La transfiguración de José Antonio Meade

17 octubre 2017 | 23:25 hrs | Javier Roldán Dávila

Parajoda kafkiana: la ambición de poder provoca metamorfosis  política

José Antonio Meade Kuribreña fue uno de los casos de sobrevivencia transexenal, gracias a su jefe, Luis Videgaray, lo que le permitió seguir en los primeros planos en la administración del presidente Peña Nieto, después de ser un pilar del calderonato.

Las circunstancias políticas, desgastado el virrey Videgaray, han redundado en que el ‘superhombre’ de la tecnocracia itamita, se encuentre en la posibilidad de ser candidato presidencial del PRI, sin realmente tener una militancia probada en el ex partidazo.

Para congraciarse, don Pepe ha llegado a grados que desdibujan su pretendida imagen de funcionario honorable, porque suponemos que la congruencia es parte de la honestidad.

Hace un par de días señaló: “Es mucho lo que el país le debe al PRI en términos de su capacidad de generar consensos”. Antes, en su comparecencia en el Senado, a pregunta expresa de por quién había sufragado en el 2012, cuando era empleado de Calderón, sin empacho, afirmó que votó por Peña Nieto.

Es obvio que el suspirante presidencial está dispuesto a todo con tal de obtener la bendición del Tlatoani, además, de adquirir un certificado extemporáneo de su estirpe priista.

El asunto sería irrelevante, si durante su paso por el calderonato, Meade hubiese realizado proselitismo por el PRI, pero no, hay un sinnúmero de registros periodísticos que demuestran que todo ese tiempo, el señor vistió la derechosa casaca de los albiazules.

Todo lo anterior nos permite concluir, Perogrullo dixit, que la tecnocracia financiera tiene controlado el modelo de nación desde hace muchos años, las plataformas ideológicas de los partidos pasaron a segundo término, por ello, el tamaño del despropósito no importa.

Sin embargo, ante el palpable fracaso del neoliberalismo, el nacionalismo revolucionario sigue resollando. Que no olvide Meade que los priistas tienen un sexto sentido, que les permite reconocerse donde quiera que militen.

*Esta es opinión personal del columnista