La Justicia Perdida

24 julio 2017 | 8:16 hrs | Jorge Miguel Ramírez Pérez

El régimen autoritario tenía sus formas de entender, discriminar y operar lo que se consideraba como justicia. Algunos actos eran soliviantados por un supuesto bien superior: a los caciques se les permitía el crimen soterrado contra la insurgencia social, como contra los abigeos, la pernada se les toleraba; así como el despojo a los débiles, en aras de una interpretación de la paz rural, que el gobierno delegaba en esas fuerzas de una política vertical e incontestable.

En las ciudades las policías tenían trabajando a los hampones, preferentemente aislados quienes estaban bajo un control casi total, y cuotas que tenían que cumplir. Son comunes las anécdotas de carteristas especializados en hurtar las abultadas carteras de amigos del poder, que acudían a acuerpar al político en sus mítines. Siempre acompañados a distancia de algún policía secreto, que cuando era sorprendido el delincuente, surgía de la penumbra siempre dispuesto a consignar, según él a su verdadero protegido.

Y eran un sin número de acciones que el régimen autoritario, como era común en las dictaduras se prestaba a una forma nada ortodoxa de usar el poder y la arbitrariedad; según esto utilizando medios dudosos o malos, para conseguir fines buenos. Los secuestros, por ejemplo los ejecutaban en la oscuridad las fuerzas “especiales” de las policías como la extinta DFS, para ablandar líderes o para cobrar la parte que no querían cubrir los empresarios, después del que el funcionario había hecho el favor tramposo. Esa era una justicia decían: eficaz.

Lo discrecional era lo que imperaba. El funcionario que administraba directamente la violencia, era el que tasaba la gravedad del daño, la forma de repararlo o incluso, decidir si el quejoso que ofrecía una recompensa, era a la vez alguien a quien se debía aplicar lo que solicitaba para otros. Con obviedad un esquema primitivo, casi prehistórico, con claros ribetes de semejanza con las formas gansteriles.

La simulación jurídica dependía de factores de cercanía con el poder o con los afectos. Un maestro universitario de la Facultad de Derecho de la UNAM prominente juez, era débil a los trajes que vendía Joe Brand en la frontera, y a los jóvenes que se los llevaban, por encargo de los hampones que conocían sus inclinaciones.

Como todo autoritarismo, la justicia caía como concepto real  y administración, en una férula cerrada. Un sistema esquemáticamente sin entradas y sin salidas. Las únicas puertas o mas bien, la única puerta era la del poder de la burocracia apoltronada y sus estancos bien compartimentados. La filosofía era la omertá, el silencio siciliano como forma esencial del trato con el poder.

El pueblo, en su mayoría persuadido a que muchos asuntos de la vida colectiva eran inaccesibles y vedados para el ciudadano común y corriente, el que no tenía ni parientes o amigos influyentes; y que carecía de charolas de poder, se hacía el occiso y evadía, cualquier corresponsabilidad social; abdicaba para cualquier efecto de sus derechos y acataba solo el coyuntural camino de la paz. El de la subordinación consciente al abuso del poder, que si bien le era un pesado fardo, lo prefería al temor de la anarquía y la violencia. La gente amaba la paz y así sacrificaba todo lo demás.

Hoy añoran la carga autoritaria muchos. Al quejarse, refieren una diferencia con el pasado, no hablan de lo ominoso, eso queda desdibujado; sencillamente recuerdan que había paz.

Y les sucede lo que a los israelitas en el desierto, cuando empezaron las adversidades de la nueva convivencia y las condiciones de libertad, es decir, en términos políticos, cuando habían transitado de un sistema de esclavitud a otro que como decía Weber, era un liderazgo carismático, el de Moisés; añoraban el puchero incomible, un “rancho” que los egipcios les daban, para paliar las duras condiciones de trabajo.

Y es que el nuevo sistema de justicia por nuevo, y por la inercia anterior, es no solo muy imperfecto para ser de inmediato expedito y eficaz; sino además con pocos profesionales, que lo podrían operar de manera exitosa. Varios que se han preparado por varios meses y adentrado en diversos cursos de este nuevo y complejo sistema, me parece que no los llaman, para integrar alguna parte de ese sistema por ahora de operación dudosa.

Y ese es el problema de las transiciones que no cuajan, porque sigue en todo el aparato de los gobiernos, el aferrarse a las fórmulas del pasado y los que toman decisiones, parecen guiarse bajo el lema de: “que se haga la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre” porque se sigue prefiriendo el criterio premoderno de contratar gente de confianza, por encima de la gente capaz.

Así que a ese paso y con esos criterios caciquiles,  el desaliento de esperar una justicia pronta y expedita, parece que dormirá el sueño de los justos, antes de que logre demostrar su efectividad.

*Esta es opinión personal del columnista