La llamada del Gobernador

12 diciembre 2016 | 9:48 hrs |

Por Gilberto Haaz Diez

*Saber para prever, a fin de poder.
Camelot

A las 10.45 de la noche, medio adormilado, entró la llamada. Sin secretaria de por medio, llamada directa. No alcancé a ver quién era pero lo escuché y al instante reconocí que era el gobernador Miguel Ángel Yunes Linares. Enterado del asalto a mi hermana y Eduardo y su hija, en un Oxxo de Boca del Río, cerca de donde vive, en la Tampiquera, preguntó si estaban bien. Le di los pormenores de lo poco que sabía, pues ando fuera. Y le agradecí la llamada. Me dijo algunas cosas de la delincuencia y donde tienen ubicados focos rojos y lo que se hace, sé que es un hombre preocupado por la inseguridad y sé también que alejará esos vientos malos del estado. Lo ha dicho hasta el cansancio y seguido se reúne con la Marina Armada de México, el glorioso Ejército Mexicano y las fuerzas federales. Él sabe bastante de esos asuntos porque es una gente que ha recorrido esos caminos, los del combate a la delincuencia, apenas dijo que los expulsará del Estado, a todos, y rogamos a Dios que así sea, que no quede uno en Veracruz, ese flagelo que le llegó al país convertido en delincuentes y que tanto daño hacen y han hecho a miles de familias. La impunidad los ha protegido. Yunes los combatirá, sin duda. Agradecí la llamada y me levanté a escribir estas líneas nocturnas.

 

OH AQUELLOS AÑOS IDOS
Hace cosa de nada, unos días, nos reunimos como solemos reunirnos de vez en cuando un grupo de amigos de la infancia, de aquellos años vividos en un pueblo sin mar, pero con mucha calor, Tierra Blanca. En la plática, evocamos a los muertos, aquellos amigos que ya no están entre nosotros: Nos acordamos de los días felices que allí compartimos, de los fallecidos: Roberto (Pachorras), Isidro (Chilo), Marco Verde, Osman Salomón, los tres de la tía Edelmira: César, Eduardo y Edgard (Yito), Pique Valera, El burro mielero, Felipe Terrones, el Charro, Zacarías, un excelente taquimecanógrafo, oficio que ya no existe pues desde el Internet eso murió por la patria, Juan Bravo, que era tan bravo y peleador, y precisamente por peleador lo mataron en un pleito de barrio. Todos tomamos diferentes caminos, unos partimos a vivir fuera del pueblo, otros allí se cortaron el ombligo, con ellos compartimos y nos convocamos los de fuera, unos cuantos, no todos. En el bunker de mi hermano Enrique y con la maestría del cheff Tomás Ramón, al grito de a la gorra no hay quien le corra, comimos un excelente borrego al horno, camarones al ajillo, caldo de jaiba y los frijolitos refritos con chile seco: Beto Ávila, Genaro Hernández, el comentarista Croda, Tito mexicano, Antonio Churro Mora, Fernando Pavón, Joaquín Barragán, Uribe, José Luis Rico, Alfonso Arcos, que es médico de los buenos y allí me acordé cuando en Tierra Blanca se oía silbar el tren, y atrás de la vía, su señor padre tenía una residencia que era propiedad de los Ferrocarriles, cuando eran Nacionales de México. Yo recuerdo que a mis 13 o 14 años allí había una cancha de tenis y allí vi llegar a Pelón Osuna y los Loyo Mayo y la ranita Zarazúa y los Reyes, incluida La Pajarita, eran lo mejor del tenis en México, la élite de los Copa Davis, llegaban invitados por el doctor Arcos, una eminencia médica y un hombre de bien. Nosotros recogíamos las bolas y nos extasiábamos con estos gigantes del tenis mexicano. Dicen que esa casa aún existe, no he vuelto a regresar, como muchos de nosotros, a esa parte atrás de la vía que en 1959 fue tomada por el Ejército Mexicano y se decretó un Estado de Sitio, cuando esos dirigentes honestos ferrocarrileros le pararon el país al presidente López Mateos. El presidente montó en cólera y mandó detener a Demetrio Vallejo y a Valentín Campa. A Tierra Blanca llegó el Ejército, mi padre era gerente de la estación de radio, XEJF. Una mañana llegó un teniente, todo mandón, diciendo que tomaba el control de ese medio, que era, además, el único en la ciudad. Un soldado se ponía atrás del locutor en cabina y cada nota que se leía la tenía que autorizar el dichoso teniente, rubricarla, como si fuera un Parte de Guerra, era penoso y delicado y nervioso porque los locutores a la vez eran trabajadores ferrocarrileros, como mi padre, que fue oficinista de esa legendaria estación. Vi caminar una vez por la calle principal, al pie de Constitución, a Vallejo y Campa, aquellos dos parecían gigantes por su honestidad y por su valentía. No como el de ahora, un pillo deshonesto, y feo. Esposas de los maquinistas se tendían sobre las vías para que los trenes no caminaran. Ni modo que atropellaras a la vieja. Eran estampas como las rieleras revolucionarias, como las Adelitas de la Revolución, cuando terminó la huelga ese pueblo fue de los últimos que entraron a laborar, junto con Matías Romero y Veracruz, la lealtad a Vallejo y Campa no tenía discusión, era un pueblo muy importante porque tenía Taller y Casa Redonda. Esas historias vinieron a la mente ese día que nos reunimos los amigos, que aún llegamos al lugar donde los recuerdos nos persiguen. En aquel sitio que fue emporio ferrocarrilero y donde, como dice Elena Poniatowska. El tren pasa primero.

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