída y agonía de la Segunda República Española, buscó el exilio hacia Francia, y allí murió y fue sepultado en Colliure, pueblito francés donde sus restos aun descansan al lado de su madre. Ha habido intentos por repatriarlo a España, a Sevilla, donde un grupo se ha abocado a esa aventura de regresarlo a casa, traerlo para aquí tenerlo entre los suyos. No se ha podido. La tumba es muy visitada. Turistas y amantes de la poesía han tomado ese sitio como una Meca literaria, un peregrinar. Muerto en el pleno encumbramiento del franquismo, huido en la pobreza, como cientos lo hicieron en esas caravanas que llevaban tristeza por abandonar su patria, allí murió para nunca más volver. Bajo la lluvia y los fríos atardeceres, caminaron de Barcelona a la frontera de Francia, en tren, a pie, como se podía, Machado se llevaba a sus espaldas su excelsa poesía. Durmieron en un vagón estacionado en una vía muerta. Antonio Machado murió a las tres y media de la tarde del 22 de febrero de 1939, Miércoles de Ceniza. José Machado relataría luego que su madre, saliendo por unos instantes del estado de semi-inconsciencia en el que la habían sumido las penalidades del viaje, y al ver vacía la cama de su hijo junto a la suya, preguntó por él con ansiedad. No creyó las piadosas mentiras que le dijeron y comenzó a llorar. Murió el 25 de febrero, justo el día en que cumplía los ochenta y cinco años de edad, haciendo efectiva la promesa que formuló en voz alta en Rocafort: «Estoy dispuesta a vivir tanto como mi hijo Antonio». Ana Ruiz, fue enterrada junto a su hijo en el nicho cedido por una vecina de Colliure, en el pequeño cementerio de la localidad francesa donde reposan sus restos desde entonces.

Andalucía, Sevilla, todos lo quieren de regreso, pero el alcalde del pueblo francés les dijo que nada, que allí se queda, que si Machado lo encontró la muerte allí, y no dejó dicho de ser repatriado, ahí descansa como exiliado que fue, quizá el mejor y mayor exilio que se dio en el tiempo del franquismo.

Con fecha de 5 de mayo de 1941, Antonio Machado fue expulsado post mórtem del cuerpo de catedráticos de Instituto. Hubo que esperar hasta 1981 para que fuera rehabilitado (con la misma fórmula) como profesor del instituto Cervantes de Madrid, por orden ministerial de un gobierno democrático. Una justa reinstalación. Su madre murió tres días después que el poeta. Su tumba recibe cientos y miles de cartas que les escriben y se archivan.

Al pueblo francés en su conjunto, “por acoger a Antonio Machado, por refugiar su sueño eterno y, sobre todo, por mantener su aliento ejemplar, su tumba como un lugar de peregrinación para todos aquellos que persiguen la belleza y que, por lo tanto, también persiguen la justicia”, han escrito españoles de esa lápida famosa.

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*Esta es opinión personal del columnista