LAS DOS GLORIAS

15 septiembre 2016 | 10:51 hrs | Columna | Gilberto Haaz Diez

Por Gilberto Haaz Diez

*El dolor es una casa donde las sillas han olvidado cómo sostenernos, los espejos, cómo reflejarnos; las paredes, cómo contenernos. Camelot

La vida de Juan Gabriel es muy similar a la de Edith Piaf. La gloria del canto de Francia. Ambos tenían diferentes nombres del artístico, él, Alberto Aguilera Valadez, ella, Edith Giovanna Gassion. La mujer es considerada la más grande cantante del Siglo XX y de todos los tiempos, que Francia aportó al mundo musical. Juan Gabriel, a su muerte, es considerado el más grande, superando a José Alfredo Jimenez como cantante y autor.

A ella se le conoció como La “môme Piaf” (en “argot” francés significa niña y pájaro,  respectivamente), y fue su Ruiseñor. El nuestro alcanzó a ser el Divo de Juárez. Ahora veo la cinta Hasta que te conocí, que Azteca 13 ganó la primicia a su rival, Televisa. Una hora de una serie nocturna de 10 capítulos, donde se narra la pobreza de la vida de pequeño de Alberto Aguilera, que como la Piaf cantaba en las esquinas, bajo los Puentes de París, por unas monedas, cuando un descubridor de talentos la llevó a conquistar la cima más grande del mundo de la canción. Y a Juan Gabriel un día, su reloj se puso a tiempo con su triunfo.

ESAS TRISTEZAS

La niñez de Juan Gabriel fue espantosa, de sufrimientos, de dormir en las bancas de los parques, de pasar hambre, como esa anécdota que un día, estando en el Blanquita buscó a Lucha Villa o Lola Beltrán y a la Prieta Linda, y al lado de José Alfredo comieron en un restaurante popular unas tostadas. Años después, en la RCA Víctor se encontraron, ya encumbrado Juan Gabriel como el máximo vendedor de discos de esa firma. Vendía lo que vendían todos los artistas de esa disquera, incluido Marco Antonio Muñiz, cuando el Divo de Juárez los saludaba, al lado del director artístico, Enrique Okamura y del gran Eduardo Magallanes, que le acompañó durante toda su carrera artística, hasta su muerte. Esa disquera maquilaba extra, porque sus máquinas no se daban abasto editando los discos de acetato. Juan Gabriel sufrió porque su madre de pequeño lo entregó a una Casa Hogar, él pensó que lo quería vender. Ella fue fría en su cariño, lo que él extrañó por siempre.

A su muerte, en el panteón de Parácuaro, Michoacán, solo Magallanes le acompañó. A llorar a su madre. A despedirla. Esa historia dolorosa de su vida se cerraba. Antes vendría aquella cárcel, donde pasó un par de años por un lio donde era totalmente inocente.

Narra la cinta sus pasos en los festivales, su fracaso en un evento en Venezuela, donde por su nerviosismo ni movía las manos. Parecía estatua.  A Piaf le pasó algo igual: “En ‘Voyage Du Pauvre Negre’, si hago con los brazos los movimientos de un nadador al final de la canción, es porque cuando la canté la primera vez no me acordaba muy bien de la letra y se me ocurrió ese gesto”.

DOS ETERNOS

 Una fue gloria de Francia, el otro fue gloria de México. Su muerte y su desfile de fieles en Bellas Artes, ante sus cenizas, revelan lo que siempre se pensó, pero nadie imaginó, que era un ser muy querido y amado por sus fieles seguidores. La música tiene un antes y un después de Juan Gabriel. Como lo tuvo la vida dolorosa y de sufrimiento de Edith Piaf. Cuando dijo: “Mi vida de niña puede parecer espantosa, pero era hermosa… Pasé hambre… Pasé frío… Pero era libre…. Libre de no levantarme… De no acostarme… De emborracharme… De soñar… De esperar.”. Ambos amaron y fueron rechazados. Desde aquella Vida en Rosa hasta Amor Eterno, el homenaje a la madre, Juan Gabriel y Edith ganaron los corazones y el reconocimiento mundial de los amantes de la música. Aún en esa cinta televisiva se ven los discos llamados Long Play (Larga duración), de portada de cartón, que en esa época valían 67.50 pesos. Luego desaparecieron, como los extended play, que traían cuatro canciones y se pasó al cassete y ahora al CD y al DVD. Todos esos caminos los recorrió Juan Gabriel. Edith Piaf, alcohólica y enamorada, murió a los 47 años, joven, en la plenitud de su canto. Juan Gabriel muere a los 66 años, aún joven para estos tiempos, y con muchísimo camino por recorrer y con miles de canciones que canta todo México y todo el mundo.

Un legado de los dos al mundo de la música. Son eternos ya, porque la muerte se los lleva, pero la música de ellos aquí queda, para quienes la querrámos escuchar.

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